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Pedro Sánchez dijo hace unas semanas que España tenía las calles más seguras del mundo, con la misma desfachatez con la que afirma que vamos como un cohete, crecemos a lo loco y somos el milagro económico del mundo, mientras una abrumadora mayoría de familias no pueden comer pescado fresco y llaman ya veraneo a ir un día a la piscina con un tupper de ensaladilla y otros de filetes empanados.

Los anuncios del señorito siempre tienen una traslación estadística desde alguna de las instituciones, otrora solventes, hoy convertidas en maquinarias de burda manipulación y propaganda: TVE ha hecho del bulo una línea editorial, el CIS induce al voto inventándose victorias de su caudillo, el SEPE manipula las cifras reales de empleo y el INE todas las que quedan pendientes; para recrear en su conjunto una arcadia sanchista inexistente, salvo para los amigos y familiares de Sánchez.

En lo referente a la seguridad, la instancia dedicada a manipular es el Ministerio del Interior, con sus respectivas delegaciones del Gobierno como la ocupada en Madrid por un sanchista de estricta observancia, Francisco Martín, que aparece en todas las salsas adulteradas de Sánchez desde la noche de los tiempos: ya estaba allí en las primarias, y desde entonces ha ejercido de Beria para su patrón y terminará, obviamente, como Beria, en el cadalso, empujado a trompicones por sus propios compañeros de revolución.

El caso es que Marlaska, un indeseable que renunció a sus principios por un coche, un chófer y una moqueta, va diciendo que la delincuencia ha bajado en España. Y le añade que la inmigración masiva no tiene efecto alguno en la materia. Son dos mentiras tan grandes como la tesis de Pedro Sánchez o la cátedra de su esposa, pero logran cierta difusión en los programas y tertulias del régimen, donde siempre irrumpe algún paniaguado a sueldo dispuesto a cacarear el mantra como si estuviera recitando a Góngora.

Lo cierto es que las violaciones han subido un 288 % desde que Sánchez gobierna y que los asesinatos, los secuestros o el tráfico de drogas se han disparado, con tasas de criminalidad o de ingreso en prisión procedentes de la inmigración que triplican o cuadruplican las estadísticas nativas.

No es una opinión, es un hecho, y ninguna discusión es presentable si no parte de él y se construye desde una ficción política destinada a esconder la realidad, no a explicarla o combatirla: podemos discutir si es la miseria, el origen, la religión, la marginalidad o la cultura la causa, o una mezcla de todo ello, pero no despreciar la evidencia científica de que en España hay más delincuencia y que en buena medida nace de la inmigración irregular.

Al error voluntario de diagnóstico le sigue luego una perplejidad por el daño electoral que provoca y una terapia equivocada: la izquierda se pregunta por qué sube eso que zafiamente llama la ultraderecha e insulta a sus votantes, pero se responde correctamente.

Es tan fácil como visitar un barrio y ver, con tus propios ojos, quiénes sufren más las consecuencias directas de una política terraplanista que provoca el efecto llamada de todos los males que siempre sufren los mismos: no precisamente Sánchez o Marlaska, que hablan del pueblo, pero son dos pijos con menos horas de vuelo en un barrio que Plus Ultra a una capital europea.