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Hay ocasiones en que la incoherencia alcanza la indecencia, y es el caso con el escándalo Zapatero. Lo han recordado algunos estos días: he aquí que aquellos que persiguieron con saña a Francisco Camps y a Rita Barberá son los mismos que ahora justifican a Zapatero y todos sus oscuros negocios y millonarios regalos.

Seguí ambos casos con mucha atención y participé en numerosas tertulias de radio y televisión donde exaltados opinadores se rasgaban las vestiduras por lo que consideraban gravísimos casos de corrupción. Hubo un periódico que se hizo famoso por el número de portadas que le dedicó a Camps, como si aquello fuera poco menos que el Watergate. Yo acabé contando las portadas, tal era mi asombro ante el impresionante despliegue dedicado a Camps. Luego, años más tarde, me puse a contar las veces que algunos líderes y medios pronuncian la palabra ultraderecha, pero ese es otro tema.

Arcadi Espada escribió en 2018 un libro sobre ese tratamiento del caso Camps, «Un buen tío», que tenía un subtítulo muy pertinente: «Cómo el populismo y la posverdad liquidan a los hombres». Espada también contó las portadas de El País: fueron nada más y nada menos que ¡169! Hasta yo me asombré del número, y eso que intentaba contarlas. En todas ellas, Camps era retratado como una especie de peligro público y culpable de terribles actos, lo que hacía concluir a los opinadores cosas como que «el PP es el partido más corrupto de Europa». Y la furia no fue menor con Rita Barberá, retratada por los anteriores como una especie de indeseable corrupta.

Quizá Arcadi Espada podría escribir una segunda parte de su libro comparando lo que decían esos opinadores de Camps y Barberá y lo que dicen ahora de Zapatero. O de Ábalos, o Cerdán, o de Pedro Sánchez. Camps fue absuelto, y el caso de Barberá quedó en nada, lamentablemente, después de fallecer ella de un ataque en mitad de aquella ola de acoso contra su persona. Pero lo lacerante de esta comparación es el contenido de aquellos casos y del caso Zapatero. Porque, a Camps, la Fiscalía le acusó de recibir como regalos unos trajes valorados en 13.000 euros, mientras que la acusación contra Rita Barberá ascendía a la asombrosa y escandalosa cifra de 1.000 euros. Y no 1.000 euros para ella, sino 1.000 euros entregados a su partido en una supuesta financiación irregular.

Pero los mismos que se agitaban enfervorizados contra Camps y Barberá son los que encuentran todo tipo de justificaciones para Zapatero y sus joyas tasadas en 1.300.000 euros y que pueden alcanzar el doble en el mercado. Primero, repitieron la mentira de la herencia familiar, luego, la del supuesto valor de 30.000 euros, es decir, una minucia sin importancia, no como los trajes de Camps. Y ahora también están dispuestos a entender y aprobar que sean un generoso y simpático regalo de no sé qué rey. «Moncloa respira», dijeron las fuentes gubernamentales, tras la declaración de Zapatero ante el juez, como si la conservación del pasaporte fuera una absolución. Y el medio de las 169 portadas de Camps lo fotografió saludando al público cual líder de masas, con un teatral «Confiad en mí». Pues bien, siendo coherentes con las cifras juzgadas, a Zapatero le corresponderían 16.900 portadas, pero, eso sí, un poco más desagradables.