Fundado en 1910

Nadie en el Gobierno, ni en Bildu, ha desmentido que Pedro Sánchez se haya comprometido con Arnaldo Otegi a intentar sacar a ETA de la lista de organizaciones terroristas de Europa, donde debe estar aunque se haya disuelto mientras haya más de 300 crímenes sin resolver y el relato del horror no esté instalado, en escuelas e institutos incluso, donde debe.

Que es bien fácil de saber: unos eran buenos y otros eran malos; unos ponían bombas y otros la nuca, unos murieron en nombre del Estado de derecho y otros mataron para destruir la democracia. Mientras los hijos y los nietos de los terroristas no sientan vergüenza de lo que hicieron sus padres y abuelos, dejar de matar no equivaldrá a su derrota; simplemente habrá sido un cambio de estrategia premiada por las abyectas urgencias de un indecente llamado Pedro Sánchez, necesitado de blanquear a ETA para blanquearse a sí mismo y sus alianzas con la nueva Batasuna.

Porque de eso va todo. La calamidad moral que nos preside por un sucio intercambio de favores edifica sus opciones sobre una triple premisa discursiva que su aparato cacarea sin tregua y él aplica sin escrúpulos para, al final, evitar como sea la alternancia: el PSOE no puede pactar con el PP, el PP no debe hacerlo con Vox y él, por salvar a la humanidad del fascismo, puede y debe hacerlo con todos los enemigos de España.

En esa deriva antidemocrática infame le resulta fundamental vaciar la sentina histórica donde chapotean sus socios, con antecedentes incompatibles con cualquier sentido de la decencia elemental y con objetivos simplemente intolerables: una cosa es que hagan política, otra que se les premie por ello y una más, que es la que practica Sánchez, que además se les entregue la gobernación del país, sus prioridades y su propia conformación.

El frentepopulismo de Sánchez, ese engendro que está detrás de la dolorosa fractura de España entre revolucionarios y separatistas, por un lado, y militares alzados por otro que ahora pretenden convertir en una asonada contra la República que derivó en una trágica Guerra Civil, es un acto de necesidad que perpetra alguien sin principios y, por eso, está dispuesto a llevarlo hasta el final: si la única manera de sobrevivir es entregarse a una coalición de malhechores y recrear su hoja de ruta anticonsitucional con excusas retórica seudomodernas, que nadie dude de que lo hará.

La bellaquería de borrar la memoria y esconder la historia del terror, cuyos crímenes son considerados formalmente de «lesa humanidad», es especialmente sangrante y corona la degradación del sanchismo antisistema, capaz de resucitar el guerracivilismo entre españoles, recreando fantasmas del pasado felizmente superados; mientras entierra monstruos del presente, bien vivos y bien peligrosos como el separatismo.

Que Sánchez se encuentra más cómodo en 1936 que en 1978 es una evidencia, pero también un plan que no se puede despreciar: su titánica pelea contra el fascismo imaginario solo es el alocado reverso de una moneda tan inquietante como la división entre españoles y la recreación de una España distinta, quebrada y ajustada como un guante al impuesto revolucionario de una minoría, irrelevante en términos nacionales, decisiva en las votaciones parlamentarias.

Luego se extrañará de que le digan «Que te vote Txapote». Poco parece.