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Me lo pregunto muchas veces: ¿cómo es posible que la ley de banderas siga incumpliéndose sistemáticamente en Cataluña y País Vasco y no pase absolutamente nada? Y no me refiero solo a la dificultad de la respuesta institucional, también a la resignación mayoritaria, a la concesión de que es un tema menor. La excepción son esos héroes como José Domingo y su asociación Impulso Ciudadano o casos fuera de lo corriente como el joven concejal del PP de Erandio, Iker Iribarren. Impulso Ciudadano ha logrado una nueva sentencia favorable del TSJ de Cataluña que obliga a colocar la bandera nacional en el Parlamento de Cataluña, e Iker Iribarren ha conseguido también que el Contencioso-Administrativo del Tribunal de Instancia nº 2 de Bilbao obligue al Ayuntamiento de Erandio a colocar la bandera nacional donde corresponde.

Son sentencias sobre lo obvio, porque la ley es clarísima, no admite interpretación alguna. Y los incumplimientos de cientos y cientos de ayuntamientos vascos y catalanes, también. En este asunto, lo extraordinario es que esa burla pública y abierta a la ley, a nuestra Constitución y al derecho de los ciudadanos vascos y catalanes a los símbolos de su nacionalidad y de su identidad siga ocurriendo sin que parezca importarle a casi nadie. En este punto, yo siempre pongo un ejemplo: ¿imaginan las dimensiones del escándalo si alcaldes críticos con el nacionalismo quitaran la ikurriña o la senyera del lugar que les corresponde? Habría una inmediata movilización ciudadana, política y judicial. El incumplimiento legal duraría una semana, y los calificativos gruesos contra los alcaldes incumplidores serían interminables.

Pero como el ataque es a la bandera nacional, aquí no pasa nada. Para empezar, porque la admite y la secunda en muchos casos el Partido Socialista. En Cataluña, de una manera activa, y en el País Vasco, con el silencio y la dejación. Y es que el PSOE ha abrazado el discurso de la «banderita y la pulserita», ese desprecio a la defensa de la bandera nacional y a su exhibición que era muy propio de la extrema izquierda y que ahora repiten los socialistas. Los mismos que jamás despreciarían la ikurriña y la senyera ridiculizan una y otra vez la bandera nacional. Y eso, claro está, ha hecho un daño brutal al símbolo de nuestra nación.

Y, luego, me temo que aquello del patriotismo constitucional de Habermas nos ha hecho otro buen roto. La idea de que el patriotismo debe basarse en valores constitucionales y no en la etnia está muy bien frente a los nacionalismos racistas, pero no hasta el punto de eliminar toda identidad nacional, que es lo que han hecho este concepto y sus entusiastas en España. En buena medida porque mucha gente ha aceptado e interiorizado el desprecio de los nacionalismos hacia la identidad nacional española.

El resultado es la pasividad, el silencio, la dejación ante el desprecio constante a nuestra bandera y a los símbolos de la identidad nacional. Hasta se ha popularizado llamar «estatal» a lo que es «nacional», pero ese es otro tema, y no menor. Nos hemos acostumbrado a la sumisión a las imposiciones de los nacionalismos antiespañoles. El desprecio y la burla son la normalidad.