La charla en Cofiño
«Para un diplomático, lo de Sánchez es una humillación, una vergüenza y un insulto. Una demostración del ridículo y brutal deterioro de la diplomacia española. La obligación de un buen diplomático es la de impedir, cuando el presidente es un imbécil, que lo parezca. Y en esa situación el presidente se ha convertido en un imbécil internacional»
Caviedes es un barrio de Valdáliga donde se ubica un establecimiento excepcional. El restaurante Cofiño, también bar y colmado, del que son propietarios los cinco hijos de sus fundadores. Anunciación, Mari Cruz, Beatriz, Joséyy Rubén. Tiene la mejor bodega de Cantabria, y allí trabaja toda la familia. En la temporada alta no resulta extraño que se acepten reservas para comer a las 4 de la tarde o cenar a las 11.30 de la noche. Y eso no es consecuencia de la casualidad, sino de la calidad de su cocina, de sus propietarios y de la familia entera.
Y en Cofiño, compartes el aperitivo con un jubilado local, un ganadero, un mecánico de tractores, un embajador de España o un magistrado del Tribunal Supremo. Cofiño iguala a todos y no hace distinciones. Ayer, me topé con un prestigioso diplomático, embajador de España en destinos y misiones relevantes. Un embajador con auctoritas, que lo ha sido con los Gobiernos de Aznar, Zapatero y Rajoy porque su misión era representar a España y a su Rey cumpliendo su deber de lealtad a los diferentes Gobiernos. De sus setenta años, más de cuarenta los ha vivido fuera de España. Hablamos de los grandes ingenios de la «Carrera», de aquellos diplomáticos que por decir lo que se les pasaba por la cabeza consiguieron más sanciones que ascensos, Edgar Neville y Agustín de Foxá, el Marqués de Berlanga del Duero y el Conde de Foxá respectivamente.
Edgar recibió el telegrama del Subsecretario de Asuntos Exteriores. «Me complace comunicarle que S.E el Señor Ministro le ha destinado como Primer Secretario a la Embajada de España en Tegucigalpa». Y la respuesta de Edgar. «Profundamente agradecido por la confianza del Excelentísimo Señor Ministro en mi persona. Pero ¿dónde coños queda eso?».
Foxá en Paraguay. La vicepresidenta del Gobierno, descendiente de españoles, criticaba con dureza y con el apoyo del embajador del Reino Unido la colonización de América por parte de España. Foxá, callado hasta que no pudo más. «Desengáñese, señora. En Paraguay, todo lo que no descienda de España, lleva plumas en la cabeza». Castigo y a Madrid. Y en Roma, en una recepción en la Embajada española ante el Quirinal, asistió el Conde Ciano, yerno de Mussolini. Se decía que la hija del dictador le ponía los cuernos habitualmente. Foxá bebía un whisky detrás de otro y manchaba su «smoking» con la ceniza de sus cigarrillos. Ciano, con esa impertinencia que usan los prepotentes, pasó a su lado y le comentó: «Foxá, a usted le va a matar el alcohol». Y Foxá le respondió al Conde Ciano: «Y a usted, Marcial Lalanda». Castigo y a Madrid.
Foxá, ya sin esperanzas de vida, en plena cincuentena, fue destinado a Manila. Acudió al despacho del ministro: «Ministro, si me ordenas Manila, voy a Manila, pero volveré moribundo o muerto. El calor y la humedad, en mis actuales condiciones, pueden ser devastadores». El ministro fue implacable. «Agustín, los diplomáticos somos como los militares, los misioneros o los médicos. Y vamos donde nos ordena la superioridad». Agustín de Foxá aceptó su último destino. Cuando llegó a Madrid un día de frío invierno, moribundo, pidió al conductor de la ambulancia que le llevó desde Barajas al hospital, que abriera la ventana. «Quiero sentir por última vez el frío seco, azul y maravilloso que viene del Guadarrama». Y ya había escrito su portentoso poema a su muerte, «La Melancolía del Desaparecer».
Aún surgirán mañanas luminosas,
Que bajo un cielo azul, la primavera
Indiferente a mi mansión postrera
Encarnará en la seda de las rosas.
Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
Sobre mis huesos danzará la vida,
Y que habrá nuevos cielos de escarlata,
Bañados por la luz del sol poniente,
Y noches llenas, de esa luz de plata
Que inundaba mi vieja serenata
Cuando aún cantaba Dios bajo mi frente.
Y pensar que no puedo en mi egoísmo,
Llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja.
Que he de marchar, yo sólo hacia el abismo,
Y que la luna brillará lo mismo,
Y ya no la veré desde mi caja.
Ahí en Cofiño, alguien sacó la conversación del acoso de Sánchez a Biden. Del ridículo cuchicheo de 39 segundos. Del desprecio de Biden a Sánchez. Y de la rueda de prensa del narciso inventándose lo que había tratado con Biden en aquel encuentro acoso efímero. Y todos los presentes reíamos. El embajador no compartía nuestro cachondeo.
«Para un diplomático, lo de Sánchez es una humillación, una vergüenza y un insulto. Una demostración del ridículo y brutal deterioro de la diplomacia española. La obligación de un buen diplomático es la de impedir, cuando el presidente es un imbécil, que lo parezca. Y en esa situación el presidente se ha convertido en un imbécil internacional».
Soplaba el nordeste en la terraza de Cofiño, sobre la bolera, cuando el embajador nos truncó la risa.
- Publicado en la web de Alfonso Ussía el 17 de junio de 2021