La cumbre sanchista con lo peor de cada casa
Progresista es a progreso lo que carterista a cartera por mucho que hagan guateques populistas en la sala «Nelson Mandela»
Alguien debe empezar a decirle a la izquierda española, y la que se junta a ella en Barcelona en la cumbre sanchista con lo mejor de cada casa, que no es progresista, que ese término no solo no es privativo de los distintos partidos y líderes que se lo arrogan, sino que es incompatible con lo que hacen y defienden.
En la correcta utilización del lenguaje comienza todo, y reconocerle esa etiqueta a ese popurrí de siglas, dirigentes y adláteres es el principio de la derrota: progresista es a progreso, en su caso, lo que carterista a cartera, un oxímoron irresoluble en el que chocan lo que se dice y lo que se hace.
Nada hay menos progresista que empobrecer a una sociedad, limitar su desarrollo, asfixiarla con catecismos intervencionistas en todos los órdenes, públicos y privados, económicos y culturales, educativos y familiares; imponiendo una especie de canon castrante desde una autoridad moral autoconcedida que, con el tiempo, evoluciona hacia latitudes predemocráticas: como tenemos razón, vienen a decirse, nada debe frenarnos.
El ejemplo inmediato de toda esa bisutería ideológica, que esconde peligrosas amenazas para la democracia, es la cumbre barcelonesa, destinada a consolidar el fatuo perfil internacional de Pedro Sánchez para que, cuando sea derrotado, se presente como una víctima de una ola reaccionaria mundial y no del desprecio de los votantes españoles y genere el relato de la resistencia y el retorno.
Se creen que con juntar a una larga caterva de populistas como Sheinbaum y Petro, ponerle a las salas de conferencias nombres como «Frida Khalo», «Nelson Mandela» o «Ernest Lluch» y decir muchas veces «ultraderecha» delante de un espejo la naturaleza de sus intenciones y el producto de sus políticas es menos tenebroso.
A Sánchez, en concreto, le mide estar con China, Irán y por tanto Rusia y al lado de Hezbolá y Hamás; deberle el cargo a un terrorista como Otegi, un prófugo como Puigdemont y un golpista como Junqueras; tener a media familia y medio partido en el juzgado por corrupción; haber enriquecido al Gobierno y arruinado a los trabajadores y las empresas; alentar el guerracivilismo, la trinchera y el odio para blanquear la naturaleza de sus alianzas; destrozar el alma del Estado de derecho con el ataque endémico a la separación de poderes; gobernar sin el Parlamento y contra la ciudadanía y aceptar una investidura solo viable si a cambio ayuda a sus prestamistas a destrozar a España.
El «progresismo» es el disfraz del populismo reaccionario, de la injerencia en todos los órdenes de la vida, del fracaso contumaz parapetado en inanes lemas, de la industria vividora de un inmenso ecosistema de soldados del caudillo de turno y de la sustitución de un debate serio sobre los verdaderos problemas de cada tiempo por la imposición de una agenda paralela de mantras, mandamientos y delirios que convierten en hegemónicos asuntos triviales o minoritarios.
Progresista, en realidad, es encajar la libertad personal en el espacio público compartido, con las dosis imprescindibles de invasión política; no tratar al adversario de enemigo; cuidar las instituciones más allá de los intereses gremiales y aceptar algo tan básico como que la soberanía reside en el pueblo.
Y progresista es, también, no decir que cerca de un dictador chino, una radical mejicana y un indigenista colombiano se está en el «lado correcto de la historia» mientras se desprecia a María Corina Machado y se eleva a los altares al lobista que ayudó a reprimirla, el infame Zapatero. Sánchez tiene de progresista lo que Begoña de catedrática, Paqui la de Cerdán de filóloga y Jésica de dentista.