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Palabra de honorCarmen Cordón

La que no quiere ver, no ve

Algo así debe de ser lo que sucede con las mujeres españolas empeñadas en arrodillar su voto, su pequeña cuota de poder con pleitesía a esta ciénaga de gobierno en la que nos rebozamos cada mañana. Ya apuntaba maneras: un suegro proxeneta, amigos y ministros puteros

¿Les ha pasado alguna vez buscar algo y no verlo? Das vueltas por la casa, abres y cierras el mismo cajón con insistencia mecánica, como si en el intervalo hubiera podido cambiar algo. Levantas cojines, desplazas objetos, recorres la casa sobre tus propios pasos. No aparece. Hasta que alguien ajeno a esa obstinación ciega interviene, levanta los ojos de la pantallita, te observa con esa mezcla de indulgencia y distancia de quien no ha participado en la batalla y, sin esfuerzo alguno, abre el cajón tantas veces explorado. Y aparece. Siempre estuvo ahí. Quieto. A la vista.

Lo que falla no es la realidad. Es nuestra mirada. El cerebro es una máquina de eficiencia perfecta: máximo rendimiento con mínimo consumo; economiza, simplifica, descarta lo que considera superfluo para no colapsar y, en esa poda, elimina justo lo que estamos buscando. Hay un experimento famoso: te piden contar unos pases de balón en un vídeo. Mientras tanto, un hombre disfrazado de gorila cruza la escena tranquilamente. Más de la mitad de las personas ni lo ve. No es que no esté. Es que no entra en su mundo posible. Es que no cabe en lo que están dispuestas a mirar. Lo llaman ceguera por inatención. Yo lo llamo: el que no quiere ver, no ve.

Es una ceguera especialmente terca en el amor. Recuerdo una pareja de amigos a los que he perdido la pista. Recién casados, él blindó una «semana al año con sus amigos solteros» y, ante mi cara de alarma, mi amiga justificaba: —Carmen, lo tuyo es «apego ansioso». La gente necesita su jardín privado. Luego vinieron las tardes del club de puros. Después, los viajes a La Habana, por negocios. Y, más tarde, apareció una bebé cubana a la que mi amiga enviaba ayuda. Emocionada, mostraba fotos del progreso de la niña, hasta que le salieron unos ricitos rubios idénticos a los de su marido. Se le cayó la venda. Pero no su mundo. Porque decidió mirar hacia otro lado.

Creo que la ceguera del amor es la más humana, la más comprensible, la más desarmante. También la más peligrosa. Pasa con los hijos, sobre todo cuando entran en la adolescencia. Tu niño –el pastorcillo que tocaba orgulloso el tambor en el Belén viviente– se tuerce. Malas notas, los vecinos bajan la mirada al cruzarse contigo. Olor a tabaco –en el mejor de los casos–, sudores fríos, domingos de caras verdes. Todo apunta en una dirección. Pero no. «Mi hijo no». He visto mujeres muy inteligentes sostener certezas contra todo. El dolor es tan intenso, la decepción tan inasumible, que metabolizar a tu canalla casero –carne de tu carne– resulta insoportable: aceptar que el hijo de tus entrañas sea un ser tan ajeno a ti. El amor de madre no solo protege: también deforma. Que se lo pregunten a la madre de Ted Bundy, uno de los asesinos de mujeres más bestias del siglo veinte. Durante años lo defendió, lo sostuvo; su niño era un ángel y, mientras, Bundy usaba la compasión de muchachas ingenuas como método de caza.

Algo así debe de ser lo que sucede con las mujeres españolas empeñadas en arrodillar su voto, su pequeña cuota de poder con pleitesía a esta ciénaga de gobierno en la que nos rebozamos cada mañana. Ya apuntaba maneras: un suegro proxeneta, amigos y ministros puteros, cutre-pulseras anti maltrato que parecen compradas en el chino (seguramente se las trae con tanto viajecito al país comunista); una ley que ha facilitado la salida de más de mil delincuentes sexuales; más violaciones que nunca, en su mayoría cometidas por salvajes indocumentados que se sirven de nuestras mujeres como de un bufé libre; y una cifra de feminicidios que no deja de crecer.

Un sistema absurdo, elefantiásico y demencial que libera, tras ser detenido, al bestia que irrumpió a martillazos en su casa y, cómo no, el lunes siguiente mata a machetazos a su mujer antes de la vista. Y suma y sigue: un caso como el de «Aida», antes Joan de Olot, campando a sus anchas en el módulo de mujeres. Otro caso, el de una «Candy» sevillana, antes un maltratador, también a la cárcel de chicas. Y no olvidemos a Paco Salazar, uno de los mejores amigos y asesores del presidente Sánchez: fue protegido; el propio PSOE ocultó durante cinco meses denuncias de compañeras que relataron ante el juez cómo les decía que les iba a «meter ficha» mientras se tocaba la bragueta delante de ellas; hasta se pensó en ascenderle… y, al final, recolocarlo donde no le faltara de nada.

Y las Jessicas de «imagen» que cobran por supuestos «acompañamientos»; las mises Asturias, leyendo de trenes a cargo de filiales de Renfe (o sea, nuestros impuestos); y, mientras tanto, confirman que la muerte de los pobres 47 españoles en Adamuz pudo evitarse: la vía llevaba rota 22 horas, pero nada pitó porque habían bajado negligentemente el nivel de alarma. Y suma y sigue: la peor tasa de paro femenino de Europa… A la única mujer en España a la que le ha ido mejor es a Begoña Gómez, que, por cierto, ni siquiera comparece cuando es llamada por el juez.

En fin. Hay cegueras femeninas comprensibles –las del amor–. Hay cegueras funcionales –las que nos permiten seguir adelante y nos pierden las llaves en el cajón–. Y luego están las otras. Las miserables. Las que, teniéndolo todo delante, deciden no ver y seguir votando lo mismo, una y otra vez.

Hasta que todo salte por los aires.