Por qué el 'caso cloacas' no es la 'kitchen' del PSOE
Santiago Pedraz describe en su auto una mecánica criminal que perseguía desestabilizar las instituciones democráticas, destrozar la separación de poderes y eliminar el control policial y judicial sobre hechos que afectan al presidente del Gobierno, a su familia y a otros cargos del ejecutivo y del PSOE
Los lectores de más edad aficionados al fútbol recordarán en qué consistía la técnica del «manguerazo». Se aplicaba especialmente en los campos del norte de España. Horas antes de iniciarse el encuentro, se procedía a regar con generosidad el terreno de juego. Como en los años ochenta no existían los modernos sistemas de drenaje, el césped era incapaz de absorber tanta agua y se convertía en un enorme barrizal. En esas condiciones, todos los jugadores parecían igual de malos.
Afortunadamente, la técnica del «manguerazo» se prohibió hace años. El riego está regulado para evitar lesiones en los futbolistas y garantizar la limpieza del juego. Al parecer, lo que ha sido posible ordenar en el ámbito del fútbol profesional, no lo ha sido en el mundo de la política y el periodismo. Aquí se permite conectar los aspersores las veinticuatro horas del día para que todos parezcan igual de malos.
La Operación Kitchen es un caso muy grave que tiene sentados en el banquillo de la Audiencia Nacional a un exministro de Interior, a un exsecretario de Estado de Seguridad y a varios exagentes. En resumen, se emplearon fondos públicos en un operativo parapolicial que pretendía destruir pruebas en poder de Luis Bárcenas que incriminaban a miembros del Partido Popular. El asunto fue una auténtica vergüenza que, al final, tuvo consecuencias políticas. En breve, conoceremos las penales.
Hace dos semanas, un auto impecable del juez Pedraz desmenuzó el funcionamiento de las cloacas del PSOE. Al día siguiente se activaron todos los aspersores mediáticos sanchistas para inundar el terreno del debate público. Como la pelota no puede correr sobre el fango, así todos los actores parecen igual de malos y la gravedad de las patadas es la misma. De esta manera, se concluye que el montaje protagonizado por la inefable Leire Díez es una suerte de «súper kitchen», un salto cuantitativo sobre lo que sucedió en 2013 cuando Mariano Rajoy era presidente del Gobierno. Esta interpretación es un burdo manguerazo que, sorprendentemente, ha terminado empapando también el análisis de periodistas que llevan tiempo denunciando la corrupción desbocada del sanchismo.
En primer lugar, las cloacas del PSOE se organizaron, no para destruir pruebas, sino para destruir reputaciones. Las andanzas de la fontanera no se limitaron a hacer desaparecer correos, audios o whatsapps comprometedores, sino que trataron de amedrentar a jueces, fiscales y funcionarios de la Seguridad del Estado. No se trataba de eliminar una agenda manuscrita, sino de fabricar pruebas falsas para arruinar carreras profesionales. Esta es una diferencia cualitativa, no cuantitativa.
Comprar a un testigo es un delito. Tratar de colocar en la conversación pública un video sexual de un fiscal anticorrupción, es una maniobra de extorsión que adquiere una dimensión muy distinta. La Kitchen, con toda su gravedad, se centró en los papeles de Bárcenas. Las cloacas de Leire diseñaron desde Ferraz un plan de obstrucción sistemática a la Justicia. No se trataba de reventar un caso, sino de bloquear cualquier investigación que afectara a miembros del PSOE, o a sus familiares.
Los correveidiles de Moncloa, manguera en mano, tratan de comparar los casos como si sólo fuera una cuestión de tamaño. He llegado a escuchar en una tertulia que el montaje de Leire Díez, simplemente, era «más ambicioso» que el del PP. «Son todos iguales, pero el PSOE la tiene más grande», vienen a decir. Es un análisis falaz, como si dijéramos que una pierna es más larga que un dedo. En realidad, hablamos de dos miembros distintos.
Santiago Pedraz describe en su auto una mecánica criminal que perseguía desestabilizar las instituciones democráticas, destrozar la separación de poderes y eliminar el control policial y judicial sobre hechos que afectan al presidente del Gobierno, a su familia y a otros cargos del ejecutivo y del PSOE. Esto va mucho más allá de destruir un ordenador a martillazos.
Por último, la implicación directa de Santos Cerdán en la trama supone otra diferencia cualitativa. Ya no sólo se trataría de proteger al One, sino de desprestigiar a la UCO para protegerse a sí mismo de la investigación que conocimos unos meses más tarde. Las finanzas del PSOE, controladas por el propio Cerdán, puestas al servicio particular de un presunto delincuente investigado por la Audiencia Nacional.
Todos sucios. Así acaban los veintidós jugadores que se enfrentan en un campo de fútbol embarrado. Una vez, hace años, vi cómo se suspendía un partido, no por el estado del terreno de juego, sino porque el arbitro y los espectadores ya no podían distinguir las camisetas de ambos equipos. Esta es la estrategia desesperada de una parte de la galaxia mediática de izquierdas. Convendría que un periodismo preocupado por la salud de la democracia en España, más que por la salud de un partido político, no se dejara arrastrar a ese lodazal.