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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

El espíritu de Ronnie Cornwell

Algunos estafadores son tan contumazmente inmorales que su defecto se confunde con su propia vida, la inunda por completo y mancha las de alrededor

Act. 04 jun. 2026 - 13:34

No concibo placeres mucho mayores que en una tarde de lluvia encerrarse a leer una novela de John Le Carré mirando las olas desde una ventana. Mi problema particular es que voy por la segunda vuelta, porque las mejores ya las he degustado todas. Para algunos, Le Carré es un gran maestro de las historias de espías. Otros pensamos que simplemente se trata de uno de los mejores escritores de la segunda mitad del siglo XX.

Nacido como David John Moore Cornwell, adoptó su seudónimo literario debido a que cuando comenzó a publicar, en 1960, trabajaba como espía para el MI6 en Bonn y el Foreign Office no permitía compatibilizar ambas artes. En 1964 dejó el servicio secreto, asqueado por la traición de Kim Philby con los rusos, y pasó a vivir de su pluma. Antes había tenido una infancia horrible –su madre abandonó el hogar cuando tenía cinco años y su padre era un estafador– y había recibido una formación de patricio en Oxford. Además, durante dos años impartió clases en Eton, el colegio de súper élite que es forja de príncipes y primeros ministros.

Leyendo a Le Carré se disfruta de la originalidad con que va montando el gran puzle de sus intrigas, de su oído para el lenguaje de las intrigas del establishment en despachos y cenadores, de su romanticismo de falsa fachada recia, de su aprecio sentimental por la derrota honrosa, de su barniz de sal irónica. También sabe crear grandes personajes, como el admirable George Smiley, gafudo, achaparrado y cornudo, con apariencia de tortuga somnolienta, pero dotado de una inteligencia chispeante y una conciencia recta que lo convierten en el más formidable de los espías.

Sin embargo, la cualidad que distingue a Le Carré de otros autores del género y lo eleva sobre ellos es el calado moral de sus novelas, que son siempre una lucha entre el bien y el mal, donde el escritor, escondiendo su moralina tras muchos meandros de aparente cinismo, siempre deja al final su moraleja a favor de lo honorable.

El pulso moral de Le Carré imagino que supone una respuesta literaria a su odioso/encantador padre, Ronald Thomas Archibald Cornwell, muerto con 69 años en 1975. En su tarjeta rezaba «empresario», pero su auténtico oficio era el de timador. Ronnie, que así lo llamaba todo el mundo, fue definido por su hijo escritor como «estafador, fabulador y ocasionalmente preso». Poseía un encanto magnético y sonriente, pero la balanza de su conciencia carecía de fiel. «No veía ninguna paradoja entre estar entre los más buscados por fraude y pasearse por las carreras de Ascot con un sombrero de copa en el recinto reservado a los propietarios», recordaba su hijo.

Jugador, amigo del lujo, mujeriego y liante, Ronnie se pasó su vida dando sablazos y recaló varias veces en las hospederías del Estado. Y no solo en Inglaterra. Su hijo recibió llamadas intempestivas, incluso de cárceles de Zurich y Jakarta para que le pagase la fianza y poder salir. Sin embargo, su aparente encanto podía mantenerse intacto. Sin una libra en el bolsillo y cargado de deudas hasta la coronilla, si se presentaba en el Savoy Grill, donde solía homenajear Churchill a su Gobierno, el jefe de camareros lo saludaba encantado y lo conducía a una buena mesa.

Le Carré acabó asqueado de su padre y sus estafas, hasta el extremo de que pagó su funeral -Ronnie debía hasta la camisa-, pero se negó a acudir. El progenitor llegó hasta a vender armas de la RDA al Congo, haciendo negocios con la Stasi mientras su hijo ejercía de espía occidental en Bonn. En otra ocasión, cuando le llegó la hora de pagar la factura tras días de vida padre en un hotel en St. Moritz, Ronnie engatusó al director explicándole que era el responsable de un consorcio que estaba estudiando la compra del establecimiento. Y logró escaquearse de la minuta. De viaje en Bruselas, se hizo pasar una vez por su propio hijo escritor para tirarle los tejos a una bella que lo había encandilado.

Para la gente era «muy divertido, un verdadero encanto». Para los más allegados se trataba de un problemático criminal incurable. Marcó la vida de su hijo, al que generaba un sentimiento contradictorio de «compasión e indignación». Ronnie simplemente no tenía solución. La suya era una naturaleza desarreglada. Carecía de moral y ni siquiera se molestaba en buscar el linde entre el bien y el mal.

Ves al One dándose pote en el decadente Círculo de Economía de Barcelona, en la misma hora en que sale a chorro toda su mugre del sumario de Leire, en la misma mañana en que Balas establece en el juzgado de Badajoz el clarísimo enchufe de su hermano, en la misma jornada en que descubrimos que el DAO de la Guardia Civil ordenaba a sus subordinados tapar la roña familiar del tipo… y te acuerdas del viejo Ronnie Cornwell. Algunas personas no tienen solución y corrompen todo lo que tocan. Es su naturaleza.

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