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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

La última del clan Le Pen

En la política española hubiera dado risa. El truco consistía en que una parte del dinero que los asistentes lepenianos recibían en el Parlamento Europeo iba a parar a las arcas del partido. Ni siquiera se apreciaba enriquecimiento personal de nadie; sólo financiación fraudulenta

Antes que el partido político, hubo el clan. Front National («Frente Nacional»), Rassemblement National («Agrupación Nacional»)…, poco importa. Importa el apellido Le Pen. Eso se vota. La Familia permanece; lo demás es accesorio.

El patriarca, Jean-Marie Le Pen, había inventado el Frente Nacional en 1972, tras previo y decepcionante paso por el grupo de añorantes de Pétain que acaudillaba Jean-Louis Tixier Vignancourt. Sus resultados iniciales fueron más hilarantes que fallidos: su FN alcanza el estupefaciente logro de 1,3 % en las legislativas de 1973. Y, bien que mal, renquea en todas las siguientes. Hasta que, en 1983, todo da el vuelco. El presidente socialista François Mitterrand concibe la estrategia que hará pasar al FN, de partido marginal, a potencia política de primer orden. Su primer ministro Bérégovoy lo formula como un genial hallazgo presidencial: si conseguimos impulsar lo suficiente al FN, entonces la derecha democrática francesa será inelegible y nosotros indestronables.

Para estupor general, los medios de comunicación del Estado –la entonces todopoderosa televisión pública, en particular– son, a partir de 1983, puestos por los socialistas franceses al servicio del líder de la extrema derecha francesa. En abril de 2002, sucede lo impensable: Jean-Marie Le Pen accede a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Es su vértice biográfico. También el inicio de su declive. En el clan toman nota: el viejo líder ha tocado techo. Y, en la penumbra, la familia serpentea. Marine venía siendo la candidata favorita del patriarca para heredar su mando. Tiene prisa. La patanería deslenguada del padre tuvo su momento de gloria. Cada vez más, se trocaba en un lastre. Sus burradas antisemitas empezaban a resultar demasiado cargantes. Marine decapitó al padre. Limpiamente. El padre trató de ejecutar a la hija. Fracasó. La nieta del patriarca y sobrina de la heredera, Marion, demasiado joven, demasiado moderna, tal vez demasiado brillante, fue centrifugada en el curso de la partida.

El FN empezaba a ser otra cosa. Marine no era precisamente premio Nobel. Pero no desbarraba con la grosera campechanía de su padre. Ya era mucho. Sus dos enfrentamientos presidenciales con Macron mostraron lo que todos sabían: que la inteligencia de la candidata era –digámoslo bondadosamente– muy mejorable. En los debates televisivos fue despedazada sin que su interlocutor tuviera que mover mucho más que un meñique. Pero Marine no carece de oficio. Entendió la lección. Cambió el nombre y la simbología que la ligaban a los rancios delirios paternos. Disolvió el FN. Fundó el RN. Y aguardó lo inexorable, lo que todas las encuestas daban por seguro: una «victoria Le Pen» en la presidenciales de 2027. Con Macron legalmente impedido para volver a ser candidato. Con un partido socialista reducido a ceniza. Con un candidato izquierdista más a gusto en un manicomio que en un palacio presidencial… Y, sobre todo, con un electorado propio en ascenso continuo.

Y entonces sucedió lo del fraude de los asistentes parlamentarios. En la política española hubiera dado risa. El truco consistía en que una parte del dinero que los asistentes lepenianos recibían en el parlamento europeo iba a parar a las arcas del partido. Ni siquiera se apreciaba enriquecimiento personal de nadie; sólo financiación fraudulenta. Una nimiedad, si lo comparamos con lo que hacen nuestros políticos. Por aquí, se financia irregularmente al partido, por supuesto. Desde siempre. Pero, de paso, no hay político que juegue a eso y no se lleve a casa su fajo de billetes, o su lote de joyas, o su barril de petróleo. Lo curioso es que, en la legislación francesa, a esos pecadillos de nada se les da importancia. Quedarse con el dinero de los ciudadanos se ve feo. Así de raros que son ellos.

La condena de Marine Le Pen se sabía inevitable. Como lo fue la de Nicolas Sarkozy por delitos homólogos. Pero no era lo peor la cárcel. Lo que de verdad ponía en jaque a la República Francesa era una pena accesoria, ligada a tal condena: la inelegibilidad para cargo público. Es, de por sí, una pena infamante, ésa que proclama a alguien indigno de representar a sus conciudadanos. Pero, esta vez, era mucho más. Porque caía sobre la casi segura ganadora de unas presidenciales de las que, por tan anómala vía, pasaba a ser excluida. La sociedad francesa experimentó un embarazoso cortocircuito: la igualdad ante la ley exigía borrar de las elecciones a la candidata favorita de la mayoría. No había salida limpia.

Ayer, la última instancia judicial dictó una sentencia pragmática. Y tal vez no satisfactoria para nadie. Le Pen ve ratificada su sentencia. El tiempo de inelegibilidad se reduce lo bastante como para permitirle presentarse a las presidenciales… Eso sí, con el brazalete de control que se impone al condenado en prisión domiciliaria. Esto es: los jueces no le impiden ser candidata. La división de poderes queda a salvo. Sólo que ella se había ya anticipado a declarar que nunca aceptaría hacer campaña portando un brazalete de presa con permiso. Queda por ver qué es lo que de verdad sucede ahora. No es una situación simpática.

Mientras tanto, la Quinta República sigue pudriéndose. Y la última del clan Le Pen medita.

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