Magia Borràs
Dicen que estaba muy preocupada por tener que cambiar sus imposibles trajes color pollo, en homenaje al golpe de Estado de 2017, por el pijama de rayas. Y no poder pasearse en su Jaguar XF. Pero Pedro ha llegado no con magia potagia, sino con magia Borràs
Magia Borràs es un juego que estimula la imaginación, la habilidad y el ingenio de los niños a la vez que los divierte. Dice la publicidad de este entretenimiento para pequeños que «cuando vayas practicando y progresando, podrás inventar tus propios trucos de magia y convertirte en un gran mago». Pintiparado para el Merlín de la Moncloa. ¿Quién mejor que este presidente para aprovechar la despedida del curso y, el mismo día que aprueba la Ley de Integridad Pública, indultar a políticos condenados por corrupción? ¿Quién mejor que él, el abanderado de la ley de amnistía, para liberar de la cárcel a los separatistas que dieron un golpe institucional contra la integridad territorial de España y para perdonar a delincuentes que han metido la mano en la caja? Busquen, busquen, y ya les adelanto que no encontrarán a otro que atesore más acervo al respecto y que tenga más facultades para inventar sus propios trucos de magia, aunque ya no le queden conejos en la chistera.
Ya saben Junqueras, Puigdemont, Laura Borràs y compañía que, si eres independentista, tienes carta blanca para delinquir en Cataluña y, si unos jueces de la fachosfera osan condenarte, vendrá el mago Sánchez a borrarte la deuda. Solo tienes que apretar el botón de su investidura y, de vez en cuando, salvarle en alguna votación comprometida. El avezado aprendiz de brujo y rey de la magia Borràs acaba de practicar su mejor truco con la expresidenta del Parlamento de Cataluña, Laura Ídem, condenada por falsedad documental y prevaricación. Resulta que la exdirigente de Junts, como buena separatista, optó por surtir de dinero público a la causa desde su chiringuito cultural. En este caso, la causa no era la republiqueta –eso ya lo hacía su exjefe Puigdemont–, sino un íntimo amigo, entrañable amigo, de nombre Isaías H. Un elemento que sumaba a su relación con Laura un expediente delictivo inigualable; fue condenado a cinco años de prisión por tráfico de estupefacientes, falsificación de moneda y, la más doméstica de sus hazañas: llegó a enganchar ilegalmente la luz de su casa sin preocuparse de las consecuencias ni siquiera de seguridad.
Pues Borràs le adjudicó a este iluminado dieciocho contratos confeccionando facturas falsas para enmascarar que había tres ofertas cuando realmente ya estaba decidido que ella encargaría los trabajos a su protegido. Eso sí, concediendo el parné en pequeñas porciones de 18.000 euros. Así se evitaba tener que pasar por la intervención previa. De esta manera, euro a euro, le regaló 335.700 euros, y el agradecido muchacho iba contando a sus colegas que ella, su conseguidora particular, le estaba llenando la cuenta con sus «trapis». En la jerga de Isaías, sus trapicheos. Pues gracias a este trapicheo, la soberanista fue condenada a cuatro años y medio de prisión, trece de inhabilitación y una multa de 36.000 euros por los delitos de prevaricación y falsedad en documento oficial (contratos para la web del Instituto de las Letras) y en documentos mercantiles (las ofertas que su amigo presentaba tras concertarse con Borràs). Pero solo tenía que esperar a que el indigno presidente español pudiera colarle en un mes de julio con media España quemada un indulto clandestino.
Tal fue la golfería que practicó el Ejecutivo el pasado martes, que su presidente no dijo ni media palabra cuando compareció tras el último Consejo de Ministros para someter a una turra de hora y media de autobombo a los españoles –con el meyba progresista ya puesto camino de La Mareta. Ocultó deliberadamente que había indultado a corruptos. Justo el día que había vendido con la nueva ley «de integridad» que «desde la llegada de este Gobierno, la lucha contra la corrupción es un objetivo prioritario». Y sin cambiar el color. Horas después supimos que a Borràs le habían hecho desaparecer furtivamente parte de sus delitos mediante una medida de gracia parcial. Aunque Bolaños haya argumentado que el propio tribunal sentenciador –el TSJ de Cataluña– consideraba excesiva la pena impuesta –por la suma matemática de condenas previstas por la legislación–, hay una verdad clara: Sánchez llegó al poder, junto a su examigo Iglesias, pregonando que se iban a acabar los indultos a políticos procesados por malversación. Ya en 2015, el PSOE, con Pedro de cabeza de cartel, incluyó en su programa «prohibir la concesión de indulto en cualquier delito vinculado a supuesto de corrupción y violencia de género». Pero es que, además, cuando hace cinco años este presidente indultó a los nueve cabecillas de la intentona de octubre de 2017, lo hizo en contra del TS que los juzgó y del propio Ministerio Público. Entonces, lo que dijeran los órganos sentenciadores nada le importó.
Esta independentista indultada, que se refiere a los españoles como «esos castellanos», disfrutó de uno de los sueldos más altos de la Administración (158.399,58 euros españolazos), vanagloriándose de ser un producto más del régimen sanchista, donde el nacionalismo y la izquierda pueden delinquir porque lo hacen por un bien superior (la identidad catalana o los parados andaluces) y, si son pillados, siempre vendrá Pedro Sánchez en su auxilio para constatar que, se llame Laura Borràs o Pepe Griñán, por culpa de la destructiva derecha, «pagan justos por pecadores».
Dicen que estaba muy preocupada por tener que cambiar sus imposibles trajes color pollo, en homenaje al golpe de Estado de 2017, por el pijama de rayas. Y no poder pasearse en su Jaguar XF. Pero Pedro ha llegado no con magia potagia, sino con magia Borràs.