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Desde la almenaAna Samboal

Regalos envenenados

Que el tren no funciona como debería, como corresponde al nivel de impuestos que pagamos, es un hecho contrastado que sufrimos cada día. Y otro tanto puede decirse de muchas carreteras de la red principal o de presas y embalses. Llevan mucho tiempo los ingenieros denunciando el deterioro de la infraestructura

Nadie se subiría a un vehículo si el que debe conducirlo teme, con razones fundadas, acabar accidentado. Por la misma razón, serán muchos los que no suban a un tren, salvo causa de fuerza mayor. El trágico accidente de Adamuz respalda a los maquinistas, que llevan más de dos años denunciando un mantenimiento insuficiente de la infraestructura ferroviaria. Primero, se sacrificó la comodidad. Después, desapareció la fiabilidad y puntualidad. Ahora puede costarte la vida. Y el responsable último de ese deterioro y de la pérdida de confianza asociada no es otro que el ministro, porque, aunque no todo sea atribuible a su gestión, es el que está al mando.

Si fuera capaz de atemperar su lengua mordaz y actuar con algo más de humildad, que ya es mucho pedir, Óscar Puente podría llegar incluso a despertar algún grado de empatía. El Parlamento le reprueba, sus socios le vuelven la espalda y los que hasta ahora le reían las gracias bajan la cabeza a su paso y silban. Le han dejado solo incluso los suyos. Sánchez le ha convertido en la cara visible de la gestión de las tragedias y el mejor de los supuestos para él será conservar la cartera, pero todas sus expectativas de progreso han quedado frustradas. Por eso, aunque dice que no tiene el cuerpo para tuits, después de aguantar con pesadumbre dos semanas de chaparrón dialéctico, ha vuelto a las andadas. En el Congreso, se revolvió contra la oposición del PP y contra un destino que quizá, erróneamente, crea injustificado.

La cartera de Transportes era un regalo envenenado. Posiblemente, Óscar Puente era más consciente que el resto del personal de los riesgos que corría al aceptarlo. Y lo hizo. Podrá culpar al tiempo, a Aznar o a Rajoy. Incluso, podrá señalar a Koldo y Ábalos, al fin y al cabo él es heredero y administrador de sus desmanes. Pero lo cierto es que ha sido bajo su mandato cuando el servicio se ha desmoronado. Hasta el extremo de que el usuario lo considere peligroso. Hay cientos de incidencias y cortes reconocidos en cada vía. Y habrá más por descubrir. Con suerte, no habrá accidentes, pero la velocidad se ha esfumado.

Mal que le pese al ministro, la sensación de que el país ha entrado en caos se ha instalado en la opinión pública. Y, por más que él despache certificados de bulo para tratar de cortocircuitarlo, los hechos le desmienten. Que el tren no funciona como debería, como corresponde al nivel de impuestos que pagamos, es un hecho contrastado que sufrimos cada día miles de viajeros. Y otro tanto puede decirse de muchas carreteras de la red principal o de presas y embalses. Llevan mucho tiempo los ingenieros denunciando el deterioro de la infraestructura. Recemos para que no haya una nueva tragedia que acabe cargando de razón sus advertencias, tal y como ha hecho Adamuz confirmando las de los ferroviarios.