Tres posados en La Habana
Claro que ser abrazado por el Díaz-Canel este, con su pinta de burócrata sobrealimentado, no debe de ser tan exultante como serlo por el ya traspuesto Comandante Verde Oliva. Pero, hasta para un heroico asaltante de los cielos, la necrofilia tiene límites
Posado Primero. Apoyado en el balconcillo del monumento, contempla con severidad el infinito que la plaza acota. Pero él no está viendo aquí, desde luego, el espacio vacío de uno más de esos adefesios con los que el urbanismo de matriz soviética salpimentó su imperio durante la Guerra Fría. Un sello inconfundible, que hoy es arqueología en locales museos de los horrores. Y que ya sólo pervive tal vez, a más de aquí, en Corea del Norte. No, no está viendo eso, que es lo que se empecinarían en ver los turistas reaccionarios. Él, este ya no tan joven tabernero, que antes fue vicepresidente y, antes aún, penene de ignoto bagaje académico, no se pierde en el desolador vacío que abruma al vulgar espectador de ese tipo de reliquias arquitectónicas de la Guerra Fría. Tan feas aquí cuanto lo fueron en Bucarest, en Berlín, en Bagdad o en Trípoli. El no ya tan joven ex de casi todo asiste, en lo más hondo de su espíritu, al avance de un invisible océano de arrogantes cabezas proletarias que avanzan sin vacilar hacia el futuro. Luminoso, of course. Las marciales montañas de músculo redentor, que el canon estaliniano fijó para su estatuaria. Avanzan. Hacia él, su líder. Y él, el hombre solo, las contempla, paternal, desde el balcón que parece un púlpito. Van camino del paraíso que pueden ver ya espejear en la mirada firme del líder. Nada podrá oponerse a su destino.
Posado Segundo. El no tan joven ya, pero igual de idéntico a sí mismo en entusiasmo redentor, gira su viril mirada hacia la izquierda. El ángulo sólo preciso para cruzar sus ojos con los ojos pétreos de la estatua. José Martí, en pedrusco blanco, no es ni más ni menos horrendo que cualquiera de los bronces o pedruscos que brotaron como setas en los países del Este durante medio siglo. No debe ya, de aquella cosecha, quedar ni una mala hierba. Y las historias del arte, me da que no llorarán mucho su desmoronamiento. Artefactos de rugosa piedra maciza, como éste que ahora mira tiernamente el tabernero. O de metales varios. En la pesadez de todos hablaba una metáfora poco dudosa: la de la intemporalidad con la cual sueñan todas las tiranías. Stalin –«hombre de acero», creo que significaba el pseudónimo del amadísimo Koba Dzhugashvili– consagró en esos armatostes su derecho divino. Que es el derecho de todos los dictadores. No sólo el de los Castro. No sólo este con el cual sueña el no ya tan joven que se asoma al escenario. Desciende luego de su estrado. Se planta en el centro geométrico de la plaza vacía. A modo de obelisco. Y, en ese vacío en el cual no resuena la respiración de un alma, alza la definitiva escena épica: soledad del héroe. No es «Solo ante el peligro»; es «Solo ante la epopeya».
Posado Tercero. El abrazo al Líder Supremo es rito obligado. No hay liturgia totalitaria que no pase por ese instante de fusión teocrática, mediante el cual el gran padre legendario transfunde su poder al nimio hijo que a su arbitrio se abandona. Claro que ser abrazado por el Díaz-Canel este, con su pinta de burócrata sobrealimentado, no debe de ser tan exultante como serlo por el ya traspuesto Comandante Verde Oliva. Pero, hasta para un heroico asaltante de los cielos, la necrofilia tiene límites. Y, además, aquí ni siquiera hay a mano una buena momia como la de la Plaza Roja moscovita. Una pena. Esa sí que hubiera sido una buena foto para detrás de los grifos de cerveza: besando la frente angélica del providencial barbado. A falta de eso, Díaz-Canel no es que aparente muy épico. Es lo que hay. Pues a ello. Foto.
Siempre podrá consolarse sopesando la astucia del compi Silvio Rodríguez. Tipo de reflejos rápidos, que pide un bonito AKM para hacerse las fotos más heroicas. Es de suponer que con la munición suficiente para «ir matando canallas con su cañón de futuro»: que, aunque nadie se lo crea, era, lo juro, el sutil texto que cantaba el trovero allá por el año 1978. Y el tabernero –no ya tan joven– sueña con ser también merecedor de un juguete como ése. ¡Menuda galería de tiro al facha podría montarse él con aquello en su chiringuito! ¡Un crack! Y un negocio de fábula: cola de clientes todo el día. No hay taberna que pueda competir con un AKM.
Sale del sueño. Surca el fantasmal vacío de la plaza. Meditativo. Los selfis permanecen. Lo demás no importa.