'Fachapobres'
Más razones para que crezca el número de «fachapobres»: saber que tu gobierno, en caso de que un sultán decida mandarte decenas de miles de personas para violar tu integridad territorial, a lo más que llegará es a hacer desaparecer el problema debajo de una sombrilla en Lanzarote
La izquierda actual se ha hecho invotable para el obrero, para esos 'fachapobres' que, según los mariachis de Sánchez, son los miembros de la clase trabajadora que votan a la derecha. Los insultan aquellos que, mirando las encuestas, se sienten en peligro personal de extinción –a la cabeza, Juan Gabriel Rufián. Extinción personal, he aquí lo que les importa. Pero lo verdaderamente contradictorio no es que las clases más desfavorecidas elijan –como desahogo o refugio a su frustración– a partidos con los que antes no compartían ideas, sino que la izquierda acomodada que no ha hecho otra cosa que empobrecer al obrero, hablar en TikTok desde destinos de lujo de redistribución de riqueza, o sustituir la búsqueda del pan de los que no tienen pan por la melopea identitaria, haya perdido el favor de millones de almas, hartas de su cinismo.
La izquierda se encargó de vender que su ideología estaba ligada a la defensa de los trabajadores y de los barrios periféricos. Aun aceptando ese pulpo como animal de compañía, que ya es aceptar, lo evidente es que ese autotitulado «progresismo» ha desplazado su atención hacia otros colectivos, normalmente minorías que imponen una nueva religión laica para cultivar su hedonismo y superchería, desatendiendo las preocupaciones de aquellos a los que decían representar, que no son otras cosas que las que nos dan de comer: el precio de los alimentos, los servicios básicos y el encarecimiento de la vivienda; e, ítem más, el derecho a las libertades y la censura al abuso. Y cuando esos ciudadanos desesperados y sin horizonte expresan su disposición a optar por el PP o por Vox, la misma izquierda que los ha empobrecido los humilla. Y eso que saben muy bien que son hijos de la desigualdad promovida por el sanchismo.
Como fichas de dominó cada vez son más los ciudadanos europeos que están echando de sus gobiernos a la izquierda sectaria y pija que, en España, todavía campa a sus anchas, especialmente por sus mansiones canarias. Los últimos en caerse del guindo han sido los socialdemócratas daneses que, en una cuestión nuclear como la de la inmigración, han decidido plantarle cara a la demagogia y dejar de usar la chatarra dialéctica barata de la acogida universal de extranjeros. Así que la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, que lleva siete años en el poder, ha formado una extraña pareja con su colega italiana, Giorgia Meloni, referente de la derecha europea. Ambas han tomado la medida a Sánchez y coinciden en defender la tolerancia cero frente a la inmigración irregular. Es decir, piden algo de perogrullo: la política migratoria ha de ser rigurosa porque lo contrario lleva al desastre. Ceuta, aunque con especificidades propias por la naturaleza del régimen marroquí, es un ejemplo palmario. Lo más curioso es que la dirigente danesa es la que de verdad está protegiendo el Estado del bienestar y los servicios públicos, proclamas con las que se le llena la boca a nuestro Pedro, para hacer luego justamente lo contrario.
En Roma y Copenhague saben ya que si hay una certeza clara tras la arremetida marroquí y la incesante llegada de inmigrantes a las costas europeas es que los países de la UE hemos perdido el control de nuestras fronteras, al albur de unos tiranozuelos. El Gobierno de España puede enquistar el problema, pero lo que está sucediéndonos es un asunto global, que va a marcar nuestra vida por generaciones. Esto de Ceuta, además de la constatación de que España no tiene a nadie al mando del país, no es una crisis migratoria, sino que ha degenerado en una crisis general que derriba los viejos y mentirosos mitos de la izquierda: el buenismo progre de las banderas arcoíris y el flower power del acogimiento universal y el cinismo argumental de las devoluciones inmediatas.
Asistimos a una evidencia que nos coloca ante el espejo de la cruda realidad. Y en esa realidad está, desde luego, una emergencia sanitaria, el Estado casi fallido y el riesgo de explosión social, pese a que este gobierno sostenga el relato de la inmigración sin control. Hay que elegir. Y es evidente que para preservar la cohesión de la sociedad hay que garantizar la seguridad de los ciudadanos, como defienden dos mujeres en Dinamarca e Italia. Justo lo contrario de lo que está sucediendo con los ceutíes. Es curioso que los mismos que se echan las manos a la cabeza por la externalización de la inmigración, decretada por Italia, para concentrar fuera de las fronteras europeas a los ilegales, no les molesta que Ceuta se convierta en una nueva Albania. Y Ceuta sí es Europa.
Más razones para que crezca el número de «fachapobres»: saber que tu gobierno, en caso de que un sultán decida mandarte decenas de miles de personas para violar tu integridad territorial, a lo más que llegará es a hacer desaparecer el problema debajo de una sombrilla en Lanzarote. Como si fuera el admirado Tamariz, porque ni con un ¡Chan, tatachán! puede convertir a unos invasores enviados por déspotas en inmigrantes ni mucho menos en ciudadanos de Europa. Por cierto, una última recomendación: llamar «fachapobres» a los votantes que intentas recuperar no es la mejor estrategia. A no ser que los des por perdidos.