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Pecados capitalesMayte Alcaraz

De mamarrachos y buitres

Nadie plantea soluciones contra asuntos estructurales. Todas las energías políticas se emplean en atacar al adversario y en conseguir un foco y una cámara de televisión con los que convencer al elector de que la culpa es de la Administración que gobierna el partido rival

Ahora que hablamos de corrupción y de organizaciones criminales que campan a sus anchas con el dinero público, no se me ocurre una corrupción más repugnante que no hacer nada para evitar la invasión por una frontera de juguete o no tomar medidas para reducir la devastación del fuego cada verano. Mientras tanto, estamos en lo de llamar mamarracho al oponente o buitre a una periodista. La siguiente estación: más incendios inextinguibles y Ceuta y Melilla como regalo al próximo Rey de Marruecos: Hassan III. Si su bisabuelo, Mohamed V, consiguió la independencia del protectorado francés en 1956, su abuelo, Hassan II, lanzó la Marcha Verde contra España, su padre, Mohamed VI, consiguió que los Estados Unidos de Trump reconocieran la soberanía sobre el Sáhara, ¿por qué el futuro Monarca no va a tener las dos ciudades españolas como un trofeo regalado por el tito Pedro Sánchez?

Díaz Ayuso y Óscar Puente se llaman «mamarrachos» mientras se queman nuestros montes. El ministro llama «buitres» a los periodistas que acuden a Ceuta para informar sobre la invasión marroquí de la ciudad española. Insultarse está feo, muy feo, pero peor es cuando se trata de una argucia para evitar que nadie señale la incompetencia del difamador. Unos se insultan y otros —en realidad, otro, Pedro Sánchez— invoca constantemente un pacto contra la emergencia climática que es la causante, según él, de la gota fría del Levante, del apagón masivo (por sobrecarga eléctrica —quizá ocasionada por una idea luminosa del propio ministro de Transportes—), de los flujos de inmigrantes —Ceuta también, además de las redes sociales— y de que las ciruelas tengan precios astronómicos. El calentamiento global es ya la excusa masiva que todo lo explica, generando una sensación de tranquilidad para el rebaño. Todas las desgracias que nos ocurren tienen un responsable: el capitalismo salvaje. Así que ya podemos estar tranquilos.

Como el día de la marmota desde hace ocho años, mientras ya tenemos calcinadas en lo que va de 2026 186.480 hectáreas, casi seis veces más que en el mismo periodo del año pasado, por no hablar de los 100.000 evacuados que han tenido que dejar su casa y su vida, escuchamos a Sánchez hablar de ese pacto y, a renglón seguido, sus ministros se dedican a arremeter contra el PP y Vox a los que llaman negacionistas. Pero detrás de las fotos, cuando acabe esta canícula extrema que sufrimos, ni uno solo de los hoy interpelados se preocupará de lo sucedido, y los servicios de extinción de incendios seguirán trabajando con la precariedad de siempre. Ni nadie hablará de Marruecos hasta que no vuelva a atacarnos. Porque no les renta a los políticos en términos electorales la planificación y las medidas de Estado. Luego se ponen dignos, se dan codazos para la foto, y vuelta a los incendios que se han convertido en inapagables o a las camisas imposibles de Marlaska en Ceuta.

Solo hay que entender que el déficit de ganado y, por consiguiente, el exceso de biomasa (maleza), que ni siquiera se utiliza como fuente de energía, puede ser abordado con decisiones valientes muchos meses antes. Nadie hace autocrítica sobre la falta de atención a la política forestal, pero también a la urbanística, de la insuficiente inversión en detección rápida del fuego, ni del terrible éxodo del rural a las ciudades, ni de la burocracia y regulación que impide hasta coger una piña del suelo en el campo. Estamos a unos meses —Sánchez mediante— de que acabe la legislatura. Apuesto a que si el PSOE sigue gobernando seguiremos el próximo verano escuchando a su líder culpar al adversario de las agresiones medioambientales y volver a presentar el mismo pacto precalentado, pero si el PP y Vox conforman una coalición no me extrañaría que se enredaran en sus diferentes maneras de enfocar los daños medioambientales, como paso previo a ponerle solución. Y con Ceuta y Melilla lo mismo.

En el fondo, ese es nuestro gran problema. Nadie plantea soluciones contra asuntos estructurales. Todas las energías políticas se emplean en atacar al adversario y en conseguir un foco y una cámara de televisión con los que convencer al elector de que la culpa es de la Administración que gobierna el partido rival. La España de las Autonomías se convierte en un lastre no solo porque su diseño no fue una obra perfecta, sino porque los encargados de gestionarla solo atienden a las cuestiones perentorias que, cuando hablamos de incendios terribles, únicamente se presentan cuando las gigantescas llamas están amenazando a la gente en sus casas. Porque el sectarismo no aprende de las desgracias para evitarlas, las aviva. Recordemos la Covid, la dana, Adamuz. Y la indignidad de un presidente solo lleva a la sumisión a una dictadura como Marruecos. Todo cuadra.

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