Fundado en 1910

La invasión de Ceuta ha entrado en la fase de la propaganda gubernamental, que se incrementará ahora que el personaje ha tenido que dejar su tumbona canaria y azuzará la cizaña. Cuando toca sacudir con las orejeras bien caladas hay ministros que se presentan voluntarios. Ahí estará siempre el energúmeno mayor del Reino, cuyo último desbarre es verse como sucesor, cuando es uno de los políticos más detestables y detestados; o Mónica García, señora bien de vehemente zurriago populista seudo igualitario.

García, equiparable como ministra a Cañita Brava en el bel canto, ha puesto verde a la oposición por denunciar los acuciantes problemas sanitarios y de seguridad en Ceuta. «Asociar inmigración con enfermedad, o con delincuencia y peligros, es injusto y xenófobo», reprocha con su habitual demagogia altiva y cargante. La semana pasada desautorizó las quejas de los sanitarios ceutíes y aseguró que no existía allí colapso alguno, todo lo más una leve tensión. Pero este lunes ha tenido que pedir ayuda de urgencia a las comunidades autónomas para que le envíen vacunas para Ceuta, donde según ella no pasaba nada.

El hecho de que el Gobierno central tenga que pedir auxilio a las regiones deja una pregunta flotando: ¿Qué disparate de modelo de Estado hemos construido en España?

La pandemia evidenció que el Ministerio de Sanidad era un florero dedicado a los buenos consejos. La crisis de la dana nos dejó el infame «si quieren ayuda que la pidan», con el presidente lavándose las manos. El accidente de Adamuz y el jaleo ferroviario habitual muestran la incapacidad del Gobierno central para gestionar una de las pocas cuestiones prácticas que todavía son de su competencia. Las crisis de los incendios se suceden, con un Gobierno que en siete años ha sido incapaz de renovar y ampliar los medios aéreos. Tampoco adopta medidas para la limpieza de los montes y su única reacción se limita a que trabaje la UME y a que Sánchez aparezca diez minutos en una de sus comparecencias encapsuladas para sermonearnos con carita de cordero degollado sobre «la emergencia climática que niegan la derecha y la ultraderecha». Todo en un país que lleva tres años sin Presupuestos, locura que ya ni se comenta.

Todas esas crisis denotan lo mismo: un Gobierno en el chasis, deshuesado, sin capacidad real de actuación, pues toda la gestión real ha sido transferida a las comunidades. Al Gobierno le queda Hacienda –por ahora, pues quiere cuartearla al dictado del separatismo catalán–, la política exterior, la defensa y poco más. Hoy la primera misión del Ejecutivo es la propaganda. El rey desnudo pavoneándose en sus televisiones.

El modelo territorial de España está diseñado con los pies, porque se desarrolló a trompicones y por la traición a España de los nacionalistas catalanes y vascos (a la que se ha unido la del PSOE desde que Zapatero se alió con ellos). Fue absurdo y lesivo establecer en la Constitución que en España existen «nacionalidades y regiones». Fue suicida para la cohesión nacional transferir la competencia en Educación, o permitir que Cataluña y el País Vasco tengan unas policías diferentes al resto de España. Y no tiene sentido que quien ostenta la responsabilidad del gasto no tenga también la del ingreso, contraviniendo un precepto básico de la Hacienda pública.

Se ha ido construyendo un modelo federal chapucero, con competencias solapadas y mal definidas y con dos regiones instaladas en una manifiesta deslealtad y un total desinterés por el proyecto común. Los padres constituyentes pecaron de ilusos al pensar que con la autonomía se aplacarían las ansias independentistas. Ha sucedido exactamente lo contrario. Aprovecharon sus competencias para construir una suerte de miniestados, donde las autoridades fomentan el separatismo y el desapego hacia España. Todo con un Gobierno central que no tiene media leche, al estar casi huérfano de atribuciones.

Lo descrito supone uno de los mayores problemas de España. ¿Se arreglará? ¿Se acometerá algún día una reforma territorial que nos vuelva a dotar de un gobierno central sólido y competente, como el de cualquier país normal? No lo veremos. Abordar algo así se llama hacer alta política y pensar a largo plazo, y aquí no existe hoy un dirigente con tal ambición reformista. El regate electoralista a corto plazo consume todas las energías y reflexionar en serio produce jaqueca, o se considera «reaccionario». Gobierne quien gobierne seguiremos padeciendo un modelo disfuncional.