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Pecados capitalesMayte Alcaraz

El ático

Es imposible imaginar fantasmas si no hay nada que tapar con la sábana y menos si lo que se pretende es que la dichosa tela cubra un ático de 485 metros cuadrados. Y si además el piso de cine solo puede ser una casa y no una oficina ni una sala de trabajo, no hay lienzo que pueda esconder el patinazo

Lo del ático de Isabel Díaz Ayuso es indefendible. Y criticar el dislate de la compra de un pisazo de lujo para acoger a la presidenta —como si el Gobierno regional no tuviera entre su patrimonio inmobiliario cientos de metros cuadrados disponibles— mientras hacen obras en su despacho de la Puerta del Sol no significa tragar con las tropelías y escándalos de su némesis, Pedro Sánchez. Todo es compatible. Se puede y se debe ser muy crítico con el peor presidente de nuestra historia reciente, que chapotea en corrupción y demuestra desde hace ocho años una ausencia absoluta de códigos éticos, y se puede y se debe censurar a alguien como Ayuso, que representa una forma bien diferente y mejor de hacer política y de defender valores de todos, cuando comete un error de bulto que, para más inri, ha llevado a su entorno político a enzarzarse en medias verdades, mentiras y explicaciones que harían sonrojar a cualquiera. Menos a Pedro Sánchez. El peor ejemplo.

Precisamente, porque de la presidenta madrileña se esperaría otra forma de usar el dinero público que no fuera para satisfacer un capricho de adolescentes, es por lo que hay que exigir a la Comunidad que preside que diga la verdad y deje de marear la perdiz sobre una operación prohibitiva para una institución que gestiona 30.663,6 millones de euros, cuya fiscalización ha de ser al céntimo. No sé si ha costado el capricho seis millones de euros o siete. Tanto da: que el Gobierno regional ocultara su compra y decidiera ponerlo a la venta en cuanto la noticia fue publicada por El País es demostración indubitada de que era un movimiento oscuro y sin memoria justificativa. Tampoco es de recibo que una institución pública se convierta en un agente de compraventa de inmuebles ni para obtener plusvalías ni para aumentar la dotación en la ayuda a las familias afectadas por los terribles incendios en la región. Esa obligación moral para un gobernante no debe ser satisfecha haciendo de la necesidad de quitarse de las manos el ático de marras la virtud de mejorar la vida de otros. Aquello de hacer de la necesidad, virtud, ya lo dijo otro y no coló.

No es tan difícil. Si Ayuso considera —como ha verbalizado más de una vez— que, como ocurre en otras regiones o con los 14 ministros del Gobierno de Sánchez que disfrutan de pisos pagados por todos, el más alto mandatario madrileño debe tener una vivienda oficial o semioficial (como apoyo a su labor institucional), pues luz y taquígrafos. Adelante con los faroles y con la verdad. Ahí radica la diferencia con Sánchez. A lo mejor así los periodistas dejamos de ver fantasmas, como ha dicho su errado consejero de Presidencia, Miguel Ángel García Martín. Es imposible imaginar fantasmas si no hay nada que tapar con la sábana y menos si lo que se pretende es que la dichosa tela cubra un ático de 485 metros cuadrados. Y si además el piso de cine solo puede ser una casa y no una oficina ni una sala de trabajo, no hay lienzo que pueda esconder el patinazo.

A veces, solo hay que mirar al pasado reciente para ver cómo actuar en política. Corría 1996 cuando el entonces presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, tuvo que abandonar la Real Casa de Correos para que se le hiciera una gran reforma que duraría dos años, y que había dejado licitada y presupuestada Joaquín Leguina antes de dejar el puesto. Gallardón cogió los bártulos de su despacho y se fue a un pequeño palacete en la madrileña calle de Miguel Ángel, propiedad de la empresa regional Instituto Madrileño de Desarrollo (IMADE), conocida como la «Casa Rosa». Ni un duro gastado, ni una compra innecesaria. Solo se optimizó el patrimonio público. Como Ayuso, Gallardón era del PP. No había que irse muy lejos.

Darle estas bazas, como ha hecho el Gobierno madrileño, al nauseabundo sanchismo es de primero de insensatez. Que este desastre de gestión, que tan bien aprovecha la izquierda, sobre todo ahora que sí hay carne que morder, vaya a suponer la caída de Ayuso, no lo creo, porque en la balanza hay una gestión que los madrileños han premiado siempre en las urnas. Que todo provenga de fuego amigo, tampoco, sobre todo porque la fuerza electoral de la presidenta es una catapulta para las opciones de Feijóo a la Moncloa. Lo que sí creo es que es inconcebible que alguien como la dirigente popular se embarque en una empresa como esa creyendo que iba a pasar inadvertida. Sabe bien la presidenta que este Gobierno y sus terminales políticas y mediáticas enlodaron a todo un fiscal general y a la institución que dirigía para emprender una guerra sucia contra ella. Y antes se usaron balas bañadas en tomate, navajitas plateás, alertas antifascistas y toda la munición propagandística cuando Ayuso adelantó las elecciones en 2021 para castigar la deslealtad de Ciudadanos. Donde no había nada, nada quedó: todo se volvió contra el presidente del Gobierno, que arrumbó a los socialistas madrileños al humillante tercer puesto de la política autonómica, y contra su vicepresidente Iglesias, que quedó en la cuneta. Y ahí sigue.

¿Por qué no iba a hacer Moncloa lo propio ahora que, además, hay patio donde hozar? Los progres, a los que ha dado sucesivos revolcones en las urnas sin perder su flemática sonrisa y un discurso coherente que ha desarmado la falsa superioridad moral de la izquierda, primero ignoraron a Ayuso, luego se burlaron reduciendo su hoja de servicios a su labor como gestora de la cuenta de Twitter del perro de Esperanza Aguirre, para finalmente descalificarla con insultos machistas y una agresividad tan de la casa común de la izquierda. Es evidente que, en contra de lo que salivan muchos portavoces de la izquierda, no se trata de otro caso como el de las cremas de Cifuentes, campaña que orquestó algún compañero de su partido para llevarse por delante a la expresidenta madrileña. Que no se hagan demasiadas ilusiones.

Pero en manos de Ayuso, a menos de un año de las elecciones autonómicas, y con unos rivales tan quemados como Mónica García, Óscar López e Ione Belarra, está no dejar que alguien pueda sostener injustamente lo que Lamparilla canta en el Barberillo de Lavapiés: «Aunque suban a millares/ a enmendar pasados hierros,/ siempre son los mismos perros/ con diferentes collares».

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