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Enrique García-Máiquez

Conejo gigante

En España ya se han salvado el lince ibérico, el lobo, el oso pardo y el águila imperial. El toro bravo, gracias al auge de la Fiesta, también goza de espléndida salud

Las hermanas que han salvado de la extinción al Oryctolagus cuniculus tenían que ser franciscanas y del Convento de San Antonio de Padua, santo que charlaba con los peces y los pájaros, y, además, en la ciudad imperial, Toledo. Este artículo viene a sumarse a la celebración nacional e internacional.

Es maravilloso y contraintuitivo que hayan sido unas monjas las hadas madrinas del conejo gigante. Contradice gozosamente el tópico de la inactividad de las contemplativas y también cualquier prejuicio de ñoñería, puritanismo o pudibundez. Para la cría de los conejos, las conejas han tenido que parir como conejas, con todos los previos y los avíos que el negociado conlleva. Pues muy bien. El catolicismo es la gran fuerza antipuritana de la historia. Tampoco es una novedad. Los cartujos crearon esa belleza del caballo andaluz y las leyes de Mendel las descubrió el monje agustino Gregor Mendel. La castidad consagrada es signo de otra fertilidad espiritual que, a veces, se manifiesta por estos signos estupendos de selección y crianza. Ya hemos brindado en otras y numerosas ocasiones por la labor de los monasterios en mor del vino, las cervezas y los licores. Y como también la vitamina C tiene su importancia, recordemos que fue don Vicente Monzó, otro sacerdote, ayudado por un escribano y por un boticario, el que dio en Valencia con el hallazgo de la naranja dulce, ese manjar.

Volviendo al conejo, gozo sobre gozo como campana sobre campana, también es estupendo que se trate de una raza (con perdón) autóctona (con perdón) española (con perdón). Don, don, don…, campana sobre campana, repicando a los que se pican por todo. En España ya se han salvado el lince ibérico, el lobo, el oso pardo y el águila imperial. El toro bravo, gracias al auge de la Fiesta, también goza de espléndida salud. Malos tiempos para los lamentos monetizados del ecologismo profesional. El conservacionismo le está ganando la partida.

Nietzsche, que iba a otro rollo, prescribió: «Si algo se está cayendo, empujadlo». En alemán suena todavía peor: «Was fällt, das soll man auch noch stoßen». Conservadores y conservacionistas, valga la metonimia, dicen: «Si algo se está cayendo, sostenedlo», que es justamente lo que han hecho sor Consuelo Peset y Maricarmen Pleite Orozco con el espléndido Oryctolagus cuniculus. Conejo del tamaño de un corderito que la hermana sostiene con tanto vigor como ternura en unas fotos que han dado la vuelta al mundo.

El bien que habrá hecho esa foto es inconmensurable. Las hermanas son, según su carisma, un signo muy franciscano de la piedad de Dios. El gran Jacques-Benigne Bossuet había constatado que «lo propio de la misericordia es conservar». Alguien tan intelectualizado como Jorge Luis Borges lo tenía claro: «Los teólogos no ignoran que, si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi mano derecha que escribe, esta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Por eso afirman que la conservación de este mundo es una perpetua creación y que los verbos conservar y crear, tan enemistados aquí, son sinónimos en el Cielo». El conservacionismo encarna esa característica divina. Las hermanas, sin tantas inquisiciones, nos han traído un trocito a cuenta del conejo.

Se habla de la agenda verde (y se gasta mucho), pero al Oryctolagus cuniculus lo han salvado unas cuantas hermanas franciscanas. Me parece un gran ejemplo de que, más allá de los discursos, tenemos que poner manos a la obra a nuestro alrededor con cariño y paciencia. Chesterton dijo que, cuando se muriese, podría mirar sin bochorno a los grandes reyes antiguos, porque había salvado del olvido algunas costumbres inglesas. ¿Qué hábitos, qué obras de arte, qué objetos cotidianos, qué oraciones, qué paisajes, qué criaturas estamos ayudando nosotros a salvar del olvido o de la desaparición? Las monjas del Convento de San Antonio de Padua, de Toledo, podrán mirar a los reyes antiguos de España y, sobre todo, al Rey de reyes y al Creador del mundo –lo que incluye a los conejos gigantes– con una dulce sonrisa de satisfacción.