Dios y su sentido del humor
La nave transita por una especie de autopista gravitatoria y la Luna actúa como un tirachinas cósmico, esto es, atrae a la nave, modifica su trayectoria y la manda de vuelta a la Tierra. Incluso si todo fallara la física seguiría funcionando y los tripulantes regresarían
La misión Artemis II de la NASA ha acaparado grandes titulares en los últimos días. Y no es para menos. Desde que la Humanidad comenzó a transitar por la Tierra son numerosas las hazañas que el ingenio humano ha logrado. Si bien es cierto que, como animal de costumbre, los humanos hemos normalizado auténticas genialidades. No obstante, si nos detuviéramos a pensar cómo es posible que una criatura tan extraordinaria como el ser humano haya sido capaz de conseguir tales logros, uno no puede dejar de asombrarse.
Cuando uno bucea en el proceso de cómo se ha diseñado la misión, el asombro todavía es mayor. Artemis II sigue una órbita de retorno libre, una idea ya utilizada en Apollo 8: una ruta que aprovecha la gravedad de la Luna para curvar el camino de la nave y devolverla a la Tierra sin necesidad de grandes maniobras adicionales. Es decir, la nave no «da la vuelta» por sus propios medios, sino que la gravedad hace el trabajo. Esto evita tener que consumir combustible para frenar, girar y regresar a la Tierra. La nave transita por una especie de autopista gravitatoria y la Luna actúa como un tirachinas cósmico, esto es, atrae a la nave, modifica su trayectoria y la manda de vuelta a la Tierra. Incluso si todo fallara la física seguiría funcionando y los tripulantes regresarían.
¿Qué clase de criatura es capaz de llegar a estos niveles de conocimiento? Sólo una: el humano. Lo más divertido del asunto es que en nuestro día a día esos genios pasan desapercibidos, pero todos le debemos la posibilidad de disfrutar de los avances que unos pocos han diseñado. Ocurre lo mismo con los aviones. Todos nos hemos acostumbrado a utilizarlos, pero la genialidad es extraordinaria. Los cimientos de la evolución están marcados por un pequeño puñado de hombres que han sido agraciados con un don especial, irrepetible y particular. No todos los días nacen genios, pero a pesar de ser una minoría consiguen iluminar a la humanidad.
Y es por eso que, siendo tan minoritarios, cuando uno lo piensa llega a la conclusión de que Dios debe tener un gran sentido del humor. No dotó a ningún humano de plena inteligencia, pero sí de plena estupidez. Es más, la mayoría de los seres humanos somos idiotas y no tenemos talento alguno para nada. Molestamos, interrumpimos procesos y somos una rémora para el avance. Es como si Dios se divirtiera poniendo trabas para complicar el camino a un porcentaje muy reducido de hombres para así poder demostrar la maravilla de su obra y, cómo unos pocos, son capaces de hacer que la humanidad siga evolucionando y cosechando grandes hitos. El ser humano: una criatura extraordinaria que, por un lado, te da a genios y, por otro, a personas como Yolanda Díaz.