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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

Apiádese de Yolanda, don Julio

El objeto de esta columna, lo revelaré por fin, es pedir a Julio Iglesias algo de compasión para con ella. El cantante tiene todas las cartas para arruinar a la señora Díaz, para dejarla más tiesa que la mojama

No es persona de mente despejada. La elocuencia tampoco la adorna. Su discurso va a trompicones cuando está suelta, y a hachazos sintácticos y semánticos cuando no. Osada, se adentra en las subordinadas con alegría y esperanza, pero todo se frustra por el camino, ofreciendo una gama de finales que abarca desde el corte abrupto con caída al abismo hasta los solecismos en pedorreta, insinuando acaso una querencia feísta. Pero nadie que se fije un mínimo en su indumentaria puede atribuirle intenciones feístas. Intenciones, digo. Nótese que dicha corriente contemporánea, tan amplia, no pide solo resultados de espanto; también exige la voluntad de lograrlos. Es decir, el artista se propone una obra o producto feo, desagradable, de susto. Es algo deliberado. Y siempre lo logra. Cosa distinta, imposible de encajar en la pringosa escuela, es que el artista persiga la belleza y obtenga un buñuelo.

Comprendo que si esta concatenación de frases la lee la vicepresidente comunista puede llegar a conclusiones erróneas. No prejuzgo, como hace ella con Julio Iglesias. Juzgo. Valoro a partir de un conocimiento largo del personaje. No un conocimiento especial, ojo, pero sí un ocasional trato personal en el Congreso y una fascinación mía por sus intervenciones públicas que no oculto, un interés genuino por su articulación verbal. Hombre de buena disposición, las primeras veces que la escuche salí convencido de que la imposibilidad de extraer una conclusión era culpa mía, que no había prestado la suficiente atención.

Pero yo sí prestaba atención a aquella joven gallega tan simpática, amiga de tocar al interlocutor. Nadie vea aquí lo que no hay. Existen personas más táctiles, más físicas, y eso es bueno. Sobre todo si son mujeres. Espero que no te tomes esto, Yolanda, si me estás leyendo, como una muestra de machismo. ¿O acaso no puedo yo preferir una masajista a un masajista? Sería el colmo, ¿no? A lo que iba: aquella joven gallega era comunista, sí, y eso debe ponerle a uno siempre en guardia, pero era tan simpática, tan natural, tan auténtica, tan familiar… O sea, que yo quería entenderla de verdad, igual que hice con Errejón, con Irene Montero, con Pablo Iglesias, con Echenique. Ya digo, es por mi buena disposición y mi esmerada educación.

Tardé algún tiempo en admitir la falta de sindéresis en aquella que, contra todo pronóstico, sería vicepresidente de Gobierno. No era que yo me perdiera algo; es que no había nada. Esto lo digo en su favor. Aunque ella lo interpretará al revés, cuento con ello. El objeto de esta columna, lo revelaré por fin, es pedir a Julio Iglesias algo de compasión para con ella. El cantante tiene todas las cartas para arruinar a la señora Díaz, para dejarla más tiesa que la mojama. Apelo aquí a la conciencia de don Julio: piense, hombre, que nada de lo que dice aquella muchacha tan natural, hoy convertida en referente de la moda textil y capilar, tiene sentido. Ni para bien ni para mal.