'¡Volare, oh-oh!'
¿Alguien puede explicar por qué una ciudadana sin estatuto específico puede hacer uso 'privado' de un avión oficial a su solo arbitrio o al de su esposo? ¿Alguien puede entender que esa privada ciudadana disponga del privilegio –que ni aun el presidente tiene– de no dejar en el registro oficial huella de sus lugares de destino
Volare… Domenico Modugno cantaba aquello. Cuyo título original era Nel blu, dipinto di blu, «En el azur pintado de azul». Aunque todos lo conocieran por su incitación inicial: Volare, «volar». Era en los años cincuenta, lo recuerdo. ¿Existían ya los burdeles de la familia Gómez? Vaya usted a saber. Lo ignoro. La hija de Sabiniano no existía aún. Eso seguro. ¿Animaba las noches de los serrallos familiares la alegre canción de Modugno, tan popular en aquel final de los cincuenta? Es verosímil.
Muchas cosas han cambiado desde entonces. También para la familia Gómez. Ahora en el cielo, pintado en azul celeste o no –lo ignoro–, de esa Moncloa desde la cual indetectables aviones presidenciales surcan poéticamente el cielo, ése sí dipinto di blu, que contemplan los profundos amantes. La cancioncilla sigue intacta. Puede que aún continúe sonando en el hilo musical de algún que otro proxeneta. Esos oldies siempre funcionan bien para las cosas afectivas, por llamarlas de algún modo. Volare… Aviones presidenciales que no dejan registro. El paraíso celeste, con destino al paraíso terráqueo. Y en las islas, aún más paradisíacos paraísos fiscales.
Amor, amor, amor… Y el presidente del gobierno tomándose cinco días de vacaciones por culpa de la conmoción que le causaron magistrados maléficos que se habían atrevido a imputarle delitos a su nívea esposa. «¡Que les corten la cabeza!», hubiera proclamado la reina de corazones en la Alicia de Lewis Carroll! ¡Que sobornen o chantajeen a los jueces!, fue el encargo recibido por la archivera general de deyecciones Leire Díez. Amor, amor, amor…, ¿dónde quedó ahora aquel cielo «pintado de azul» de los años felices en pisos financiados por gozosas paternas saunas venales? Cuando éramos «felices de estar allá en lo alto». No es grato decaer de la cumbre a este infierno que nos van anunciando ciertos heraldos negros apellidados jueces.
Hay países con estatuto conyugal para los gobernantes. Eso hace, por ejemplo, que el –o la– cónyuge de un presidente francés posea gabinete propio y privilegios que la ley tasa y tipifica. Todo lo que queda dentro es legal. Lo de fuera, delito. La esposa del presidente Chirac experimentó lo desagradable que era salirse de la cuadrícula. Y, al final, a su esposo, sólo un terrible Alzheimer lo libró del presidio. Aquí todo está hundido en la niebla. La ausencia de ley sirve sólo a los poderosos. Siempre. No tipificar el estatuto del cónyuge presidencial es poner en sus manos toda la impunidad que ninguna ley contemplaría.
Moncloa reconoce el uso frecuente del avión oficial por parte de Begoña Gómez, esposa del presidente Pedro Sánchez. No facilita información sobre esos vuelos en Falcon militar, porque, dice, no fueron «vuelos oficiales». Es decir, fueron vuelos privados. ¿Alguien puede explicar por qué una ciudadana sin estatuto específico puede hacer uso «privado» de un avión oficial a su solo arbitrio o al de su esposo? ¿Alguien puede entender que esa privada ciudadana disponga del privilegio –que ni aun el presidente tiene– de no dejar en el registro oficial huella alguna de sus lugares de destino ni de la identidad de sus acompañantes y su carga? Decir que todo es turbio, se queda muy corto. Es bastante verosímil que los jueces lo llamen de otra manera.
Volare…, sí, volar, ¡qué bien! ¿Hacia dónde? ¿Con quién? ¿Con qué? De Delcy, al menos, sabemos que volaba con una envidiable carga de maletas bajo secreto diplomático. Y tal vez Ábalos conozca qué es lo que había en ellas. Nunca se sabe lo que puede acabar contando alguien como Ábalos.
Volare hizo universalmente popular a Modugno. Y eso podría hacer olvidar lo importante. Lo importante fue tres años antes. Cuando el «Viejo frac» lo trocó en leyenda. Vecchio frac es la historia de un suicidio. En el Tíber, que arrastra hacia el mar una corbata de pajarita en seda azul, una chistera, una gardenia que cayó del ojal de un frac… Adieu! «¡Adiós!» Y el vuelo se cierra en naufragio. En el Tíber o en Moncloa. Señorial o cochambroso.