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El observadorFlorentino Portero

El espacio chino

La ley del más fuerte, las áreas de influencia, la soberanía limitada o los mercados cautivos no pueden ni deben ser los referentes para la gestión de la política internacional en este nuevo tiempo. La historia nos enseña cómo acaban esas aventuras

El presidente Trump trata de establecer unas nuevas reglas del juego. Nos ha dejado claro que el orden liberal no está vigente y que Estados Unidos tiene derecho a disponer de una amplia área de influencia donde la soberanía queda limitada y las empresas norteamericanas pueden actuar sin límites. Europa y América Latina formarían parte de este espacio, pero no sólo ellas. Tanto en el Pacífico como en Extremo Oriente, zonas de gran actividad económica, los intereses norteamericanos son muy importantes, como se reconoce en su documentación oficial. Aquí el factor clave es China, el único rival estratégico de Estados Unidos. La extrema cercanía a esta potencia no deja margen de maniobra a sus vecinos. Corea del Sur, Japón, Taiwán o Filipinas necesitan del compromiso del Gobierno de Washington para garantizar su seguridad y tendrán que aceptar las condiciones que este les imponga, por lo menos durante un tiempo. A mayor distancia, nos encontramos con estados como Tailandia, Malasia o Indonesia que buscan el equilibrio desde la equidistancia. Temen a China y saben que no pueden confiar en la gran potencia americana.

Si Estados Unidos, según la doctrina de su presidente, tiene derecho a un área de influencia, en buena lógica habrá que reconocer tan singular privilegio a China. De no hacerlo, los dirigentes de Pekín entenderán que están siendo agredidos. Por otro lado, Estados Unidos no está en condiciones de volar la 'Nueva Ruta de la Seda', la red de influencias cuidadosamente tejida por la diplomacia china para establecer estrechos vínculos con estados alrededor del mundo y que es garantía del correcto funcionamiento de sus cadenas de aprovisionamiento y distribución.

Trump ha rescatado la Doctrina Monroe, por la que se rechaza la presencia de potencias extranjeras en el espacio «hemisférico». Una posición fijada en 1823, en el marco de la crisis colonial española, y que ahora se proyecta especialmente contra China, Rusia e Irán. La operación ejecutada en Venezuela no ha tenido ningún impacto en la lucha contra el tráfico de personas o drogas, argumentos que fueron esgrimidos para justificar la acción, pero sí ha sido relevante, si se quiere brillante, a la hora de ejercer influencia sobre el Mar Caribe y limitar la presencia de los citados estados.

Si los dirigentes de Washington pueden actuar de ese modo en el Caribe, ¿con qué legitimidad se va a impedir a China hacer lo mismo en su entorno inmediato? Nada hay más vital para Pekín que el control del pasillo que delimitan su litoral y la cadena de islas formada por los archipiélagos de Japón, Taiwán y Filipinas, prolongado por la vía naval que, bordeando la península indochina, cruza por el estrecho de Malaca en dirección al Mar Arábigo, donde se abren distintas opciones, hacia el Golfo de Omán y el Estrecho de Ormuz o hacia el Estrecho de Bab el-Mandeb, el Mar Rojo y el canal de Suez.

Si el presidente Trump acepta con sorprendente facilidad la división de Ucrania, exige –a ratos– la venta de Groenlandia, amenaza con la anexión de Canadá, ataca Venezuela, impide el acceso de petróleo a Cuba… está legitimando acciones semejantes por parte de China, precisamente allí donde los intereses de Estados Unidos están más en peligro. Las nuevas reglas de juego no sólo suponen el fin de toda referencia al derecho y al respeto a la soberanía nacional, además están creando las condiciones para perder aliados y facilitar la acción de sus rivales.

La ley del más fuerte, las áreas de influencia, la soberanía limitada o los mercados cautivos no pueden ni deben ser los referentes para la gestión de la política internacional en este nuevo tiempo. La historia nos enseña cómo acaban esas aventuras. Las palabras en Davos de Mark Carney, primer ministro canadiense, deben guiar nuestros actos. Queremos estar en la mesa de negociación, pero sentados, no como parte del menú. Las pequeñas y medianas potencias debemos actuar conjuntamente para defendernos de unos y de otros, porque tenemos medios para hacerlo. Los grandes necesitan materias primas y mercados. Nos necesitan. Pero sólo desde una posición de fuerza podremos negociar con ellos y hacer respetar unas reglas del juego que no sean las de la selva.

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