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en el recuerdoAlfonso Ussía

Chulos del sistema

Creo que entre las casillas del impreso del IRPF, habría que sumar una nueva con la siguiente advertencia. «Para subvencionar películas españolas». Y entonces sí. Todo lo recaudado en ese casillero se dedicaría en su totalidad a promocionar el mal cine español

En mi juventud, existían tres intensidades en las relaciones sentimentales, que por definición, equivalían al pecado. Fichaje, novieta y novia, por este orden de menor a mayor compromiso. Un sábado por la tarde quedé en la Gran Vía con un fichaje. La Gran Vía era la gloria de los cines. Los que proyectaban buenas películas no tenían localidades disponibles, y con el fichaje de la mano – casi pecado–, nos topamos en el Palacio de la Música con el gran cartel de Marisol rumbo a Río. Pedimos dos entradas de la última fila. Y lo pasamos muy bien sin hacer caso de la película. Mereció la pena el desembolso.

Ahora, como acertadamente escribió años atrás Gabriel Albiac, los españoles tendríamos que entrar en las salas que proyectan cine español mostrando una copia de la Declaración de la Renta, porque somos los contribuyentes los que financiamos involuntariamente los bodrios –con honrosas excepciones–, que se producen en España. De ahí que la mayoría de los personajillos que se mueven en ese mundo subvencionado militen en el social-comunismo que les proporciona el pienso del pesebre, y que la sabiduría urbana ha bautizado con el nombre genérico de 'Los Bardemes'.

En 2020, el Ministerio de Cultura que se opuso a financiar una gran película sobre Blas de Lezo, se entusiasmó con el proyecto presentado por un director llamado Víctor García León para producir una película, Los Europeos cuyo gran atractivo era la interpretación del personaje principal por el actor Juan Diego Botto. Y el ministerio concedió a ese prodigioso proyecto 700.000 –setecientos mil-, euros de todos los españoles, casi 120.000.000 –ciento veinte millones–, de las antiguas pesetas.

Juan Diego Botto se puso de modita cuando interpretó junto a Luppi, aquel actor argentino que sólo sabía interpretarse a sí mismo, una película titulada Martín Hache –un coñazo–, que se convirtió en el tostón de referencia de aquellos años. Se trata de un actor ni bueno ni malo sino todo lo contrario, de origen argentino y que nada tiene que ver con Juan Diego, que no es argentino pero también de recursos escénicos muy limitados.

Entre los más de 40.000.000 de españoles, según la ficha correspondiente, sólo 1.267 espectadores pasaron por taquilla para disfrutar del 'drama romántico', según se especifica en su expediente. Más que drama romántico, drama económico, no para los que disfrutaron de los 700.000 euros, sino para las sufridas clases trabajadoras que lo financiaron sin ser consultadas al respecto. Esos mil y piquito espectadores dejaron en taquilla la asombrosa recaudación de 6.400 euros, que económicamente puede ser comparada con una pedorreta de colibrí. No obstante, la devolución del dinero no se ha producido y a los productores, directores, actores y guionistas de la Ceja, los 'Bardemes', les sigue molestando su inclusión en el inmenso espacio que ocupan los chulos del sistema.

El cine puede ser un arte, pero en España es una industria subvencionada que produce un cine vulgar, sobreactuado y sesgado políticamente. Creo que entre las casillas del impreso del IRPF, habría que sumar una nueva con la siguiente advertencia. «Para subvencionar películas españolas». Y entonces sí. Todo lo recaudado en ese casillero se dedicaría en su totalidad a promocionar el mal cine español, e incluso un cine peor, pésimo, pero justificado por la voluntad libre de los contribuyentes dispuestos a financiarlo. Sucede que en ese mundillo cerrado, en ese ombligo de vanidades y fingimientos, de sesgos y humillaciones, saben que la casilla dedicada a financiar sus producciones apenas les proporcionaría el dinero para una Fanta de naranja a cada uno de los beneficiados.

Muchas subvenciones se han perdido en películas que no se han producido, y con la mera presentación del proyecto han recibido la ayuda ministerial. Ayuda olvidadiza, por cuanto las producciones no producidas, no han devuelto el dinero, entre otros motivos, porque nunca se lo han exigido. Ese mundo es una farsa, que al fin y al cabo, en ese aspecto es coherente. En el Siglo de Oro, a los actores que actuaban en corralas y teatrillos, se les denominaba «farsantes» sin intención peyorativa, por ser los intérpretes de una farsa, o comediantes si se trataba de una comedia.

Esto es lo que hay. Me he equivocado de profesión.

  • Publicado en la web de Alfonso Ussía el 17 de abril de 2021