Un mes después, Liliana sigue sin respuestas
De vez en vez, un minuto de silencio, unas palabras en un mitin escritas por un currinche creador de narrativas políticas, y a otra cosa mariposa. Siempre quedará Rajoy o Aznar para echarle la culpa. O al Rey Juan Carlos por haber mediado para que nuestra ingeniería civil fuera puntera en el mundo
Hace un mes de un accidente que causó 46 muertos y que se pudo evitar. O, mejor dicho, de un accidente que no debió ocurrir jamás. No porque seamos inmunes a la fatalidad, no porque exista el riesgo cero, y no porque las casualidades sean previsibles y la peor de ellas se diera cita en el cruce de un Alvia y un Iryo. Eso no fue lo determinante el 18 del mes pasado. Lo importante de lo que sucedió esa tarde-noche de un domingo terrible y lluvioso de enero en un pueblecito olivar de Córdoba se gestó meses antes, quizá años, en un despacho político.
Ahí, entre comisión y comisión, sobrinas y primos (nosotros), se tomaron decisiones equivocadas o directamente no se tomó ninguna. Bueno, sí, se tomaron algunas requeridas por una parte del cuerpo que no era la cabeza; allí se contrató a Jessica por mil euritos mientras las vías morían de abandono, y a Koldo y a su mujer para ganar una paguita y redondear las mordidas que se embolsaban. Casi un mes después, aquel luminoso alegato de Liliana, la hija de Nati, la abuela que iba con sus nietos y murió en el siniestro, pidiendo verdad para sanar la herida «que nunca cerrará», sigue siendo un deseo incumplido, una nueva felonía de nuestros gestores: Pedro Sánchez y Óscar Puente saben por qué callan.
Tenemos un tren de alta velocidad hecho chatarra, antaño emblema de modernidad, convergencia con Europa e integración territorial y a unas víctimas dolientes y reveladas en Lorca y Rafael de León, recitando la letanía de la decepción. No hay urgencia en resolver las investigaciones, solo la hay para insultar en las redes, alimentar de titulares los telediarios y en grabar tiktok con atuendo cool. A un lado está Liliana, y con ella todos nosotros, reclamando que su madre no haya muerto en vano y que pueda contarle cuando lleve flores al cementerio que alguien ha pagado por lo que hizo, y en otro está el relato, la comunicación, la propaganda, la escenografía, la mentira, la impostura. Los políticos ya no reparan nada, solo se hacen fotos, se insultan y conspiran. Ante ello, las víctimas son solo daños colaterales a las que hay que callar lo antes posible con unas ayudas también vendidas a bombo y platillo.
Las infraestructuras envejecen por el tiempo, pero sobre todo por el tedio de que nadie invierte en ellas. Arreglar las vías de Adamuz no hubiera merecido ni un titular de media columna porque detrás no habría encuadres de la foto de un político, ni alcachofas rodeándole, ni canutazo a pie de inauguración. Y lo que no es rentable, lo que no provoca tintineo en la calculadora electoral, no existe. Nuestra decadencia institucional se resume así: horas y horas de programación para defender el honor mancillado de una tertuliana mientras los deudos de los 46 muertos lloran ante el estupor de las respuestas no halladas y el dolor de una llaga que no cicatriza. No hay autocrítica, ni asunción de responsabilidades, ni maldito –ya hace un mes– informe sobre las causas. Solo se invierte en serviles esclavos entre los afines y en ofensas para los ajenos. Esta es nuestra España hoy.
El poder está autosatisfecho porque pagando cumplidamente a quienes alimentan la hoguera contra los discrepantes se creen salvados. Un día más, un mes más, un año más en el machito valen mucho más que las lágrimas de Liliana y los suyos. O la desesperanza de los autónomos, o la desazón de los jóvenes sin vivienda, o la descarnada pobreza infantil, o los estertores de la clase media arruinada por la Hacienda de Jessica y Koldo. De vez en vez, un minuto de silencio, unas palabras en un mitin escritas por un currinche creador de narrativas políticas, y a otra cosa mariposa. Siempre quedará Rajoy o Aznar para echarle la culpa. O al Rey Juan Carlos por haber mediado para que nuestra ingeniería civil fuera puntera en el mundo. Algo haría mal el emérito, braman en las teles.
La política es un engranaje endogámico en el que el que piensa pierde. Y el que llora ha de saber a estas alturas que los que prometieron defenderle no lo hacen ni lo harán.