Los papeles de Epstein
Con los años, no haber salido en los papeles de Epstein se considerará una horterada. Y así se habrá blanqueado el repugnante fondo del asunto. A mí me queda la incómoda sensación de que la élite del mundo, cuando se pone cerda, no se distingue apenas de las fiestas de Roldán con el flotador de pato
Nos esperan varios meses de timo informativo. Se van a mezclar –se están mezclando ya– churras con merinas, por sistema, aprovechando el origen común de las unas y las otras: los papeles del guarro por antonomasia, del traficante de influencias trabajadas grabando a pederastas. Un tipo que se ha llevado por delante, como un huracán repentino, sin que los afectados se hayan dado apenas cuenta de que están civilmente muertos, a una futura reina noruega que ya no será, a un inglés que fue príncipe, al izquierdista más culto del mundo, a un expresidente estadounidense todo leyenda, al otrora todopoderoso visionario y filántropo woke podrido de dinero. Tomemos a este último. La burbuja político-mediática besaba donde él pisaba. Regó de dinero malintencionado, a lo Soros, todo lo que se movía. Pues esa figura se ha despertado en el ostracismo y en el ridículo. Hay que ser corto: le pidió al proxeneta de lujo que le proveía de carne fresca no sé qué consejos para administrarle antibióticos a la mitad de su fundación, sin que ella se enterara. No fuera a pasarle resfriados de abajo. Hasta aquí los casos más destacados entre las merinas.
Las churras serían los que el «periodismo» más miserable cita para inflamar sin motivo, simplemente porque el extrañamente suicidado Epstein tenía su correo electrónico, o se refería a él hablando con otro, o salían en la misma foto, o por cualquier otro azar. Déjame que te cuente: no todos los que aparecen en la agenda de Puigdemont y Junqueras son golpistas. Soraya Sáenz de Santamaría, que hablaba asiduamente con el segundo, no lo es, por ejemplo. Mejor que churras, llamaremos churros a las pseudo noticias, a las no noticias en portada, a los nombres propios usados para fabricar factoides. Así como los malos escritores de novelas históricas te sueltan sin despeinarse «Leonardo da Vinci carraspeó, miró al techo y guardó silencio», los churreros mediáticos te agrandan titulares porque Aznar recibió un paquete.
Entiendo el morbo cuando sale la ex de un potentado español, aunque no lo comparto. Va a pasar lo que les decía, varios meses de timo informativo, noticias fabricadas que espero se conviertan en querellas por injurias y calumnias, en demandas de protección del honor y tal. A ver si los buitres aprenden. Un poco en la línea de Sánchez, los medios tradicionales y los medios torpedo deberían prohibirse a los menores de veintitrés años. Por poner. Pasados un tiempo, el peligro de comerse una sentencia condenatoria forzará la atenuación de los factoides, de modo que su carácter de señuelo se debilitará considerablemente. Con los años, no haber salido en los papeles de Epstein se considerará una horterada. Algo propio de gente que no está en el rollo. Y así se habrá neutralizado o blanqueado el repugnante fondo del asunto. A mí me queda la incómoda sensación de que la élite del mundo, cuando se pone cerda, no se distingue apenas de las fiestas de Roldán con el flotador de pato.