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Estelas de condensación

Estelas de condensaciónPaul Geelen

Un estudio desmonta una de las grandes certezas sobre las estelas de los aviones y su efecto climático

La mayoría de las estelas persistentes se forman dentro de nubes cirros ya existentes, donde su efecto climático puede ser ambiguo y hasta llegar a enfriar la atmósfera

Las estelas blancas que dejan los aviones en el cielo llevan años generando polémica entre los ciudadanos y los propios científicos. Existe una teoría de la conspiración que sostiene que estas líneas blancas son agentes químicos o biológicos rociados deliberadamente por los gobiernos con fines ocultos, algo que, naturalmente, no es cierto. La comunidad científica, por su parte, las investiga por las consecuencias que pueden tener sobre el clima.

Más allá de su apariencia cotidiana, estas líneas de condensación –conocidas también como «contrails»– tienen un impacto sobre el clima que, según numerosos estudios, podría ser comparable o incluso superior al de algunas emisiones directas de CO₂ de la aviación. Sin embargo, una nueva investigación publicada en Nature y basada en siete años de mediciones atmosféricas realizadas por aviones comerciales introduce un matiz importante: gran parte de esas estelas se forman en zonas donde ya existen nubes cirros naturales, lo que cambia sustancialmente su efecto radiativo sobre el planeta.

El trabajo, elaborado a partir de datos obtenidos por aeronaves instrumentadas del programa internacional IAGOS, analizó millones de kilómetros de vuelos sobre las principales rutas aéreas del hemisferio norte y el sudeste asiático. Los investigadores concluyen que entre el 87 % y el 90 % de las condiciones favorables para la formación de estelas persistentes en latitudes medias coinciden con regiones ya cubiertas por nubes cirros visibles o subvisibles.

El hallazgo cuestiona una idea asumida hasta ahora: que las estelas de condensación provocan siempre un calentamiento adicional importante. En realidad, el efecto depende del entorno atmosférico donde aparecen.

Cuando las estelas se generan en cielos despejados, sí tienden a atrapar calor y aumentar el calentamiento global. Pero si se forman dentro de nubes cirros ya existentes y ópticamente densas, el efecto puede ser mucho menor e incluso invertirse hacia un ligero enfriamiento.

Las estelas se forman cuando los gases calientes y húmedos emitidos por los motores de los aviones se mezclan con aire muy frío y húmedo de la alta troposfera. Si las condiciones son adecuadas, esas trazas pueden persistir durante horas y evolucionar hasta convertirse en nubes similares a los cirros naturales.

Hasta ahora, gran parte de los modelos climáticos asumían que estas formaciones añadían una capa extra de retención de calor en la atmósfera. El nuevo estudio matiza esa visión al diferenciar cinco escenarios distintos de formación de estelas. Los investigadores clasifican como casos de mayor calentamiento aquellos en los que las estelas aparecen en cielos despejados o en cirros muy finos y subvisibles. En cambio, cuando las estelas se incrustan dentro de nubes densas ya existentes, el incremento del efecto invernadero es pequeño o incierto.

Según los datos recogidos, las condiciones más favorables para generar un calentamiento neto representan menos del 15 % de los casos observados en las rutas aéreas de latitudes medias del hemisferio norte. En el sudeste asiático, prácticamente no se detectaron.

El papel de las nubes cirros

Uno de los aspectos más relevantes del estudio es la importancia que adquieren las nubes cirros preexistentes. Estas nubes altas, compuestas por cristales de hielo, cubren con frecuencia las altitudes de crucero de la aviación comercial.

La investigación muestra que los vuelos sobre regiones subtropicales, como el sudeste asiático, atraviesan capas atmosféricas más cálidas y alejadas de la tropopausa, donde las condiciones para formar estelas persistentes son mucho menos frecuentes. En las latitudes medias, sin embargo, los aviones vuelan cerca de capas frías y húmedas donde los cirros naturales son habituales. Eso explica por qué las estelas persistentes aparecen mucho más en esas regiones.

Los científicos también observaron diferencias importantes entre los distintos tipos de cirros. Los cirros subvisibles, muy finos y difíciles de detectar, parecen asociados a un calentamiento más intenso cuando interactúan con las estelas. Los cirros densos, en cambio, podrían limitar ese efecto.

Consecuencias para la aviación

Los resultados tienen implicaciones directas para las estrategias que buscan reducir el impacto climático de los vuelos. En los últimos años, varias propuestas planteaban modificar rutas aéreas para evitar zonas atmosféricas favorables a la formación de estelas persistentes.

Sin embargo, los autores advierten ahora de que no basta con identificar áreas sobresaturadas de humedad o bajas temperaturas. También es necesario tener en cuenta la presencia y densidad de nubes cirros.

La conclusión es clara: desviar vuelos para evitar estelas podría no ser eficaz si no se considera el contexto nuboso donde se producen. De hecho, en determinadas circunstancias, una estela dentro de un cirro denso podría tener un impacto climático muy reducido.

Aunque todavía persisten incertidumbres sobre el comportamiento exacto de estas formaciones, el estudio aporta una visión más precisa de un fenómeno atmosférico complejo y refuerza la idea de que el impacto climático de la aviación no depende únicamente de las emisiones de carbono, sino también de cómo interactúan los aviones con las nubes de la alta atmósfera.

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