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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

'Dubitatio'

Parece que Israel y EE.UU. tienen que esperar a que Irán borre del mapa al primero para denunciar que su enriquecimiento de uranio tenía finalidad militar, no civil. Si es así, entonces no soy de los nuestros, me digo. Y entonces recuerdo que existe San Agustín

San Agustín condena todas las guerras... solo si conllevan crueldad, ensañamiento, codicia. Sea como causa, sea como males que surgen en una guerra que comenzó justa. Mil seiscientos años después de su muerte nos observará desde la Ciudad de Dios. Lo imagino celebrando la llegada a la historia –que él contemplará como una simultaneidad inconcebible– de tecnologías y métodos concebidos para reducir el daño a los inocentes. O el propósito de evitar venganzas desproporcionadas, odio, mero afán de conquista en la guerra.

Cabe la venganza justa –qué sorpresa– ante una agresión injusta. Quienes hemos visto las peores imágenes del pogromo del 7 de octubre de 2023 no necesitamos echarle imaginación. Sabíamos la forma que adopta el mal absoluto, hijo de la razón, el genocidio industrial, la Ilustración poniendo las vías a Auschwitz (ver Adorno y Horkheimer). Ahora también conocemos la otra forma del mal absoluto: bestias llamando a sus padres para comunicarles que han matado a tantos judíos, llenando de emoción a las familias.

No tengo el menor afán de polemizar en asuntos religiosos. No es mi terreno, soy el peor de los cristianos, nadie puede aprender nada de mí. Pero enarbolo mi derecho a explicarme. Considérenlo el testimonio anecdótico de un hombre que se ha esforzado por entender el mundo y por buscar sentido. Lo encontré en el bien y en la belleza, como tantos. He comprendido en alguna ocasión que mi responsabilidad era llevar orden donde no lo había, y que esa responsabilidad era ineludible. He conocido las dichas del arte hasta extremos que son inefables. También me he gastado en causas que no lo merecían y en falsas amistades. Me ha tranquilizado mucho creer que pertenecía a una comunidad moral. Ya no lo creo.

Seguro que estoy equivocado, pero ni lo entiendo ni lo siento así. Es una mera consideración probabilística, insuficiente para borrar la desazón. No puedo conformarme y encajar sin más la séptima bofetada. Ni la sexta, ni la quinta. Ni la cuarta, ni la tercera. Siempre he creído que con la segunda se cumplía. Que poner la otra mejilla una vez era suficiente para que el agresor se avergonzara. Pero en la vida real (pensaba que la fe se refería a la vida real) hay agresores que no se avergüenzan nunca. Al contrario: pegan cada vez más fuerte, pues coligen que nunca responderás.

Sé lo que estoy dispuesto a permitir y sé dónde está el límite. Conozco lo que no permitiría ni una sola vez si no fuera mi cara la abofeteada sino la de alguien con cuyas mejillas no tengo derecho a sermonear. ¿Cómo voy a dar lecciones a los agredidos reales, no hipotéticos, a los perseguidos durante miles de años por ser lo que son? Parece que Israel y EE.UU. tienen que esperar a que Irán borre del mapa al primero para denunciar que su enriquecimiento de uranio tenía finalidad militar, no civil. Si es así, entonces no soy de los nuestros, me digo. Y entonces recuerdo que existe San Agustín.