¡Mirad!¡Un negro!
La España de quienes en Keyne, el hermano de Yamal, somos, vemos un niño divertidísimo, y no alguien de una raza concreta al que usar para distraer argumentos y demonizar al conciudadano
Nada hace más por la convivencia en diversidad que tener hijos, sobre todo si compiten en un equipo deportivo de cierto nivel. Ayer andábamos limpiando tapices de gimnasia rítmica padres de todo tipo que tenemos una sola cosa en común: a la niña le ha dado por entrenar catorce horas a la semana. Eso puede unir tanto o más que creer en el mismo Dios o en un mismo líder político, que ya es decir.
Lo bueno de ser padre es que, por lo general, te otorga un superpoder que, ingenua de mí, pensaba que era una capacidad universal: la de ver en un niño a un niño y sólo más que un niño. Parece redundante, tautológico, pero no lo es. Quien ha vivido y convivido de cerca con esos locos bajitos (de forma especial quienes lo hemos hecho cuando se despiertan cada dos horas berreando) sabe que con ellos el único particularismo que cabe es el de «mi niño» frente al de los demás. Es decir, mi niño es el niño, the one and only, el más mejor, el único (aunque tenga ocho hermanos). Más allá de eso, no hay bebés españoles, chinos o polinesios. Cualquier mamá sabría manejarse con un pequeñajo de dos años, las instrucciones de uso son básicamente las mismas (y las particularidades van por criaturas, no por razas o nacionalidades, quien tuvo más de un bebé lo sabe). Obvio, ¿no? Pues no.
El pasado jueves andábamos muchos expectantes delante del televisor, viendo a la selección española jugar contra Austria. Marca Oyarzábal y regocijo general, que se multiplicó por diez al posarse la cámara en un chiquitín –ataviado con la camiseta de España– que celebraba apretando fuerte puños y cejas en un gesto que gritaba a todas claras: ¡vamos! Cuando son tan pequeñitos, cualquier expresión de este estilo resulta cómica y tierna al mismo tiempo, al margen del contexto. Tengo una foto de mi hijo con año y medio en actitud similar; no ante el gol del equipo de su hermano en un mundial de fútbol sino ante el plato de paella que le acaban de colocar delante.
Ahora bien, el niño en cuestión no era cualquier niño; era Keyne, el hermano por parte de madre de Lamine Yamal. El lector no habrá necesitado conocer la identidad del enano para sonreír ante la escena, entiendo. No quita ni añade nada saber de quién es hermano ni qué aspecto tiene. Los niños resultan tiernos y graciosos en cualquier idioma. Excepto si eres progre y tienes la cabeza llena de mugre y de política. Ahí no, ahí ya te montas historias en la cabeza. Y no sólo te las montas, no. ¡Además nos das la turra con ellas!
¿Y quién sacaría tajada política ante un chiquitico de tres años? Alguien envenenado de ideología y que, por supuesto, no tenga descendencia, diríase. Error. Error respecto de lo segundo, digo. A Ione Belarra –secundada o quizá inspirada por fans anónimos– le faltó tiempo para elevar la anécdota a idea política disgregadora que utilizó para un discursito que, posteriormente, subió a Twitter y que merece ser reproducido palabra por palabra:
«Quería preguntaros por qué la imagen de un niño de tres años ha dado la vuelta al mundo».
Ésta es fácil, nos la sabemos, profe: ¡porque los niños de tres años son una monada!
Error. «Es porque los niños negros sólo salen en la televisión porque han muerto en una patera o porque han sido bombardeados en su país». Vaya, cualquiera pensaría que, además de porque es muy cuqui, a Keyne lo enfocaron por ser hermano de uno de los protagonistas del campo de fútbol.
«¡Qué bonito y cómo me gusta ver la imagen de un niño de tres años negro en televisión dando la vuelta al mundo, celebrando un gol y celebrando los éxitos de su hermano, que también es negro!» ¿Se han enterado ya de que el hermano de Lamine Yamal es negro? Si no, ya se lo decimos Ione y yo: ¡es negro! Por lo menos no emplea la cursilada esa «es de color» (a la que siempre cabe responder: «¿de color… negro?») Por cierto, Yamal, a diferencia de su hermano, es mitad marroquí mitad guineano, pero para Ione los africanos son como los gatos: de noche, todos pardos.
Y, donde todos sin distinción de sexo, raza, religión u orientación sexual nos habíamos enternecido, la señora Belarra saca un motivo para la división y ese odio que tanto dicen combatir:
«Ese país, esa España, es nuestra España. Y yo estoy convencida al 100% de que somos muchos más que ellos. Me gusta mucho más la España de Lamine Yamal y su hermano que la España del PP y VOX que están dibujando en Andalucía».
Y, por una vez, y sin que sirva de precedente, apoyo parte de sus palabras. Porque apoyo la España en la que una fascista como yo pasa el aspirador de los tapices de gimnasia junto a gente que habrá votado a Bildu o al PSOE. La España de quienes en Keyne, el hermano de Yamal, somos, vemos un niño divertidísimo, y no alguien de una raza concreta al que usar para distraer argumentos y demonizar al conciudadano. Como Ione, me gusta mucho más esta España que presupongo que la que ella trata de trazar. Una España que, ante un niño, sólo ve, ¡oh, cielos!, un niño.