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A vuelta de páginaFrancisco Rosell

Una moción de censura que son gachas a deshora

Pero es que, además, una moción de censura a estas alturas –salvo para evitar que Sánchez cebe el gasto clientelar y adultere el proceso electoral modificando el censo con decisiones discrecionales– son gachas a deshora porque estas cobran sentido antes de que se cumpla la mitad de la legislatura, no en su recta final

Cuando un jefe de Gobierno como Sánchez, con sus dos exsecretarios de Organización imputados, con su fiscal general inhabilitado por tratar de anular a un rival del presidente, con su hermano en el banquillo y su mujer rumbo del mismo, aparece señalado en un sumario como inductor de una guerra sucia contra jueces, fiscales, guardias civiles y periodistas, lo que no procede en un jefe de la oposición es avivar el espantajo de una moción de censura inviable, desaconsejable y extemporánea. Menos cuando ese presidente respalda en público a uno de esos cuatreros dándole una palmadita de reconocimiento al entrar el lunes en el comité federal tras azuzar la víspera a los cachorros socialistas con un explícito «¡a por ellos!».

En ese brete, se corre el serio riesgo de que, por querer retratar a los socios de Sánchez, acabe por retratarse él. Es justo lo que puede acaecer con la reposición de una película ya vista hace un año y que, por reestrenarla, no iba a tener otro desenlace. Al rasgarse las vestiduras con la corrupción endémica de aquel al que designaron presidente sin ganar en las urnas y al que apremian con la boca pequeña la convocatoria de comicios, sus protagonistas –PNV y Junts– sólo nadan y guardan la ropa para alcanzar la orilla en las municipales y generales de la primavera/verano de 2027 sanos y salvos.

Nada que ver con darle la vuelta a la moción Frankenstein de 2018 que no se obró por higiene democrática contra la carcoma del PP de Rajoy, sino para operar la demolición del régimen constitucional y la fractura de la nación. No en vano, estas fuerzas soberanistas viven de lo mal que le vaya a España importándoles una higa una podredumbre de la que son remunerados cómplices.

Por eso, sin aguardar a que el PNV hiciera mutis o que Junts emplazara a Feijóo a peregrinar a Waterloo para granjearse al prófugo Puigdemont «si tiene algo serio que explicar», la tentativa para activar la llamada a las urnas ha quedado en fugaz serpiente de verano. Al margen del deseo de Feijóo de colocar a estos dos partidos ante el espejo de sus contradicciones y de su descarado oportunismo, el jefe de filas del PP debiera intuir –más ahora que se acerca a las plazas de toros– que «lo que no pué sé no pué sé y ademá es imposible», como manifestó el califa Rafael Guerra, «Guerrita», con quienes tienen aún pagos adeudados de Sánchez que éste sólo podrá saldar manejando el BOE y el erario.

Asimismo, un gallego como Feijóo debiera saber al dedillo cuándo está de llover o no. Como aquel párroco onubense que, en una sequía de padre y muy señor mío, hubo de refrenar las exigencias de la feligresía de Beas para sacar en andas a la patrona. Al cabo de unas semanas, harto de requisitorias, este cura con fama de trabucaire tiró la teja y dio su brazo a torcer. Eso sí, a fin de que nadie se llevara a engaño ni ello derivara en porfías de fe, apostilló como el que remacha un clavo torcido: «Si queréis sacar a la Virgen, sacadla; allá vosotros, pero que sepáis que el tiempo no está pá llover. Luego no me vengáis con leches».

Amén de su inviabilidad, esta moción de censura es también desaconsejable al restar atención al golpe contra el Estado de derecho que ha revelado el «Pedraz(o)» judicial del demoledor auto del magistrado Santiago Pedraz sobre las cloacas socialistas que comprometen a Sánchez y sirve en bandeja a PNV y Junts una excusa para que no le dejen caer con la pamema de que, con Feijóo, no pueden a parte alguna. A nadie escapa que estos impostores del «pero es que» son como los teros que, «para esconder sus niditos:/ en un lao pegan los gritos/y en otro tienen los güevos».

En su reclamo huero, persiguen incrementar la prima de asistencia a un inquilino de La Moncloa en shock al que se le amontonan los encausados a las puertas del despacho como sacos terreros. Si bien Feijóo declaró el lunes en El Programa de Ana Rosa que no pretendía que la moción distrajera el foco sobre la corrupción del «presidente con más casos en 48 años», las cosas, en política, son como parecen, y eso que hasta Felipe González le previno que se olvidara del «lío de la moción» centrando el foco en las pesquisas judiciales. Metiéndose un gol en propia meta por quitarse presión con este arma de doble filo, a Feijóo le ha ocurrido lo que aquel guardameta del Millonarios colombiano de Alfredo Di Stéfano antes de fichar por el Real Madrid, al que le llegó un balón que iba claramente fuera y que al que le pegó con sus puños introduciéndolo en su portería. Ante la pifia, la Saeta Rubia le espetó: «¡Ochaita, las que salgan no te las metas!».

Aun en la hipótesis de que PNV y Junts se hubieran prestado a la moción de censura, Feijóo cargaría sus alas de plomo si lo que, en verdad, le impulsa a arribar a La Moncloa es derogar el sanchismo para restablecer un Estado de derecho al que Sáncheztein aboca al despeñadero. ¡Cómo será la cosa que hasta el Consejo del Poder Judicial quebró ayer su ominoso silencio para criticar unánime como el Ejecutivo «debilita los cimientos de la democracia» ciscándose contra los jueces!

Únase a ello que la moción de censura que los padres de la Constitución quisieron que fuera constructiva emulando la Carta alemana para soslayar la inestabilidad de la II República, se traduce en la práctica en el que el examinado es el examinador. De esta guisa, si Feijóo tirara para adelante sin votos para que prosperara, su testimonialismo reforzaría a Sánchez reportándole una moción de confianza sin plantearla y sellando las fisuras en la nave de los locos de la «Alianza Frankenstein». Excepto la de Sánchez –por lo antedicho–, las mociones de censura han sido un fracaso, ya fuera más decoroso como la socialista de González o esperpéntica como la popular de Antonio Hernández Mancha debido al sabotaje interno. La primera se refrendó el chasco con una posterior moción de confianza de Suárez, cuya caída se debió a sus endémicas disensiones y al golpismo militar, y en la de Mancha ni eso.

Pero es que, además, una moción de censura a estas alturas –salvo para evitar que Sánchez cebe el gasto clientelar y adultere el proceso electoral modificando el censo con decisiones discrecionales– son gachas a deshora porque estas cobran sentido antes de que se cumpla la mitad de la legislatura, no en su recta final. Así, fue con González, Mancha y Sánchez, así como los simulacros de Podemos y de Vox. Como argüía Churchill, en política, el tiempo es más importante incluso que en gramática.

Pero, ante su imposibilidad, inconveniencia y extemporaneidad, hay quienes –en una extraña componenda a su diestra y siniestra– se empeñan en cegar a Feijóo argumentando que, aunque sea una batalla perdida, debe afrontarla por razones morales al vítor de ¡Anda valiente, suicídate! Ansían que se conduzca como el célebre alcalde de Tarazona. Cuando el sacristán que guiaba la procesión se encontró con una tapia ordenando recular para no darse de bruces contra la medianera, el terco corregidor que cerraba la marcha le cortó en seco de un alarido: «¡Tarazona no recula, aunque lo mande la bula!».