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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Si peligra Ceuta y Melilla, ¿llamaremos a Trump?

Mi padre y toda mi familia paterna nació en Ceuta y conozco bien esa parte tan sensible de nuestro país, donde el sentimiento de pertenencia es el más intenso que yo he experimentado nunca

Mohamed VI, un dictador como lo fue su padre Hassán, solo reconocía una autoridad moral en España: la de su Rey. En su momento, Juan Carlos I, al que el viejo Monarca alauí y padre del actual, llamaba «mi hermano», ponía su predicamento, su buen hacer y su diplomacia blanda al servicio de España para detener las andanadas que nos propinaba el desleal vecino del sur. Los distintos presidentes del Gobierno, desde Suárez y Calvo-Sotelo, encomendaron siempre a Don Juan Carlos la delicada misión de dirigir la interlocución con un régimen con el que no compartimos prácticamente nada: ni su forma de vida, ni sus valores, ni el respeto por los derechos humanos.

Hasta que llegó Pedro Sánchez y decidió que la interlocución con Rabat la llevaban él y Albares, que es tanto como encomendar a «Jack el Destripador» las operaciones a corazón abierto en La Paz. El Rey Felipe ha sido eliminado de la ecuación desde que, por motivos inconfesables relacionados con el teléfono de Pedro y Robles, jaqueados por los servicios secretos marroquíes, Moncloa dio un giro injustificable a nuestra posición sobre el Sahara, para alinearse de hoz y coz con la de Mohamed (como antes habían hecho Trump en su primer mandato y Macrón). Así, en manos de este indigno presidente, nuestro país es lo más parecido al «pito del sereno». Tanto que sigue elogiando a Marruecos cuando, como poco, ha facilitado –si no ordenado– la invasión de una ciudad de 84.000 habitantes, Ceuta, por parte de 50.000 jóvenes de ese país.

Las imágenes de miles de chavales alauitas saltándose los controles fronterizos de una nación como España será difícil olvidarla. Mi padre y toda mi familia paterna nació en Ceuta y conozco bien esa parte tan sensible de nuestro país, donde el sentimiento de pertenencia es el más intenso que yo he experimentado nunca. Los ceutíes, en un difícil equilibrio con la cada vez más abultada colonia de marroquíes residentes, están inmensamente orgullosos de ser españoles. Por eso, se han sentido abandonados cuando han visto que su Gobierno, sabedor por la prensa y a saber si también por el CNI –porque si no lo supo con anterioridad habría que cesar a toda la plantilla del edificio de la cuesta de Las Perdices–, que había un sospechoso goteo de chicos que bordeaban por el espigón del Tarajal a nado nuestra frontera, no ha movido ni un dedo para no contrariar al sultán. Una técnica similar a la del fallecido Hassán con la marcha verde en la España de un franquismo agonizante.

Nuestra debilidad ha dado alas a un régimen que se siente amigo y socio estratégico de Trump –que lo ha atraído a la firma de los acuerdos de Abraham para reconocer a Israel– y que, sobre todo, ha sentido que Sánchez es un títere dispuesto a todo con tal de que Rabat no haga público qué diablos tenía su teléfono y el de su ministra de Defensa que no pueda hacerse público. Es la misma plantilla usada por los separatistas en España: presionando a un tipo sin principios y con ganas de seguir vivo políticamente, todo es posible. Un tipo que ni tiene autoridad, ni ha hecho un solo amigo en el mundo –que no sea Hamás o Delcy Rodríguez–, ni ha consensuado con los socios europeos nuestras políticas de inmigración, ni puede pisar una calle española sin que sus compatriotas le digan bien clarito lo que piensan de él. Su lamentable histórico con Marruecos es un alarde de incompetencia e irresponsabilidad: en abril de 2021 se trae clandestinamente a un hospital de Logroño al líder del Frente Polisario; un mes después cesa a la ministra Fernández Laya, que fue la que estuvo en ese ajo; al año siguiente el mismo Rey marroquí manda a 8.000 personas, 1.500 de ellos niños, a invadir nuestro país para castigarnos por el apoyo a su enemiga Argelia; para calmar al Palacio Real de Rabat, Moncloa cambia –con ZP y Moratinos de intermediarios– nuestra histórica posición con el pueblo saharaui secundando sin ninguna explicación de por medio la propuesta marroquí de autonomía para ese territorio como la base «más seria, realista y creíble» para resolver el conflicto; y este giro diplomático nos enemista con Argelia que retira a su embajador y suspende los acuerdos comerciales con nuestro país. Con esta hoja de servicios, poco nos pasa.

¿Y qué ha hecho este indigno de Sánchez ante lo que es una técnica de guerra híbrida contra España? Pues mandar a un ministro a rendir honores a la embajadora de Mohamed en Madrid el mismo día de la agresión y ensalzar la «cooperación constante, fluida y muy razonable» de ese Reino. Y, al alimón con el Gobierno del vecino del sur, se ha dedicado, junto a Marlaska y a Albares, a echar la culpa a la sentencia del Supremo que subrayaba la laguna legal que existe para la devolución en caliente de los inmigrantes que vienen a nado a España, y a denunciar a las mafias, que habrían amplificado entre la población el «efecto llamada» de la regularización de más de un millón de extranjeros aprobada por el PSOE. Sería la primera vez que extranjeros que pagan altos precios a las mafias para pasar a un país volvieran por su propio pie al suyo, como han hecho ya 48.000 ilegales.

Aunque el Gobierno español, para hacer el ridículo mundial –las grandes cabeceras internaciones se han ocupado de contárselo a todo el planeta–, se las pinta solo, lo cierto es que forma parte de un club de naciones amigas, de valores comunes y sin fronteras entre ellos, que también sufre las consecuencias de las laxas políticas sanchistas. Ya en febrero, la primera ministra italiana Giorgia Meloni apuntó que «la regularización hecha por España no es un asunto doméstico» y adelantó que «esa falta de rigor fronterizo iba a desencadenar un goteo». Dicho y hecho. Y ahora Pedro se hace el ofendido y pide árnica ante Bruselas porque nuestros aliados defiendan su territorio como él no lo ha hecho.

Coincidiendo con el Día del Trono, y para castigar que Sánchez haya viajado a Argel y cantado las excelencias de nuestras relaciones con aquel país, Mohamed ha hecho lo que sabe hacer: pisotear a España, aprovechando nuestra profunda crisis institucional y de credibilidad en todo el mundo. Mientras tanto, la vieja reivindicación marroquí de hacerse con Ceuta y Melilla –y quién sabe si también con Canarias– sigue adelante. Antes teníamos la herramienta de nuestro apoyo al pueblo saharaui para hacernos respetar por los marroquíes y defender así la españolidad de las dos ciudades. Ahora ni eso nos queda. Y si, después de este golpe a nuestra integridad territorial, Marruecos decide dar un paso más para lograr la soberanía de las dos plazas, ¿a quién vamos a llamar para que nos ayude, como hizo con éxito Aznar con Bush en la crisis de Perejil? ¿A Trump, a Netanyahu, a Meloni? Solo nos quedará Putin o el chino amigo de Zapatero. Pues ni tan mal.

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