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Columnata abiertaJosé Manuel Barquero

De qué hablamos cuando hablamos de una cruz

La semana pasada, un chaval francés de 18 años ha subido al Aneto cargando con una cruz de treinta y cinco kilos. Insisto en que no me parece necesario ser cristiano para comprender la potencia de esa imagen: un joven ascendiendo por un glaciar con una cruz de madera a sus espaldas

Soy un modesto aficionado a la montaña. Entre mis pequeños logros, se encuentra haber abrazado las ocho vírgenes que coronan, o casi coronan, cimas de los Alpes que superan los cuatro mil metros de altitud. Cada una representa una historia para mí. A la Madonna del Gran Paradiso, la única montaña de más de cuatro mil metros ubicada íntegramente en Italia, llegué al límite, aterido de frío, y aquel abrazo me transmitió algo de calor para la bajada. La de la Punta Giordani, en el macizo del Monte Rosa, es minúscula. No alcanza un metro desde el zócalo en el que se apoya. La he visitado dos veces, y en la segunda recé allí por la persona que más quiero del mundo, que estaba sufriendo mucho.

No hace falta ser católico para sentir algo al acercarse a esas figuras. Mi favorita es la virgen plantada en la cumbre del Diente del Gigante, en la frontera entre Francia e Italia, construida con un hierro de un grosor extraordinario. En la cabeza, la Madonna luce un agujero del tamaño de un puño. Lo causó un rayo que recuerda a los alpinistas, creyentes o no, el poder devastador de una tormenta eléctrica a esas alturas. La Punta Zumstein, el Pollux, el Corno Nero, la Punta Gnifetti, la Lenspitze… ¿A qué mente enferma se le ocurriría escalar una de estas montañas para decapitar una imagen de la madre de Jesús? Pensábamos que esa locura habitaba a miles de kilómetros, en tierras de talibanes, pero no. Resulta que vive entre nosotros.

Además de esas ocho estatuas de la Virgen, en los cuatromiles de los Alpes hay veintiuna cruces de cima. En los Dolomitas, hay treinta cruces en montañas de más de tres mil metros, y sesenta y ocho por encima de los dos mil. Pero han tenido que ser unos tarados en España los que subieran al Aneto el mes pasado con una radial para cortar su cruz recién restaurada y despeñarla montaña abajo.

No es la primera vez en la Historia que las cruces molestan, también en las montañas. Por ejemplo, el «misticismo» nazi intentó reemplazar las cruces de las cumbres por espadas. Después, entre 1933 y 1945, llegaron los primeros actos de vandalismo, cuando las cruces fueron sustituidas por esvásticas. Quizá este antecedente ayude a comprender la dimensión de la salvajada perpetrada en la montaña más alta del Pirineo.

Porque una cruz en una cima es algo más que un símbolo religioso. He visto a mi lado a personas que no habían pisado una iglesia en treinta años, llorar abrazadas a la cruz que corona el Cervino. Supongo que, para ellas, esa cruz no representaba el sacrificio de Cristo por todos nosotros, sino su propio sacrificio, o un sueño, o el esfuerzo por llegar hasta allí, o el miedo a morir que nos acompaña a los alpinistas por cualquiera de las vías que ascienden esa hermosa mole, que es aún más peligrosa en el descenso. Qué tendrá que ver eso con creer o no en Dios.

Hablamos de cultura, de historia y, sobre todo, de respeto. Una vez subí una montaña de más de siete mil metros, sin oxígeno embotellado, y en la cima no había nada. Sólo me pude abrazar al sherpa que me acompañaba, porque estábamos solos. No soy budista, pero si hubiera encontrado allí arriba unas banderas de colores con plegarias tibetanas, lo último que se me hubiera ocurrido es sacar la navaja.

Es cierto que existe un debate sobre la proliferación de signos antrópicos en las montañas, que se extiende incluso a la instalación de elementos de seguridad para reducir el número de accidentes en la montaña. Lo curioso es comprobar cómo algunos de los más puristas en la defensa de un espacio público intacto, neutral, son los mismos que antes nos plantaban lazos amarillos en las playas. O, ahora, banderas LGTBI y palestinas en las fachadas de edificios públicos.

Pero no todo está perdido. Porque a grandes males, grandes remedios. La semana pasada, un chaval francés de 18 años ha subido al Aneto cargando con una cruz de treinta y cinco kilos. Insisto en que no me parece necesario ser cristiano para comprender la potencia de esa imagen: un joven ascendiendo por un glaciar con una cruz de madera a sus espaldas. Hoy, millones de ciudadanos de nuestro país recorren cada día en sus vidas su particular Vía Crucis. Muchos de ellos no van a misa, pero no sienten la pulsión de cortar cruces, ni demoler templos.

Alex Txikón es un himalayista profesional especializado en expediciones invernales a las cumbres más altas de la Tierra. Una vez, le preguntaron si en las situaciones más comprometidas que ha vivido, llegó a rezar. Y Txikón, que es agnóstico y ha estado cerca de morir allí donde cuesta tanto respirar, contestó: «en la montaña, todo ayuda».