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El observadorFlorentino Portero

Trump y el uso de la fuerza

Si Estados Unidos no está dispuesto a desplegar una fuerza gigantesca sobre el terreno lo más sensato habría sido no reconocer que el objetivo de la operación era el cambio de régimen, sino sólo acabar con sus programas nuclear y de misiles y poner fin al Eje de Resistencia

Es difícil encontrar en la historia de Estados Unidos un presidente más contradictorio en su política exterior que Donald Trump. Sistemáticamente hace lo contrario de lo que dice. Sus votantes del espectro MAGA (Make America Great Again) no disimulan su enfado y muchos le acusan de mentir. Tienen razones para ello, pues durante su campaña electoral y en los documentos de referencia emitidos por su administración se repite que el país renunciará a guerras dirigidas a promocionar la democracia o «reconstruir naciones», limitándose a destruir las amenazas a sus intereses nacionales allí donde surjan.

Yo no estoy de acuerdo con la acusación. Sinceramente, no creo que Trump mienta conscientemente en los grandes temas de política exterior. Su narcisismo patológico le lleva a confiar en su instinto y este es voluble. No soporta a profesionales entre sus consejeros, por lo que, animado por sus amigos, actúa sin criterio técnico y con una definición de objetivos en el uso de la fuerza tan vaga e inconsecuente que acaba metiendo a Estados Unidos en callejones de muy difícil salida.

Su programa de acción exterior se fundamentaba en el compromiso de poner fin a los principios estratégicos seguidos desde los días de Harry Truman, por los que la defensa de los intereses nacionales estaba íntimamente vinculada con la promoción de la democracia y de los mercados abiertos. Es evidente que Truman tenía muy presente la naturaleza de los regímenes autoritarios que había conocido y con los que había tenido que enfrentarse, militar o diplomáticamente: el fascismo italiano, el nacionalismo japonés, el nazismo alemán o el comunismo soviético. Truman, un hombre sencillo del interior de Estados Unidos, comprendió que de nada servía derrotar al enemigo en el campo de batalla si el régimen pervivía, porque la amenaza no se limitaba a un acto concreto sino a la propia naturaleza del régimen. Sólo destruyéndolo y trasformando su sociedad y su sistema político la paz podría arraigar.

No es casual que durante décadas ese principio se haya mantenido y tampoco lo es que la confianza puesta en él se haya deteriorado ante el alto coste humano y económico de su ejecución, el comportamiento irresponsable y egoísta de sus aliados o las consecuencias de la globalización y de la revolución tecnológica. La sociedad norteamericana, como tantas otras, está perpleja ante los cambios que estamos viviendo y busca soluciones fáciles, como las propuestas en su momento por Trump. Poco a poco el presidente de Estados Unidos está descubriendo lo obvio, aquello que dio sentido a la estrategia de Truman, que las amenazas están vinculadas a regímenes autoritarios cuyas políticas derivan de su propia naturaleza, por lo que el entendimiento con ellos puede resultar imposible.

No parece que vaya a llegar a un acuerdo de reparto de Ucrania con Rusia porque sus dirigentes no están interesados, más aún desde que Estados Unidos cometió el error de retirar sus tropas de la primera línea y de reducir la ayuda económica y militar al Gobierno de Kiev. El imperialismo es consustancial al régimen ruso. La invasión de Ucrania es la quinta operación ejecutada en este sentido por el gobierno de Putin y no será la última. Hamás no se va a desarmar porque haya perdido la guerra contra Israel, porque su idea de victoria es otra y porque cree que puede alcanzarla. Es más, el campo de batalla gazatí no es más que uno entre los muchos abiertos o por abrir en el conjunto del islam. El crimen organizado en México, Centroamérica y el Caribe no se va a erradicar capturando a Maduro o amenazando a presidentes de la región. Requiere de un compromiso mucho mayor con los gobiernos locales. Bombardear Irán, disminuir sus capacidades militares, eliminar a sus máximos dirigentes puede no ser suficiente para poner fin a la amenaza que representa, porque el régimen está diseñado para soportar estas circunstancias y está decidido a aumentar la represión interna y a extender el conflicto al conjunto de Oriente Medio.

Hacer uso de la fuerza es el ejercicio político más grave y difícil de gestionar. Es siempre imprescindible tener claro tanto los medios disponibles como los fines. La fuerza es sólo un instrumento, alcanzar los objetivos establecidos en el orden militar no necesariamente implica una victoria, porque ésta es siempre un acto político. Si Trump ha comprendido, como parece, que la amenaza iraní es intrínseca al régimen de los ayatolás debería haber valorado cómo hacerlo caer y establecer otro alternativo. Por ahora todo lo que sabemos es que se ha dirigido a la población para que se levante y lo destruya, pero eso no parece realista en estos momentos.

Lo ocurrido en Irak debería haber sido un referente en la preparación de la actual campaña militar, pero no está claro que lo haya sido. Bush padre ordenó la invasión, pero se limitó a liberar Kuwait, derrotar a las Fuerzas Armadas iraquíes e imponer unas condiciones, que naturalmente el Gobierno de Sadam Hussein no cumplió. Eso llevó a una segunda invasión, que partía de la necesidad de poner fin al régimen baasista, pero Bush hijo cometió el error de aceptar la postura del secretario de Defensa, Rumsfeld, de trasladar sólo la fuerza necesaria para derrotar al Ejército, frente al criterio de sus generales de disponer de una considerablemente mayor en número que garantizara la estabilidad del país. Se ganó la guerra y se perdió la paz.

Si Estados Unidos no está dispuesto a desplegar una fuerza gigantesca sobre el terreno, lo más sensato habría sido no reconocer que el objetivo de la operación era el cambio de régimen, sino sólo acabar con sus programas nuclear y de misiles y poner fin al Eje de Resistencia, que supone una gravísima violación de la soberanía de sus vecinos y la mayor amenaza a la estabilidad regional. De esta manera se habría ganado tiempo y debilitado al régimen, evitando, quizás, la extensión de la guerra al conjunto de la región.

Irán es hoy una amenaza para sus vecinos. Poner fin al legado del ayatolá Jomeini es una necesidad, pero eso requiere de una estrategia más compleja y de largo recorrido que la operación militar orquestada por el presidente Trump. El caso de Irán es sólo uno más en el conjunto de focos de inestabilidad presentes en el planeta. Enfrentarlos requiere alianzas y éstas sólo se podrán constituir en torno al compromiso con la defensa y promoción de la democracia. Presiones arancelarias e imposición de áreas de influencia restan apoyos y, desde luego, no hacen a «Estados Unidos grande otra vez». Bien al contrario, lo hacen más débil. Sólo con aliados y desarrollando estrategias de largo recorrido podremos defendernos de un conjunto de amenazas cuya realidad es innegable, guste o no.

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