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El poder consiste en la capacidad de imponer la propia voluntad a otros, incluso utilizando la fuerza. Al contrario que la autoridad, que repele cualquier forma de imposición. Por lo tanto, no consiste en resistir al frente del Gobierno plegándose a la voluntad de otros. En este sentido, Pedro Sánchez no tiene verdadero poder, a menos que se entienda como el disfrute de privilegios y prebendas o el fomento de la corrupción. Así lo confirman los más recientes ejemplos. La aprobación de la regularización masiva de inmigrantes ilegales para complacer a Podemos, ¿es muestra del poder de Sánchez o del de Podemos? Por lo demás, si es una medida histórica y justísima, ¿por qué ha permanecido años en el cajón? Acaso para ser utilizada cuando convenga. Y conviene que los trenes no hagan demasiado ruido. La cesión de competencias al País Vasco, ¿es una muestra del poder de Sánchez o de la imposición del PNV? El poder se ostenta y exhibe; no se mendiga. El traspaso de competencias en inmigración y otras a Cataluña, ¿es una prueba del poder de Sánchez o del de ERC?

La prueba suprema del poder se encuentra en la capacidad de imponerse incluso a la voluntad mayoritaria del pueblo. Cuenta Tucídides que el poder de Pericles (y pido disculpas por tan extravagante referencia histórica) se sustentaba en que, en muchas ocasiones, no se sometía a la opinión de la Asamblea, sino que era capaz de convencerla y cambiarla. Entre los dos políticos hay mucha más distancia intelectual y moral que temporal.

En suma, no tiene verdadero poder quien se somete a lo que le imponen para permanecer en el «poder». Sánchez hace de la necesidad vicio. Parece acogerse a la frase de un personaje de las Fenicias de Eurípides: «Si hay que quebrantar la ley para imponerse, es honroso y es bello quebrantar la ley».

Y mientras tanto se debate entre la mentira y la trampa. Hay un revelador ejemplo muy reciente de esto último. Y el poderoso no necesita hacer trampas. El decreto trampa. Se propone la aprobación en el Congreso, a la vez, de tres medidas. Dos aceptadas en principio por todas las fuerzas políticas y una rechazada por muchos. Entre ellas, la revalorización de las pensiones. ¿Quién va a estar en contra? Aquí está la trampa. Se provoca el voto negativo y luego se propaga la falacia de que están en contra de la subida de las pensiones. Y se pone el foco en el PP, a pesar de que votaron en contra también Vox y Junts. Y la falsedad se repite en muchos medios. No suelo hacerlo, pero casi casualmente vi parte de un programa de TVE. Creo que era aún más repugnante que cómico. La consigna era clara: el PP se opone a la subida de las pensiones. La periodista, en el caso de que lo fuera, repetía como una lorita la falacia. Y emitían imágenes de unas decenas de pensionistas, si llegaban a esa cifra, que protestaban ante la sede del PP de Bilbao. Hay cosas que da casi vergüenza tener que recordar. Para decir sí a la conjunción de tres cosas es necesario aceptar cada una de ellas, es decir, las tres. Si una o dos o las tres se rechazan hay que rechazar la propuesta en general. Imaginemos un sencillo caso. Se propone aprobar a la vez la subida de las pensiones, el aumento del subsidio de desempleo y la supresión del voto femenino. El que se oponga, ¿estará en contra de las dos primeras propuestas? Evidentemente, no. El PP no rechaza la subida de las pensiones, sino al menos una de las otras dos propuestas. Hasta el punto de que propuso al Gobierno presentar las tres por separado. La corrupción, la mentira y la trampa se han convertido en baluartes de la acción gubernamental.

En España no manda verdaderamente Sánchez, sino una coalición de separatistas y la extrema izquierda. Él es más bien el títere útil aparentemente poderoso. Y se entiende perfectamente que, a pesar de todo, no le dejen caer. Obedece muy bien.