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Pecados capitalesMayte Alcaraz

¿Y si el próximo desclasificado fuera el GAL de Felipe?

Hay quien apuesta por que esta la difusión de los papeles del 23-F solo es una excusa para que el Gobierno decrete la madre de todas las desclasificaciones: la del sumario del GAL. Y así rematar a Felipe

Sigo dándole vueltas a la aviesa razón que ha llevado a Pedro Sánchez a desclasificar los documentos del 23-F que, en el fondo, estaban ya desclasificados por los historiadores y periodistas más rigurosos. No acabo de creer que haya respondido a la pertinente petición de Javier Cercas, autor del inmenso Anatomía de un instante, que –según ha contado– tenía ganas de que se demostrara públicamente que no había ningún secreto sobre la autoría intelectual del intento de golpe. O que, parafraseando a Churchill sobre Rusia, no existía ningún «acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma». Así que, con Pedro de por medio, tiene que haber no elefante blanco sino gato encerrado.

Y hablando de gato, que tanto da que sea blanco o negro porque lo importante es que cace ratones, es imposible no traer a colación a Felipe González, un socialista al que el presidente actual odia día sí y día también, incluso cuando asiste a los Goya con su esposa la imputada. Y como consecuencia de ese odio, que ha sido incapaz de erosionar la imagen del Rey Juan Carlos sino más bien de reforzarlo tras esta penúltima performance de Moncloa, hay quien apuesta por que esta difusión de papeles de la asonada de 1981 solo es una excusa para que en breve el Gobierno decrete la madre de todas las desclasificaciones: la del sumario del GAL. Y así rematar a Felipe.

Por personas interpuestas, Pedro Sánchez ya ha enseñado la patita respecto a señalar públicamente al supuesto míster X del GAL. Solo vive para que el todavía referente del socialismo español pierda su prestigio. No hemos olvidado aquel 2 de marzo de 2016, hoy justo hace diez años, cuando Pablo Iglesias, desde su escaño en el Congreso, ya se refirió al GAL y al «señor Felipe González, sí, el que tiene las manos manchadas de cal viva». Entonces, Pedro, que era todavía jefe de la oposición, se hizo el ofendidito, pero su curiosa manera de castigar al líder de Podemos fue nombrarle cuatro años después vicepresidente. Bonita manera de indignarse.

Luego vendría una cesión escandalosa que apunta en esa dirección de la venganza: Sánchez pactó hace cuatro años la llamada «ley de memoria democrática» nada menos que con los proetarras de Bildu. Además del oprobio de permitir que los amigos de terroristas redactaran la ley, Pedro consintió que el límite temporal de la norma llegara hasta 1983, es decir, incluyera los dos primeros años del Ejecutivo de González, estigmatizando al Gobierno de su antecesor. En otras palabras: que apuntara a las ilegalidades de Felipe. Los de la indeseable Merche Aizpurúa ya han pedido en más de una ocasión la comparecencia del primer líder socialista para dar cuenta «de la guerra sucia». Asimismo, este grupo de filoterroristas persigue la creación de una comisión técnica que estudie la violencia durante la transición, curiosamente en especial la de los primeros meses del «cambio» socialista. No puede ser más indigno que se permita a los socios de ETA reclamar explicaciones a nadie sobre violencia. Pero España es diferente.

Quien ha abierto la veda sobre Felipe González es, pues, su sucesor, al que no gusta demasiado que impugne su gestión y diga que nunca más le votará, sobre todo por sus cesiones con los independentistas y legatarios de ETA. Y soporta menos que el socialista de la transición ganara tres mayorías absolutas, mientras él las pierde todas, una tras otra. Lo que hoy ya sabemos es que aquellos catorce años felipistas fueron solo un paréntesis entre el cainita socialismo de la república y los gobiernos de Zapatero y Sánchez, que han abierto aquellas heridas para dividirnos. Sánchez odia que, a diferencia de lo que ha hecho él durante estos casi ocho años, Felipe se negó a vender su alma a los etarras. Pudo ser presidente cuando –mañana hará treinta años– perdió las elecciones por tan solo 300.000 votos ante José María Aznar, con solo haberse aliado con los malos, pero optó por la dignidad democrática y dio paso al PP, que fue el ganador en las urnas. Todavía entonces se respetaban las reglas básicas de la democracia y no se descuadernaba la nación por la ambición enfermiza de un narciso.

Así que no sería de extrañar que, si le da tiempo antes de que tenga que abandonar la Moncloa, Pedro desclasificara los archivos del GAL, con la intención de consumar la vendetta contra Felipe. Morir matando.