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Pecados capitalesMayte Alcaraz

El presidente que nunca entró en una joyería

Los que supervisan nubes no están para zarandajas como la UDEF -Pujol ya lo dijo en su momento-, un juez de instrucción y la indignación de media España

Ayer el expresidente Rodríguez Zapatero fue a TVE porque Pedro Sánchez lo quería. Después de que todo el Consejo de Ministros siga respondiendo con lugares comunes cuando se le pregunta por la imputación de su exlíder, en Moncloa sentían que el silencio del contador de nubes les estaba perjudicando. Así que su alter ego le mandó a la tele a leer su epístola moral a fatuos. Que es lo único que sabe hacer el expresidente, porque siempre cree estar ante fieles que no le discuten. A ellos les dijo que todo es mentira y que «lo demostraré». Sostuvo que no reclama actos de fe aunque no pidió otra cosa a los convencidos.

Veintiséis años después de ser elegido secretario general del PSOE cuando se encaminó a cambiar para mal la historia de España, fue a la televisión pública investigado por gravísimos delitos, pero no aclaró nada porque nada tiene explicación «legal». Exigió un cheque en blanco a los telespectadores. El Gobierno le preparó este encuentro para salvaguardar su interés: quería volver a escuchar de sus labios la exculpación del Ejecutivo, que se ratificara el investigado en que Sánchez no había apretado el botón del rescate a Plus Ultra tras sus presiones a cambio de medio millón de euros. Y él se ha plegado: todo sea para que el Gobierno no le retire el apoyo. Si Moncloa le deja caer está muerto; aunque en parte ya lo está. Pero siempre tendrá a Borges, al que volvió a invocar: «Todo lo que nos ocurre, las humillaciones, las desdichas, los contratiempos, son materia prima que sirve para dar forma a nuestra tarea» (y todo lo que le ha acontecido es un facsímil de su buen hacer). Los que supervisan nubes no están para zarandajas como la UDEF -Pujol ya lo dijo en su momento-, un juez de instrucción y la indignación de media España.

Gente como ZP es más de poesía y de tomar al personal por tonto. Lo consiguió durante muchos años entre su parroquia. Y, todavía hoy, algunos lloran tras haberse apeado del burro. Eso sí, después de su paso por la tele, los que dudaban de él todavía lo hacen más. Aunque lo mejor llegaba cuando contestó a preguntas de Javier Ruiz sobre las joyas: «Estaban ahí. Y nada más. No tenían uso ni destino» (parecía el «Robobo de la jojoya», de Martes y Trece.) Gente como ZP no ve más joya que el amor esponjoso que descansa en una nube. Es más, escribió en mármol la columna vertebral del progresismo: «No he estado nunca en una joyería», replicó. Lógico: «Un faro de la moral» jamás metería la nariz ni media ceja en un templo del capitalismo como es una joyería. Eso es para los fachas, para los que no dan mucho ni reciben poco.

Nadie que es un adalid de la alianza de civilizaciones y que lucha junto al otro Gandhi, el de Pozuelo, por la paz en el mundo, puede cometer ese delito de lesa humanidad de pisar un comercio donde sus tenderos destilan sangre entre los colmillos tras haber mordido en la yugular de sus clientes. Fascistas todos, claro. Mejor que las esmeraldas, los zafiros y las gemas te las donen a ti, como «regalo de cortesía y personal». Solo a los embajadores del bien como Rodríguez Zapatero les meten en el bolsillo tesoros de más de un millón de euros y él olvida que hay que entregarlos a Patrimonio, según dice su propio código de Gobierno, que hay que declararlos, que suponen un enriquecimiento patrimonial e, incluso, quién se los ha regalado. Esto pasa a unos pocos iluminados: Zapatero es uno de ellos.

Cuando se salió del guion marcado por su abogado, patinó. Como cuando, para defender a su secretaria, Gertru, dio normalidad a que se pacte «cómo facturar» para que todo fuera creíble. No, señor Zapatero, eso no funciona así: se factura a quien se presta el servicio y no se cambian conceptos para que cuelen. Si alguien pensaba que iba a contar a cambio de qué la familia –«mis hijas no son testaferros», se indignó- recibió el 1 % de los 53 millones que la SEPI inyectó a la aerolínea en ruinas se quedó con las ganas. Se lamentó que 730 días de su vida, incluidos en su agenda, y sus comunicaciones con 150 personas han sido ventiladas en los medios. En su derecho está: pero de esas anotaciones ha sacado el juez el trasiego de dinero del que le informaba Gertrudis Alcázar, así que tan innecesario no ha sido el volcado de esos mensajes. Entre otras cosas, ahí estaba su famosa comida en Portonovo con Julio Martínez, al que evitó pisar el pie. Quizá temiendo que siga cantando. Ahora Julito es «un imputado, del que hay que respetar su estrategia de defensa» y no su íntimo amigo.

Y un recado final para Felipe González sobre las sociedades en paraísos fiscales. Para una vez que Felipe da la cara por él al no secundar que Zapatero pudiera haber abierto una empresa offshore, va el imputado y se la parte. Que se prepare, porque el primer presidente socialista sabe mucho de él y, sobre todo, de sus andanzas en la Venezuela de Maduro. Y lleva callándolo desde hace años.

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