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A vuelta de páginaFrancisco Rosell

Sánchez anticipa la derrota «en acto de servicio» de Montero

Si ella está predestinada a morir, lo hará en todo caso en acto de servicio al «hombre más valiente que conozco, y sé de lo que hablo», como dijo de Sánchez en un mitin norcoreano en Córdoba, donde no tuvo ni una palabra de recuerdo para los fallecidos de la catástrofe ferroviaria de Adamuz

A diferencia del poema satírico de Horacio sobre la montaña que parió un ratón, el presidente Sánchez anda procurando que los roedores causantes del hantavirus en el errante crucero holandés MV Hondius le permitan engendrar una gigantesca montaña que tape sus corrupciones y atropellos como escenificó ayer -a saber a qué precio- con Tedros Adhanom, director general de la OMS, cuya credibilidad quedó tocada del ala desde que avaló las mentiras del comunismo chino sobre el origen del COVID. En una encrucijada complicada política y judicialmente, 'Noverdad' Sánchez pretende albergar en el vientre de la montaña que edifica su particular cueva de Alí Babá y sus 40 ladrones.

A la par, sin esperar siquiera a que se computen los sufragios de las elecciones andaluzas de este domingo, Sánchez parece descontar por anticipado –como en la Bolsa– la hecatombe de la candidata socialista, María Jesús Montero, a cuyo funeral no asistirá como habitúa a hacer el César con sus morituri. No importa que hayan sido su vicepresidenta como Montero o su exportavoz como Alegría, caída en los comicios aragoneses de febrero dentro de un ciclo electoral que se está saldando con una sucesión de naufragios socialistas.

En efecto, antes de que los andaluces marquen el designio de una candidata a la que conocen bien por partida doble -como consejera de Hacienda de los ERE que dejó prescribir la devolución de lo saqueado y de Sanidad con su nefando bagaje, así como ministra de un Fisco convertido en gestoría de favores por sus colaboradores, amén de 'mandamal' de la SEPI con rescates judicializados como Plus Ultra o con desamortizaciones de bienes valiosos en favor de manos mostrencas, Sánchez anuncia con mes y medio de antelación la celebración de un comité federal para que, sin dar tiempo a reflexionar sobre lo que acontezca en Andalucía como colofón de los batacazos extremeño, castellano-leonés y aragonés, fijar el calendario para escoger a los pretendientes a las autonómicas y municipales del 2027.

Aunque Sánchez, como bromeó Woody Allen de sí mismo, no haya formado parte de ningún equipo de rugby por culpa de su estatura, sí que recurre nuevamente a una de esas «patada a seguir» de la que se vale el jugador en posesión del balón cuando va a ser placado. Como no puede ser tocado si se desprende del «melón», propina a la pelota ovalada un fuerte puntapié hacia delante a ras de césped para que oscile alocadamente propiciando un golpe franco. Mucho más cuando el granero socialista sureño se ha ido vaciando en este ochenio sanchista desde aquel diciembre de 2018 que puso fin a 36 años de gobiernos ininterrumpidos hasta esta otra de 2026. De hecho, el PSOE ha deambulado de los 66 escaños de Rafael Escuredo en mayo de 1982 a los 30 de Juan Espadas en junio de 2022.

Bajo esa premisa, Sánchez no quiere ni en pintura que le abran melones ni siquiera cuando su dedazo ha impuesto a presidenciables extraídas de su Consejo de Ministros. Aun así, nadie en su partido le pedirá explicación alguna al haberlo ahormado a su imagen y semejanza con él autoerigido en elector único. A este respecto, no caben rebeliones como en el Reino Unido tras el fiasco laborista en las elecciones locales donde casi 80 diputados y algunos ministros han recabado la dimisión del primer ministro Starmer. O como cuando los tories defenestraron a Boris Johnson por el escándalo del partygate a cuenta de sus fiestas –reuniones pías en contraposición con las juergas socialistas de los Ábalos y titos Berni con prostitutas a cargo del erario– con Gran Bretaña confinada por el coronavirus. Pero en España no se asumen responsabilidades políticas y se abolen, por el contrario, las penales si el interfecto es de la cuerda del Gobierno o de sus socios.

Largándole una patada al balón, Sánchez evita «verdades incómodas» y sitúa el «melón» en el campo de los barones para que allá se las avíen en las elecciones en lontananza, aunque el maestro del pensamiento liberal Isaiah Berlin ya avisó sobre el peligro que se contrae. «Felices –anotó– los que viven bajo una disciplina que aceptan sin hacer preguntas, los que obedecen espontáneamente las órdenes de sus dirigentes cuya palabra admiten sin vacilación, porque ello les proporcionará satisfacción, pero no la comprensión de lo que es el ser humano». Sánchez, en definitiva, desea una dirigencia, no entregada porque ya disfruta de ese placer, sino rendida y humillada para que nadie levante cabeza y mucho menos promueva alguna vendetta que le pague con su misma moneda.

Siendo la peor valorada de todos los concurrentes a las urnas meridionales, «Chiqui qué más da», con ese aliado de la corrupción que es el expresidente Zapatero como «talismán» de campaña, de igual manera que los imputados Ábalos y Cerdán eran «mi tronco» y «el mejor secretario de Organización de la historia, llega más chamuscada que el palo de un churrero. No ya por poner la mano en el fuego por «estos señores de los que usted me habla y yo no conozco», sino abrasada por sus propios gatuperios.

Tras ser la candidata a palos de Sánchez, lo fía todo a que su jefe de filas la rescate habiendo retenido para ello su acta de diputada en Cortes. No para preservar su bata de doctora que no es –pertenece en realidad al «Grupo Técnico de Función Administrativa del Estatuto de Personal No Sanitario»–, como tampoco lo sería Sánchez de no haber plagiado su tesis de la mano del equipo del exministro zapaterista Miguel Sebastián, sino para no consumirse como jefa de la oposición de Juanma Moreno o morirse de asco como senadora cual Susana Díaz o Juan Espadas.

No es destino para una privilegiada del régimen socialista andaluz que produjo el pasmo de aquel compañero de orla que, al toparse con Montero en los pasillos del hospital e inquirirle si estaba allí para cursar también el MIR, le soltó con su desparpajo característico: «No, yo soy tu jefa». Así lo fue por merced de Chaves, su padrino político, junto a Griñán. Al fin y al cabo, si ella está predestinada a morir, lo hará en todo caso en acto de servicio al «hombre más valiente que conozco, y sé de lo que hablo», como dijo de Sánchez en un mitin norcoreano en Córdoba, donde no tuvo ni una palabra de recuerdo para los fallecidos de la catástrofe ferroviaria de Adamuz, y no de «accidente laboral» como esos dos ejemplares guardias civiles que yacen muertos tras su persecución a una narcolancha. Sólo por ese desprecio tan vil hacia estos dos servidores públicos ya deshonra el escaño que ocupará en el antiguo Hospital de las Cinco Llagas.