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La izquierda española, que es toda extrema desde que Sánchez se tragó a Iglesias, a su vez hijo putativo de Zapatero, habla siempre como si estuviera en la clandestinidad, emitiendo por Radio Pirenaica desde el exilio, pero en realidad lleva siete años gobernando, o cuando menos ocupando el poder.

En una semana se ha presentado en sociedad Gabriel Rufián como desternillante esperanza para España, que es como querer a Juanito de presidente del Barça y que en lugar de Juanito sea Bustingorri, y horas después se han juntado el resto de las «izquierdas» en otro teatrito para montar los mismos caballos con distintos jinetes, todos ellos más perdidos que Bambi en el Día de la Madre.

Allí estaban el bueno de Maíllo, un Anguita de Hacendado; la Médica y Madre que ha convertido el Ministerio de Sanidad en el de Insalubridad; y el niño bien de Barcelona, Ernest Urtasun, el que va descolonizando museos y persiguiendo a los toros, salvo que los toros embistan en vasco o en catalán, que entonces sí son cultura.

Había más, en uno y otro lado, pero a todos les pasa lo mismo: se pelean mucho entre ellos, se creen Lenin pero no pasan de Ramón Mercader apiolando a Trotsky y no se han dado cuenta de que tienen por delante a Pedro Sánchez, que entre Largo Caballero e Indalecio Prieto o Manuel Azaña se dejó poseer el primero y ya cubre él solito a toda la extrema izquierda, el verdadero problema de España y no esa ultraderecha ficticia de la que parlotean los que le deben el cargo a un terrorista, un golpista y un prófugo.

La afición ya tiene muy calada a un engendro que cambia de collar, pero sigue siendo el mismo therian, los cretinos ésos que reivindican ser un perro, un gato o un pez espada y exigen que les traten como tales: así que a unos habrá que ponerles a evacuar en un cagódromo, a los otros darles una lata con tendones triturados y a los últimos pescarles. Y deseo concedido.

De los últimos 22 años, la izquierda radical ha gobernado en España quince, por llamar de algún modo a lo que hizo Zapatero y lo que hace Sánchez, pero siguen comportándose como si fueran maquis y partisanos y nunca hubieran podido demostrar en sociedad sus prestaciones: lo cierto es que todo el mundo las conoce ya y por eso en barrios de trabajadores, municipios humildes y pueblos semivacíos les votan lo mismo que a Óscar Puente en un certamen de Míster Simpatía.

La izquierda orgánica no conoce la calle, no le importan sus preocupaciones y no entiende que su hundimiento tiene razones sencillas: busca un enfrentamiento que la gente no siente, identifica peligros que no existen y potencia primero e ignora después amenazas que sí se sufren ya, entre insultos y descalificaciones a quienes sí las señalan e intentan combatirlas.

¿Pero cómo va a votar nadie en su sano juicio a alguien que negocia a escondidas con Junqueras, le debe el cargo a Otegi y Puigdemont, te llena el barrio de delincuentes, te dobla el precio del pan, te ofrece una trinchera en lugar de una vivienda y mientras él y los suyos viven como el Dios del que reniegan?

Ya lo pueden llamar Sumar, Restar, Podemos, Marea, Confluencia, En Común o lo que algún lumbrera de la Resistencia fabule que ese pollino lo llevan vendiendo diez años y además ha sido secuestrado por Pedro Sánchez: siempre alienta la creación de una muleta cuando la original se autodestruye, y siempre la tira cuando no le vale. Porque para extrema izquierda, ya está él, aunque se disfrace de perrito de compañía.