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La palabra progresismo es uno de los mayores éxitos propagandísticos de la izquierda, y la incapacidad para desmontarlo, uno de los mayores fracasos de la derecha. De esto va mi nuevo libro, La batalla de las palabras para una nueva derecha, que está a punto de salir. Por motivos obvios, no he podido incluir en él un análisis del gran evento progresista montado por el PSOE este fin de semana en Barcelona: Global Progressive Mobilisation. Así, en inglés, no sé si para no molestar a los nacionalistas catalanes con el español, o para darle aires de líder global a Sánchez, o por la habitual paletada de pensar que suena más sofisticado o inteligente en inglés.

Y es una pena habérmelo perdido para mi libro, porque el gran evento no puede ser más revelador de la cara más oscura del progresismo: la autoritaria. El evento se presenta, como es habitual, con el discurso de que es una movilización para iniciar la lucha contra «la ultraderecha» y las «fuerzas reaccionarias del mundo». Pero resulta que la tal movilización progresista es más bien la movilización chino-cubana, que es la que define la relación del progresismo con la democracia y la libertad. De ahí que Sánchez se presente en Barcelona a liderar el progresismo mundial tras acordar con el presidente de China, la mayor dictadura del mundo, que ambos, socialista y comunista, coinciden en estar en «el lado correcto de la historia», y en la «defensa del derecho internacional». Es decir, que una dictadura comunista que reprime a sus ciudadanos es su socio y guía para dar fórmulas progresistas al mundo.

Y no podía faltar la otra guía para el progresismo global que es Cuba, en este caso, de la mano de la gran estrella invitada de Pedro Sánchez, que es Lula da Silva, el presidente de Brasil. Lula dio grandes lecciones morales al mundo en una entrevista en El País el jueves, dentro de las cuales incluyó una defensa de la dictadura cubana, en la que, según Lula, el problema no es la represión comunista, sino el bloqueo, a lo que añadió el gran papel como inspirador en su vida que tuvo el dictador Fidel Castro.

Y esta vena autoritaria viene de lejos, porque el socialismo jamás rechazó con claridad los totalitarismos comunistas. De ahí la satisfacción y la naturalidad con la que Sánchez se alía con la dictadura china o Lula con la dictadura cubana contra lo que la izquierda llama el imperialismo yanki. Pero lo llaman progresista y progresismo mientras califican de ultras y reaccionarios a los demócratas que les cuestionan, y todo arreglado.

Y qué decir del lado ético del evento, con sus dos estrellas marcadas por la corrupción. Sobre todo, Sánchez, el aspirante a líder progresista global, rodeado de la corrupción de su familia y de su equipo; de ahí que busque aliados como China a los que no les importe demasiado. Al menos, Lula vio anulada la condena por corrupción que le llevó a la cárcel, pero no olvidemos que se anuló por defectos procesales, no porque se probara su inocencia, y que se debía haber repetido el juicio, y no fue posible porque prescribió. En esto consiste el progresismo chino-cubano que Sánchez propone al mundo desde Barcelona.