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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Echar a Sánchez

La derecha arrasa al PSOE y a toda la extrema izquierda, da igual con qué reparto de escaños entre PP y VOX, condenados a entenderse

Pedro Sánchez nunca tuvo que ser presidente en 2023, cuando perdió en las urnas pero se compró la investidura a cambio de malvender España a sus enemigos, y no puede seguir siéndolo tras la debacle de Andalucía, del mismo corte que las previas en Extremadura, Aragón y Castilla.

Ya pueden los masajistas de Sánchez vender la idea de que todo lo que no sea una mayoría absoluta del PP es un éxito del PSOE que la realidad no cambia: la derecha tiene en torno al 60 % del voto, y subiendo, mientras que los socialistas son la triste y pequeña cabeza de un ratón desmembrado en una sopa de siglas distintas según el territorio.

No es una novedad, sino la confirmación de la regla de Sánchez: con la excepción de las Generales de 2019 y de las catalanas, su partido no ha dejado de ser apalizado en las urnas, de manera contundente, reiterada y cruel: ha perdido en las generales de 2015, 2016 y 2023; en las europeas, en las autonómicas y municipales y en las regionales anticipadas u ordinarias en aquellas comunidades con un estatuto que lo permite.

Sánchez solo ha sido presidente con una moción de censura espuria, que interpuso a sabiendas de que solo la lograría a cambio de indultos y amnistías; o con un cambalache mafioso con el separatismo, arrendándole la Moncloa a cambio de ayudarles a culminar los planes que antes provocaron la fuga o la cárcel de sus cabecillas. Solo en 2019 ganó en las urnas y se ganó el derecho a presidir el Gobierno, aunque hasta en ese caso sigue siendo una infamia que aceptara aumentar el pago a unos aliados que, en realidad, son sus secuestradores.

Esa es la imagen, y el trampantojo de que «frenar a la ultraderecha» legitima prescindir de las urnas y echarse en brazos de Iglesias, Otegi, Puigdemont, Junqueras y los discípulos de Sabino Arana no cuela: el problema de España está en la izquierda radical, para empezar, y llevar hasta el final la idea de que el PP no puede pactar con VOX, el PSOE no tiene que entenderse con el PP y el PSOE sí puede pactar con quien sea equivale, en la práctica, a impedir la alternancia, que es de lo que se trata.

Llegados a este punto, si a ese desierto electoral endémico se le añade el colapso institucional, derivado precisamente del origen y la naturaleza de unas alianzas solo activas para el saqueo, y la debacle judicial, el cuadro final es desolador.

Porque España no puede tener por presidente a un rehén de quienes quieren acabar con la Constitución, que no puede aprobar Presupuestos, que tiene a medio partido y media familia en el juzgado o entre rejas y que sobrevive de mala manera atacando al Estado de derecho, ignorando las instituciones, maleando las reglas del juego, agrediendo a la separación de poderes y enfrentando como nadie a la sociedad.

El sistema no previó un caso como el de Sánchez, que contradice la costumbre moral de no forzar la maquinaria a cualquier precio y pisotea el espíritu presente en las leyes, y eso le permite a un narcisista sin principios subsistir en cualquier circunstancia y, claro, intentar lo que haga falta para seguir sin aceptar la realidad.

La debilidad de origen es, a la vez, el síntoma del peligro que encarna un antisistema sin líneas rojas ante el cual ni siquiera la democracia ha sido suficiente antídoto. Cualquier persona normal dimitiría hoy mismo. Sánchez redoblará su apuesta kamikaze. Y la oposición deberá encontrar la manera de traducir el inmenso desprecio que suscita el personaje en el combustible democrático inmediato para desalojarle, con dos tareas pendientes para PP y Vox.

El primero, aceptar que puede y debe entenderse con el segundo, evitando que los socialistas sigan convirtiend sus catástrofes en un éxito porque su gran rival no logra mayorías absolutas casi imposibles; el segundo, demostrando que desalojar al sátrapa es más importante que arañar más o menos escaños a su socio potencial. Entre los dos arrasan, lo demás no importa.

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