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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Carmen Romero y el conflicto de intereses

Espero que el advenimiento de Carmen Romero a la sanchosfera no tenga que ver más con llevar la contraria a Felipe, con el que no ha terminado muy bien, que por un repentino enamoramiento político de quien ha dilapidado todo el legado socialista del padre de sus hijos

Carmen Romero, primera esposa de Felipe González, le ha dicho a El País que «la derecha utiliza a Felipe González y a Alfonso Guerra». Está en su derecho la también expolítica andaluza –que terminó presentándose a unas elecciones– de pensar lo que le plazca. Solo faltaría. Creo, además, que Romero fue siempre una señora discreta, digna de respeto, que no se valió de su cercanía al poder para conseguir medrar en negocios privados. Tan escrupulosa se mostró con su papel institucional que, aun pudiendo ejercer de profesora durante el mandato de su marido, tuvo el detalle de pedir una excedencia mientras vivió en Moncloa. Dice que para dedicarse a la traducción y la crítica de libros. Una elegante manera de explicar que la delgada línea entre lo privado y lo público podía haberla metido en más de un lío. Así, siguió el ejemplo de Amparo Illana y Pilar Ibáñez, esposas respectivas de Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo-Sotelo. Y a ella le siguieron otras damas que también supieron ser prudentes como Ana Botella –finalmente alcaldesa de Madrid–, Sonsoles Espinosa y Elvira Fernández hasta llegar a la peor cónyuge presidencial que hemos tenido, a tono con el obsceno ejercicio del poder que ejerce su marido.

De hecho, cuando se le interpela por si los consortes deben o no dedicarse a la actividad privada, Carmen reconoce que «hay que evitar el conflicto de intereses». Esa es la clave. La mujer del primer presidente socialista no incurrió en ello y evitó dar pábulo a que alguien pudiera culparle de instrumentalizar su influencia para su provecho. Su propia experiencia habla de que tan claro no tendría continuar con su labor profesional, sabedora de que los dos terrenos –el laboral y el institucional– podrían cruzarse peligrosamente en algún momento de los catorce años que vivió en la sede de la Presidencia de Gobierno.

Luego, la exmujer de González transita por territorios controvertidos durante la entrevista. Pensar que el que fuera su esposo y su vicepresidente, Alfonso Guerra, son dos imberbes muchachos, carne de manipulación por parte del PP, es intentar degradarlos injustamente. Sería tanto como sospechar que ella está siendo instrumentalizada por el PSOE y la candidatura de María Jesús Montero –a quien presentó en público- para atacar a Juanma Moreno. Eso sí, que alguien como ella, que ha saboreado las mieles del poder, hable del capitalismo depredador es desternillante. O que critique la oposición que se hace al Gobierno de Sánchez, calificándola de campaña personal, como si no encontrara razón alguna para censurar que haya acabado con el partido que dirigió su expareja, es incomprensible. Que figuras como Romero, que se llaman progresistas, defiendan que hay que compensar a los acusados de los ERE por el daño que se les ha hecho no dice mucho de su compromiso con los que más lo necesitan: por ejemplo, los parados de Andalucía a los que la Junta que presidieron Chaves y Griñán robó 679 millones de euros –aunque había más que no se pudo acreditar.

Ya la habíamos visto a las puertas de Ferraz, cuando Sánchez se retiró cinco días para reflexionar sobre la imputación a Begoña Gómez, desde donde pidió al Sumo Líder de esa Moncloa que ella tanto conoce que no abandonara a las ovejas atribuladas del socialismo durante esos días de afligidos ejercicios espirituales. Junto a Paca Sauquillo, Carmen enarbolaba una bandera roja de apoyo a la pareja del presidente, su sucesora Begoña. Le preguntaron entonces por su presencia en la manifestación de solidaridad con el presidente enamorado y dijo que tanto él como Begoña eran «unos valientes» y que los animaba «a dar la batalla». No aclaró si se refería a su arrojo altruista por quedarse en la Presidencia, cuando a ambos les sobran los méritos académicos para ocupar cualquier cátedra de pensamiento en Oxford, o a su acreditada vocación de sacrificio por los demás al disfrutar del Falcon para acudir a sus conciertos preferidos, o a ese acendrado espíritu de contención que derrochan cuando disfrutan de La Mareta o Las Marismillas.

La presencia de la maestra ya retirada seguro que reconfortó al presidente atribulado por el acoso y la persecución del facherío. Mientras que Felipe González ha entrado ya por méritos propios en la fachosfera y vive dentro del muro del fascio que Pedro ha construido con sus progres manos, la que fuera su cónyuge circula ya con todos los títulos por el paraíso socialista, donde habitan los felices españoles que han sabido elegir bando, donde el pleno empleo es una realidad, el abrazo entre catalanes y el resto de españoles una feliz conquista, donde fiscales como Conde-Pumpido y Teresa Peramato imparten justicia feminista y reformista, esa arcadia donde los delincuentes institucionales son amnistiados y a los etarras se les entrega el bolígrafo para escribir nuestra memoria democrática, que cambian por el estilete con el que grababan en las lápidas su propia historia. Espero que el advenimiento de Carmen Romero a la sanchosfera no tenga que ver más con llevar la contraria a Felipe, con el que no ha terminado muy bien, que por un repentino enamoramiento político de quien ha dilapidado todo el legado socialista del padre de sus hijos. Tengo para mí que aquí hay una dosis considerable de venganza conyugal.