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Las palabras del progresismo, como sus mensajes, se están quedando viejas y desfasadas, viejunas, que diría el propio progresismo, muy amante de esa expresión en tiempos recientes. Y pocas palabras más anticuadas que 'señoritos', que es la que usó ayer Francisco Martín, delegado del Gobierno en Madrid, en una entrevista en El País. «Que nadie se engañe, PP y Vox trabajan para los señoritos», dijo el delegado, llevándonos a las películas de Gracita Morales y a los años sesenta del siglo pasado y no al futuro, una evocación reforzada por la estética de la fotografía del delegado, plantado con conservador traje en un salón más antiguo y conservador aún.

La retórica de los señoritos es como la boina de David Uclés, igualmente desfasada, con esa pretensión de intelectual de mayo del 68 en lucha contra el franquismo desde el siglo XXI. Uclés ha conseguido nada menos que cancelar un evento cultural con su boina y sus palabras, pero no deberían engañarse con su poder. Porque ha sido más fuerte e influyente el rechazo al mensaje de la boina que la propia cancelación, que es más bien otro estertor del pasado, de unas instituciones y espacios culturales masivamente dominados aún por la izquierda, pero que hablan con lenguaje e ideas trasnochadas.

Cuando los ciudadanos del siglo XXI piensan en señoritos evocan más bien a la élite política que gobierna, a Pedro Sánchez con sus gafas de sol en el Falcon, o a Yolanda Díaz con su último look chic y su piso oficial de 400 metros cuadrados, o a Zapatero y sus lucrativos negocios con la élite chavista y la dictadura china. O evocan a los millonarios que controlan los espacios culturales y medios de comunicación de la izquierda, o financian películas para combatir el franquismo desde el siglo XXI.

Es cierto que la izquierda ha intentado adaptar las palabras de la vieja lucha de clases, con conceptos como la ultraderecha, o los ultrarricos, o la ola reaccionaria mundial. Con un desorbitado uso del adjetivo ultra, que sustituye hoy en día a la clase burguesa y explotadora. Pero la propia desmesura en el uso de lo ultra denota agotamiento e impotencia en el mensaje del pueblo contra los explotadores.

De un lado, el pueblo ya no se lo cree. Ve élites, pero no precisamente esas a las que apunta el progresismo. Al pueblo le interesa más bien saber cuánto está ganando el de la boina con su campaña para acabar con el franquismo, o cuánto los de las películas antifranquistas. Después, el pueblo ha aprendido también a hacer populismo con la dicotomía de los de arriba y los de abajo, que es ahora un mensaje de partidos y líderes de todas las ideologías, no solo de los marxistas.

Y, además, el pueblo ya no atiende al mensaje de los señoritos cuando vota. La vieja lucha de clases no funciona en la dirección del voto, que está muy repartido entre todos los partidos políticos. La clase social tiene una débil relación con la dirección del voto. Y la percepción de quiénes son los señoritos ha cambiado tanto, que cuando el pueblo vota contra el poder lo hace contra el partido del delegado del Gobierno y contra sus amigos canceladores como Uclés.