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El astrolabioBieito Rubido

Volver a Dios

No ha sido casualidad que una inmensa marea de millones de españoles haya tomado las calles para reafirmarse en el catolicismo y dejar claro que este país, siendo aconfesional en la letra y papeles de su Constitución, es mayoritariamente católico

Algo bueno está ocurriendo en las tripas de la sociedad occidental que mueve a miles de personas a atender la atávica necesidad de encontrar una explicación a su vida, más allá del materialismo y de la fanfarronería del progreso tecnológico. Hay una corriente de fondo que todavía no sabemos explicar que está llevando a miles y miles de personas de la vieja Europa a volver sus ojos a Dios. Todos en algún momento del cansancio vespertino, en estos días largos de la primavera, nos volvemos a tratar de responder las dudas y los misterios que se arremolinan en nuestra cabeza y corazón. Dudas y misterios de difícil respuesta en ocasiones, pero que son la búsqueda de la vida misma. Y, entonces, vuelve Dios. Ese que dejó que su hijo muriese por nosotros para anunciarnos la esperanza de otra vida. La de la eternidad y la de ahora mismo. Aquella misma existencia que él predicó con el ejemplo al dejar que los niños se acercasen a él, al estar con los humildes, con los pobres, los enfermos, los hambrientos, las mujeres maltratadas… todo aquello que hizo soñar a sus contemporáneos con la posibilidad de que pudiese haber un Dios así: bueno.

El gran Papa Benedicto XVI se empeñó en evangelizar de nuevo a la vieja Europa. Como para Dios nunca hay casualidades, es probable que su empeño y su oración estén dando ahora sus frutos y que tantos y tantos jóvenes estén volviendo sus ojos a ese Dios bueno. Por eso no comparto el análisis que algunos hacen acerca del apoteósico éxito que la Semana Santa ha tenido en España estos días pasados. No ha sido turismo ni fiestas patronales. Ha sido fervor popular y, probablemente, una búsqueda de las respuestas que una sociedad acomodada busca en la insatisfacción que el materialismo no le ofrece.

La Semana Santa pasada ha batido todos los récords de asistencia a procesiones y actos religiosos. Las iglesias se vuelven a llenar, aunque no en todas partes de igual manera. Los seminarios lentamente van acogiendo jóvenes vocaciones y nuestras tormentas interiores buscan puertos de abrigo en los que guarecerse de nuevo en una palabra que está hoy más viva que nunca.

El ateo y el agnóstico ya no tienen problema. Viven en su monolítica convicción de la inexistencia de Dios. Quienes creemos vivimos en la duda y tenemos, como decía el Papa Ratzinger, nuestras noches oscuras. Pero todo tiene su tiempo, como queda escrito en el Eclesiastés. Tiempo de vivir y tiempo de morir. Y ahora toca el tiempo de volver a nuestra mirada a Dios, y no ha sido casualidad que una inmensa marea de millones de españoles haya tomado las calles para reafirmarse en el catolicismo y dejar claro que este país, siendo aconfesional en la letra y papeles de su Constitución, es mayoritariamente católico. El Estado es laico y aconfesional, la sociedad española, no.