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Agua de timónCarmen Martínez Castro

La ocasión perdida

El Rey Felipe no puede hacer lo mismo que reprochamos a Sánchez: no puede alojar en la casa que le pagamos todos con nuestros impuestos a quien no participa de ese esfuerzo

En este mundo no hay nada seguro excepto la muerte y los impuestos, pero parece que el Rey Juan Carlos no es un gran seguidor de la famosa cita de Franklin: no quiere pensar en la primera ni saber nada de los segundos. Este es el poso decepcionante que nos deja el debate abierto por Alberto Núñez Feijóo esta semana sobre la conveniencia del regreso del Rey Juan Carlos a España. Feijóo, al igual que todos los expresidentes, cree que es un despropósito institucional e histórico que Juan Carlos esté viviendo ese exilio dorado de Abu Dabi, lejos del país a cuyo progreso y bienestar tanto contribuyó. Pero nada indica que las cosas vayan a mejorar.

Analizar la situación del emérito es muy complejo porque están en juego elementos personales, familiares, políticos e institucionales. Todos sabemos que Juan Carlos salió de España por orden de un Gobierno que ha resultado ser todo un monumento a la corrupción. Entiendo que en lo personal le resulte hiriente que el jefe de Ábalos, Koldo y Cerdán le haya impuesto esa humillación pública. También sabemos que la demolición reputacional de Juan Carlos ha sido el ariete favorito con el que la extrema izquierda ha tratado de erosionar la institución para liquidar el régimen del 78. Todavía hoy, después de que los papeles desclasificados hayan ratificado el comportamiento ejemplar del Rey durante el 23-F, muchos siguen aferrados a sus teorías conspiranoicas contra él.

La dimensión histórica de la figura de Juan Carlos está fuera de discusión y esta semana lo hemos vuelto a comprobar, pero sus circunstancias personales en estos momentos resultan mucho más controvertidas. Don Juan Carlos vive fuera porque no quiere pagar impuestos en España; puede venir cuando le plazca, pero quiere dormir en La Zarzuela porque considera que es su casa. Sin embargo, no es así; dejó de serlo cuando abdicó la corona en su hijo y el Rey Felipe no puede hacer lo mismo que reprochamos a Sánchez: no puede alojar en la casa que le pagamos todos con nuestros impuestos a quien no participa de ese esfuerzo. No caben muchas más disquisiciones al respecto.

El hundimiento moral del sanchismo ha creado las condiciones ideales para el regreso de Juan Carlos a España. Estamos además en un periodo con multitud de efemérides para recordar y poner en valor su impagable aportación a nuestro sistema democrático. 2025 ya debió haber sido el año de la rehabilitación de Juan Carlos y de celebración de la reinstauración monárquica. Es lo que hubiera ocurrido en un país normal: habríamos celebrado por todo lo alto medio siglo de monarquía y casi medio siglo de democracia, pero no fue así porque un Gobierno mezquino prefirió recordar la muerte de Franco para seguir dividiendo a los españoles y porque Juan Carlos vive a 6.000 kilómetros de aquí. Otra oportunidad perdida para habernos comportado como un país grande y orgulloso de su historia.

No somos muchos quienes hemos defendido siempre la injusticia del ensañamiento populista contra la figura del rey, por eso celebramos esta semana la sensatez del debate planteado por Alberto Núñez Feijóo. El regreso de Juan Carlos sigue siendo lo más conveniente para el país y para la institución, pero debe hacerse de acuerdo con las muy razonables condiciones que ha fijado el Rey Felipe VI. Él tiene ahora la responsabilidad de cuidar la institución para garantizar la estabilidad del régimen y para legarla a su hija en las mejores condiciones.

Esa reconciliación que Juan Carlos escogió para titular sus memorias y de la que hablaba Feijóo en su comentario exige anteponer los intereses de la institución por encima de los personales y, desde luego, no hay reconciliación posible con quien no quiere pagar impuestos como todos los demás.