Semana del corrupto
Los gánsteres que se ocupan en remover sentinas hasta trocar las heces en dinero, son clave de prosperidad para todos. A eso se ajusta la política. Lo demás es retórica. Solemne, a veces
Empieza hoy, en la Audiencia Nacional, el juicio contra el ministerio del Interior de Mariano Rajoy. Feo asunto: asalto al domicilio privado del responsable financiero del PP, Luis Bárcenas. En el horizonte están las redes de financiación que el cajero gestionaba.
Mañana comenzará la vista, en el Tribunal Supremo, del puede que más repugnante apaño en la tan corrupta historia de nuestra democracia: José Luis Ábalos y su guardaespaldas inician el descenso a los infiernos. Es sólo la primera etapa: nada más, por el momento, que lo de forrarse traficando con mascarillas en tiempos de pandemia. Luego vendrían más cosas. Y puede que lo de las prostitutas pagadas con cargo al presupuesto público tenga un punto entre asqueroso y ridículo, que mueve a indignación y espectáculo. Pero lo de las mascarillas era asesino: porque asesinato moral es enriquecerse a costa de la pobre gente que moría desamparada por millares. El homicidio estuvo ya en los albores del socialismo español contemporáneo: cuando los tiempos del GAL, Barrionuevo y González. Pero el circo de los burdeles armonizados con la muerte ciudadana en masa, es algo para cuya calificación no encuentro –no es retórica– palabras.
La política es, por definición, corrupta. Nadie que cargue con un poco de biblioteca a cuestas puede fingir que lo ignora. Tampoco, pues, enojarse o sentirse avergonzado de que lo sea. Los hombres mueren; los políticos se corrompen; y acaban por pudrirse. Apestan, entonces.
Es un axioma de la naturaleza. Aquel amigo mayor de la masacre que a sí mismo se dio, hacia el 1794 francés, nombre de «Incorruptible», reducía la decisión del político a una irrebasable alternativa: «o la corrupción o el terror». No mentía. Mató a todos los que pudo, Robespierre. Luego, a él lo mataron. Son las reglas del juego. No hay duda de que la corrupción duele menos. Pero duele. Y ninguno que posea cerebro adulto ignora que ese dolor es para siempre. Y que sin él no hay política. Porque no hay de dónde sacar el sueldo para sus oficiantes.
Sus oficiantes. Algunos. Literalmente transcritos (perdón por el cursi estilo).
–Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior de Pedro Sánchez. 15 de septiembre de 2021, a las 21:00. WhatsApp a José Luis Ábalos: «Querido Jose Luis, amigo, gracias por estar siempre cerca». Dos simpáticos iconos amenizan la ternura del amistoso envío.
–Oscar Puente, sucesor de Ábalos en cargo, funciones y exabruptos dentro del gobierno de Pedro Sánchez. WhatsApp. 3 de noviembre de 2021, a las 08:41: «La ignominia de hoy ya no conoce límites. Tienes todo mi apoyo. No ya solo por lo que eres y por lo que significas, sino porque yo sí creo en ti, en que eres una persona recta y decente».
–El intercambio de WhatsApps –21 de julio de 2022 a las 11:40– entre el venal retozón y la pizpireta Vicesánchez, sugiere una intimidad más entrañable. Ábalos: «Joder, María Jesús, que [sic] alegría me has dado!!!». La alegría se merece, por supuesto un muñequito besucón con víscera cardíaca en los labios. Responde la vicepresidente Montero: «Muchas gracias amigo!! No sabes como [sic] valoro tu mensaje!! Muchísimo!! Ni imaginas!!» No hay icono. Tampoco apertura de interjecciones; sólo cierre reiterado. De los acentos, ni hablemos.
–En el vértice de la pirámide, Pedro Sánchez, digno yerno de Sabiniano Gómez, se muestra a la altura de los sinsabores económicos y libidinales de su Ábalos favorito. WhatsApp. 6 de noviembre de 2021 a las 09:36: «Buenos días, José Luis. Hace tiempo que no hablamos. Te escribo para trasladarte mi solidaridad ante los infundios que, por desgracia, estamos viendo en los medios. Un abrazo, Pedro». Ni iconos, ni atentados contra la ortografía. Un detalle.
También Rajoy pidió a su contable que «fuera fuerte»; esto es, que callara. Aquí no se salva nadie. No hay un solo político en España que no sepa estar viviendo del dinero sucio que en las sombras amasa su partido. Los gánsteres que se ocupan en remover sentinas hasta trocar las heces en dinero, son clave de prosperidad para todos. A eso se ajusta la política. Lo demás es retórica. Solemne, a veces.