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Julián Marías advertía que lo peor del siglo XX (un siglo que ponía el listón muy alto para los horrores) era la aceptación social del aborto. Subrayaba que el mal es inevitable, pero que el peor de todos consiste en no intentar impedirlo ni remediarlo. Eso ocurría con el aborto: se legalizaba y se subvencionaba. Y aún no había llegado a verlo celebrarse como hoy.

Parecería, por tanto, que el siglo XXI ha llevado aún más lejos esa aceptación que Marías detestaba. Salvo algunos contumaces, entre los que espero que me hagan el honor de contarme, la resistencia al aborto ha caído bajo mínimos. La misma Iglesia Católica ha enfriado su crítica en algún grado (no mi párroco, que Dios guarde). ¿No prefiere criticar a los políticos por otras cosas y no por su apoyo al aborto, que en buena doctrina conlleva excomunión? Otro signo de los tiempos es que muchos votantes que se consideran contrarios al aborto orientan luego su voto por cualesquiera otras razones. Por contagio del ambiente y por lo anterior, incluso los pocos partidos que resisten en su rechazo al aborto no hacen de esa cuestión su prioridad. Véase Donald Trump: tras favorecer un cambio decisivo en el Tribunal Supremo y retirar fondos a organizaciones abortistas —dos pasos esenciales—, ha pedido a la sociedad civil que empuje ya por su cuenta.

Así las cosas, parecería que la peor pesadilla de Marías se ha cumplido. Y, sin embargo, la aceptación social del aborto dista de ser pacífica. Los defensores del aborto han ganado la guerra, pero no abandonan la trinchera. ¿O qué otra cosa es el empeño de nuestro presidente Pedro Sánchez por consagrar [sic] en la Constitución [sic] lo que casi nadie se atreve a discutir? El PP se apresura a afirmar que es abortista de toda la vida y la Consejera de Sanidad [sic] de Ayuso presume de la cantidad de abortos tan estupenda que se realiza en Madrid, como si fuesen trasplantes de corazón. En la misma línea, el parlamento inglés ha aprobado la posibilidad de abortar hasta el momento mismo del nacimiento, esto es, legalizando el infanticidio, en concreto, la eugenesia, que ahora se llama derecho reproductivo, extrañamente, con una mueca diabólica.

¿Dónde está la ofensiva provida a la que los activistas del aborto tan activamente se enfrentan? Nosotros no la vemos, pero quizá porque los hijos de la luz no somos —como nos advirtió Alguien— ni de lejos tan astutos como los hijos de la oscuridad. Y, sin embargo, alguna explicación ha de haber para que no puedan regodearse en silencio de su victoria. Nos conviene encontrarla.

Vale que Pedro Sánchez pueda utilizar el aborto como una cortina de humo, aprovechando cual abusón de patio de colegio su posición de fuerza en la opinión pública, para apartar la atención de otros asuntos más delicados que tiene pendientes. Pero incluso así, si sigue funcionando como cortina de humo, es porque hay un fuego oculto.

La resistencia que no vemos en la vida pública tiene que estar en el fondo de los corazones de la gente y también de las conciencias. Solo eso explica la necesidad recurrente de nuevas dosis de legalización, a ver si así lo legitiman. No se entiende, si no, tanta actividad frenética en un bando que ya ha conseguido todo.

De forma contraintuitiva, lo peor que aterrorizaba a Julián Marías no ha sucedido. Las señales de que el aborto no puede ser aceptado socialmente como si nada vienen de donde menos las esperábamos, pero están a la vista y nos convocan. Para empezar, a reconocer que las resistencias casi ocultas tienen un valor inmenso, como las valerosas objeciones de conciencia de los médicos o algunas insistencias políticas heroicas, como la del grupo municipal de Vox en Sevilla, que no ceja jamás. Queda casi todo por hacer, pero hay una luz que no termina de apagarse en las conciencias, en los corazones e incluso en los contrarios.