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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

El hombre, la máquina y Dios

Secuestrada por los escándalos, nuestra política vive ajena al gran cambió de nuestro tiempo, pero existen pensadores y faros morales que sí lo abordan

Los escándalos de lo que denominamos «el sanchismo» generan un problema de coste de oportunidad. El emponzoñado coctel de corrupción, alianza con el separatismo y tics autocráticos monopoliza nuestra vida pública, excluyendo asuntos de hondísimo calado, que deberían ocupar la mente de los políticos y sus estrategias. El mundo vive la Cuarta Revolución Industrial, la de la IA, la robótica y la automatización, que decidirá qué países y sociedades ganan o pierden el futuro. Sin embargo, aquí nos vemos obligados a centrar el debate en las chorizadas de Ábalos y Zapatero, en los enchufes de la mujer y el hermanísimo y en la cenagosa guerra sucia del PSOE para tapar las vergüenzas del presidente.

Por fortuna en Europa queda gente que piensa, muy consciente de que estamos inmersos en una revolución tecnológica que zarandea nuestras vidas, querámoslo o no. Este mes han visto la luz dos documentos esclarecedores, que cada a su nivel se ocupan de este desafío. Uno es un largo ensayo de Tony Blair contra una política vacua que actúa a la caza del voto antes de pararse a pensar para qué lo quiere. El otro es la encíclica Magnifica Humanitas, la primera de León XIV, que invita a «vivir este cambio de época a la luz del Evangelio».

A diferencia de nuestra ramplona clase política, León XIV, que está a punto de llegar a España, sí es consciente de abrumador cambio al que nos enfrentamos. Su primera encíclica diserta sobre «la custodia de la persona humana en el tiempo de la IA». El Papa nos consuela y nos eleva al recordarnos que «ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea, genera un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien».

No me voy a poner estupendo. Reconozco que leer un documento pontificio no es tan fácil como sentarse a ver una serie, o digerir un artículo efectista de bajas calorías. Enfrentarse a una encíclica de un Papa requiere un esfuerzo de concentración, porque quien nos habla no es solo el vicario de Cristo en la tierra, sino también un erudito que aborda asuntos de enjundia intelectual. El agustino estadounidense Robert Francis Prevost, de 70 años, ha combinado su acción pastoral a pie de barrio en Perú con una formación muy robusta (licenciado en Matemáticas y Teología y doctor en Derecho Canónico). Aunque fortuna se muestra como uno de esos sabios que saben que la claridad es la cortesía de la inteligencia. Su texto resulta asequible sin perder hondura.

La encíclica supone una oportuna alerta sobre el creciente desmadre de la IA, desarrollada por enormes empresas a las que parece como si el genio se les estuviese escapado de la lámpara. El Papa propone límites desde la doctrina social de la Iglesia. Es decir, situando por delante la inalienable dignidad de las personas, porque al ser todos «hijos del Dios trinitario» el resultado es que «no hay un momento de la condición humana que no sea digno de Dios».

En unos tiempos de soberbia futurista, en que algunos fabulan con un transhumanismo de súper seres humanos potenciados por encima del común, León XIV nos recuerda que la dignidad de la persona «no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla». Por eso «el valor de la persona no depende de lo que realiza o produce; existen derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser personas».

Ahora que el Papa va a ser cínicamente lisonjeado por unos gobernantes enfrascados en una terrible subcultura de la muerte, que festejan como «derechos conquistados» las barbaridades del aborto y la eutanasia, resulta relevante una clara advertencia de León XIV: «El primer derecho humano es el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, sin el cual es imposible ejercitar cualquier otro derecho. Cuando este derecho fundamental es negado —como sucede con el aborto provocado, el asesinato de inocentes y la eutanasia— nos encontramos frente a decisiones que la Iglesia juzga gravemente».

El Papa defiende también «la dignidad del trabajador», su derecho «a una remuneración suficiente y a la posibilidad efectiva de participar en la vida social». En lo que atañe a la IA, aboga por que sus beneficios lleguen a todos y que se desarrollen unas «reglas compartidas sobre el uso de las tecnologías digitales que protejan a los civiles y los más vulnerables». También nos invita a «no resignarnos» ante procesos tecnológicos que «limitan nuestra libertad y responsabilidad».

Son buenas palabras, que me temo se verán desbordadas por el egoísmo arrogante y avaricioso de los titanes del sector, pero que suponen un importante aldabonazo por venir de quien vienen. Lo mismo sucede cuando el Papa hace su sentidísimo llamamiento a la paz y nos pide que «no nos cansemos de orar por ella». O cuando en tiempos de tanta política exaltada aboga por «la misericordia como criterio de acción política».

Reconozco que me esperaba una lúgubre advertencia, un poco apocalíptica, sobre los riesgos de la IA. Sin embargo, la encíclica está bañada de luz, porque en medio de un mundo en cambio postula «una civilización del amor» y aspira a «testimoniar la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios».

El lema de la visita de León XIV a España es «alzad la mirada». Y es lo que debería quedar como poso, más allá de los reconfortantes llenazos y las encantadoras anécdotas que se van a producir. Somos hijos de Dios, y eso no hay algoritmo que lo cambie.

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