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El plan, que no es nada nuevo, pasaba por sustituir el cristianismo secular del pueblo por la doctrina política del socialismo y el comunismo. La izquierda española, que ahora sarcásticamente se hace llamar «progresista», siempre ha visto el catolicismo con un estorbo reaccionario y ha practicado un anticlericalismo visceral.

En los años treinta del siglo pasado esa dinámica se tradujo en la más violenta persecución religiosa de Europa, con unos siete mil clérigos asesinados y la destrucción y profanación de numerosas iglesias. Algunos estudiosos la consideran el mayor acto de barbarie contra la fe cristiana desde la época del emperador Diocleciano, que lanzó su espeluznante acometida en el año 303.

Hoy la ofensiva de la izquierda española contra el catolicismo es más suave y sutil que antaño, pero igualmente tenaz. No es casual, por ejemplo, que el día en que comenzaba la Semana Santa, TVE emitiese un reportaje sobre los abusos; o que el Gobierno haya elegido estas fechas tan señaladas para firmar su convenio al respecto con la jerarquía eclesial. No es casual que todas las noticias sobre la Iglesia que destaca el periódico de cabecera de Sánchez sean siempre negativas y con frecuencia escandalosas (y cuesta entender la fascinación de algún que otro prelado con unos medios que son manifiestamente hostiles a la fe y a sus clérigos).

No es casual una legislación que refuerza de manera obsesiva la subcultura de la muerte y que se da de bruces con los principios católicos, que defienden la dignidad de las personas de principio a fin. No es casual el interés del Gobierno en acabar con el delito de ofensas contra los sentimientos religiosos (pero ojo, que nadie se meta con los mahometanos, porque eso sí se considera un intolerable acto de «islamofobia»). No es casual que los «ministros y ministras» feliciten el ramadán, pero no las festividades católicas.

No es casual que se intente descristianizar la Navidad, que no tiene sentido alguno si no se conmemora el nacimiento de Jesús. Inolvidables los intentos de aquellos chifladillos gobiernos municipales de Podemos para convertir las cabalgatas de Reyes en una especie de festival pop, llegando a colar a alguna drag queen en las carrozas. No es casual que los bufones de cámara del sanchismo hagan bromas blasfemas contra el catolicismo, sus creencias y sus símbolos.

Todo atiende a lo mismo. Hay que menospreciar y arrinconar al cristianismo para que la sociedad española se sacuda lo que consideran una costra represiva y obsoleta y pase a adoptar la nueva religión laica del PSOE: el «progresismo», con sus mandamientos de la catástrofe climática, el feminismo politizado y empalagoso, la obsesión por el fomento de la homosexualidad y la fijación con la subcultura de la muerte.

Pero hay algo con lo que no contaba el «progresismo» obligatorio en su campaña perpetua contra el catolicismo: el arraigo de la Semana Santa y sus celebraciones. No solo no decae, sino que va a más. Este año, por ejemplo, ha vuelto a celebrarse una procesión en San Sebastián después de 50 años de ausencia.

Estoy en una calle del sur de España, abarrotada de jóvenes y viejos ante el discurrir de los pasos, y un amigo, creyente él, me hace un comentario de un humorismo irónico: «Aquí lo que hay es mucho practicante no creyente».

Sí, puede que no todos los que participan en las procesiones y las cofradías que las hacen posibles alberguen una fe profunda y bien armada. Pero cuando sacan a las calles a Cristo en sus tronos se vuelve imposible sustraerse al esplendor de nuestra tradición católica y, sobre todo, a la hondura del sacrificio de la Cruz, que se sigue representando año tras año a través de esta maravillosa imaginería y la música que la acompaña. Todo cada vez con más fuerza y más interés del público.

La vigencia de la Semana Santa no estaba en los planes de la ingeniería social del PSOE. Algunas creencias, enraizadas en el alma del pueblo, son mucho más grandes y trascendentes que los cansinos tics sectarios de ciertas causas coyunturales.