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El democristiano Iñigo Cavero fue un probo ministro de Justicia de Adolfo Suárez y último militante de UCD en apagar la luz (y abonar la factura) en la sede nacional de la madrileña calle Cedaceros, cuasi paredaña a las Cortes. Pero, sobre todo, con sentido de la realidad como para admitir que, «cuando nos nombran algo, nos pegan un perdigonazo en el ala y ya no volvemos a volar igual». Claro que cabe establecer diferentes grados de escopetazos al constatar el desiderátum de la vicepresidenta y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, tras ser obligada por Sánchez a abandonar el Gobierno para ser candidata a la Presidencia de Andalucía, y ser reemplazada ayer por Carlos Cuerpo.

Tan poca gracia le ha hecho la encomienda que se niega a ceder su acta de diputada en Cortes esgrimiendo falazmente que se quedaría sin su plaza de médico en el Servicio Andaluz de Salud. A otro Pedro con ese hueso por parte de quien ganó las oposiciones tras una década de mayorías absolutas en la que poseer el carnet del PSOE era disponer de plaza segura en la administración andaluza. Eso fue lo que coligió un compañero de orla de la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla que, al reencontrársela en el Hospital Virgen del Rocío e interesarse por si también estaba allí para cursar el MIR, Montero le espetó más chula que un ocho: «No. Soy tu subgerente». Ya apuntaba maneras quien al ser designada titular de la cartera de Hacienda le soltó al periodista de El Mundo, Carlos Segovia, «Chiqui, 1.200 millones no son nada» porque «pasarse en un presupuesto (…) no tiene problema (…) solo lo quitas o pones en otra parte».

De vuelta a Andalucía, ha echado mano nuevamente de esa soberbia que emplea para mantenerse a flote quien declara no tener pulmones sino branquias como los peces. Así, se autoproclamaba el martes de su adiós del Consejo de Ministros como «la mujer más poderosa de la democracia». De paso, como si no necesitara la abuela que tan bien le vendría tener a su lado, le perdonaba la vida a los andaluces remarcando el enorme sacrificio hecho para concurrir a unas autonómicas siéndolo todo. Perorando de sí misma en tercera persona, con la hinchazón del sapo que quiere aparentarse buey, Montero se hacía merecedora de los versos del soneto que Quevedo dedicó al conde-duque de Olivares sin que Montero le llegue a las medias del valido de Felipe IV: «¿Miras este gigante corpulento/ que con soberbia y gravedad camina?/ Pues por dentro es trapos y fajina/ y un ganapán le sirve de cimiento?».

No obstante, en cierta manera, hay que darle la razón a Montero en que los andaluces no se merecen una persona tan «jartible» –ese gaditanismo que aspira la «h» de «hartible» y que engrosa el acervo andaluz– por conocer estos mejor que nadie el percal que viene de vuelta cargando además –de ahí que no quiera desaforarse ni un instante– una abultada mochila de corrupciones amontonadas en su departamento. No en vano, su número tres, Marco Sanjuán, presidente del Tribunal Económico Administrativo Central, está investigado por percibir comisiones a empresarios con causas pendientes con la Agencia Tributaria, y su jefe de gabinete, Carlos Moreno, aplazó una deuda fiscal del comisionista Víctor de Aldama a cambio de favores inmobiliarios.

Únase a ello sus vinculaciones –como responsable última de la SEPI- en los rescates de las aerolíneas Plus Ultra y Air Europa y en el colocadero de la empresa pública Tragsateg de «novias» del superministro Ábalos, al que tenía por su «tronco» antes de borrarlo de su memoria, al igual que a «Supercerdán» lo encumbró en el congreso federal último al rango de mejor secretario de Organización de la historia del PSOE cuando la sombra de corrupción se cernía sobre los pretorianos de Sánchez, pero a los que aplaudía como si no hubiera un mañana. Siempre lo ha hecho con aquellos con los que había que medrar para hacer carrera. Llamáranse Chaves, Griñán, Susana Díaz o Sánchez. Hubiera sido digna socia de aquella peña futbolística bajo la advocación de aquel presidente del Real Betis, Manuel Ruiz de Lopera, denominada «Lo que diga don Manuel».

Al no ser nueva en la plaza, a esta «bebesauria» de los ERE se le hace presente el ayer primero como exconsejera de Salud que provocó las mayores movilizaciones contra su gestión y dejó caer a pedazos hasta ser objeto de pillaje por los chamarileros al antiguo hospital militar de Sevilla después de exigir –movilizaciones mediante– su traspaso a Aznar en pago de la «deuda histórica» a Andalucía hasta tener que ser reconstruido por la actual administración del PP. Como ha debido pleitear para despedir al exministro socialista Bernat Soria que, con un sueldo estratosférico que doblaba al del presidente de la Junta y la colocación de su mujer en no sabe bien qué clase de biblioteca virtual, se afanaban desde una fundación andaluza a tejer sociedades particulares.

Luego como consejera de Hacienda en la Andalucía del IPC (impuestos altos, paro desbocado y corrupción institucionalizada con los ERE de mascarón de proa, cuyos fondos declinó reclamar), Montero penalizó las herencias hasta convertir a la Junta en heredera universal debido a las renuncias de las familias al carecer de liquidez para sufragar ese confiscador gravamen. Por eso, mueve al sarcasmo que Montero prometa «un plan urgente para salvar la sanidad pública andaluza», así como que apele a la clase media –a la que despellejó primero como consejera y luego como ministra– para salir del hoyo que le vaticinan las encuestas.

A este fin, Sánchez le ha brindado volcarse con ella en la Andalucía de la catástrofe ferroviaria de Adamuz, con sus 46 víctimas achacables a una negligente gestión que habrá que ver si redunda en consecuencias penales y a las que ha despreciado para evitar que le acaeciera lo que en Paiporta con la Dana de Valencia. Ambos parecen la viva imagen de dos náufragos tratando de paliar una debacle en un territorio decisorio para unas generales después de cuarenta años de bastión socialista en el que Alfonso Guerra presumía de arrollar incluso con una cabra de cabeza de cartel.

Nadie columbró entonces la mayoría absoluta del PP ni que Vox desplazara al PSOE como segunda lista en algunas circunscripciones como parece ser hasta comprobar las secuelas del tiro en el pie que se ha pegado Abacal tras purgar a los cofundadores de una formación que cambió la historia de Andalucía hace ocho años al propiciar una carambola a tres bandas con PP y Ciudadanos finiquitando a un PSOE que anhelaba reeditar los 70 años de hegemonía del PRI en México con aquella «dictadura perfecta» como la tildó Vargas-Llosa.

Además, por si le faltaba un canto al duro, Marisú Montero quiere que le acompañe asimismo el presidente de la Generalitat catalana, Salvador Illa, que, con su financiación privilegiada, es como mentar la horca en casa del ajusticiado. Si en América se suele decir que «quien se quema con leche llora cuando ve a la vaca», habrá que ver qué efecto producen Sánchez e Illa del brazo de Montero al evocar los trastornos infligidos a Andalucía esta legislatura. Justo cuando esta se aleja de depender de la subvención —vivero de la corrupción— y supera en creación de empresas y en autónomos a una antaño hacendosa Cataluña cuya principal industria es hoy el independentismo a costa de sangrar al resto de los españoles.

Todo ello en aras de evitar la mayoría absoluta de Juanma Moreno, quien compite contra esas escurridizas expectativas y que pugna además, después de lograr ser «el Feijóo andaluz», por contribuir este 17 de mayo a que el presidente del PP recale en La Moncloa. Como aconteció con González tras las iniciales elecciones andaluzas del 23 de mayo de 1982 con una mayoría absoluta que le pasaportó a la Presidencia del Gobierno tras sus intentos baldíos de 1977 y 1979. Pero antes, Moreno Bonilla, ese presidente al que la televisión sanchista acusa de tener una flor en el culo con la exquisitez de la que hace gala el canal de las exquisiteces patrias, deberá poder cantarle a Montero la soleá de Manuel Machado: «Le dijo el tiempo al saber: / esa soberbia que tienes / yo te la castigaré».