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Todo el mundo está entre perplejo y horrorizado por las largas y lujosas vacaciones de Pedro Sánchez, en un espléndido palacio y en compañía de familiares y amigos, con un coste elevado, unos recursos inmensos, un despliegue ostentoso, unas imágenes hedonistas y una duración incompatible con la exigencia del cargo y las posibilidades lúdicas de los ciudadanos a los que gobierna.

Todo ello después de cerrar el curso político con el suspenso más rotundo que puede sufrir un político, que es la ya endémica ausencia de Presupuestos Generales, la imposibilidad de exhibir una mayoría parlamentaria que legitime la permanencia en el puesto de un perdedor y la escandalosa sucesión de condenas, imputaciones y sumarios en el corazón familiar y político del susodicho.

Si a esto se le añade la doble crisis desatada en pleno estío, primero con los pavorosos incendios y después con la invasión de Ceuta, el sentimiento evoluciona a la categoría de indignación y de ahí al de rabia, mezclada con un ataque de impotencia que no debe esconder la principal razón de que, con ese currículo espantoso, el aludido se permita la chulería de holgazanear con una procesada y sus amiguetes a costa, entre otros, de quienes no pueden descansar ni una semana al año pero pagan impuestos de corte directamente confiscatorio.

Y esa razón primigenia, que el Señor de la Mareta ha cultivado y explotado, es la pasividad: sabe que, por mucho odio que suscite, no pasará nada de lo que, en cualquier democracia sólida en la que de verdad el político se siente un delegado del pueblo y no su César moderno, debería ocurrir: sí, aguantará titulares y tertulias estivales en las que se glosará el contraste entra la playa ocupada en Ceuta y su cala de buceo privada en Lanzarote.

Sí, escuchará alaridos de indignación del comerciante, autónomo, agricultor o transportista que paga más por todo que nunca y tiene por vacaciones medio fin de semana. Y sí, soportará invectivas en cada rincón de España por su calamitosa gestión de casi todo, adornada siempre por una altanería retórica que es a la política lo que la bisutería a las joyas o el canibalismo a la gastronomía.

Pero no pasará gran cosa y, a la vuelta del largo y cálido verano, con un último año en la que ya no importará lo que hagan ni digan sus socios populistas y separatistas porque toca ir a las urnas, su formidable desparpajo y su maquinaria mediática instalarán el relato conveniente para que él actúe como si fuera Kennedy y España un oasis de progreso, crecimiento y proyección mundial.

Y todo eso es posible por esa pasividad, derivada de al menos dos causas. Una de ellas es el intervencionismo feroz en todo y en todos del poder político en general, con distintos disfraces y en cualquier lugar del mundo; pero muy particularmente en España: aquí, a la escandalosa profanación del pilar democrático que es la separación de poderes, que entierra el antídoto institucional y convierte el desparpajo propio en algo mejor que ganar en las urnas o disponer de mayoría en el Parlamento; se le suma un aparato de propaganda sin precedentes dispuesto a decirle a los ciudadanos, hasta la extenuación, que no es verdad eso que ven con sus propios ojos y sienten en sus propias vidas.

Y la otra, aún más preocupante, es la generación de un inmenso sistema clientelar que intercambia voluntades por ayudas y desmoviliza a la sociedad civil, dividida en quienes sobreviven gracias a ese modelo y quienes lo mantienen, exhaustos y sin tiempo para mucho más que trabajar. Ese colchón, que transforma en oveja al ciudadano y en rebaño a la sociedad, hipoteca el Estado de bienestar y derriba todos los frenos democráticos que, de estar activos, hubieran acabado con Sánchez al primero de sus devaneos.

No se trata de echarle la culpa a nadie, entre otras cosas porque la gente educada y cumplidora no tiene que convertirse de repente en una especie de Garibaldi vanguardista, pero sí de reconocer el problema y discutir las soluciones: deben hacerlo los partidos políticos opositores, que no pueden seguir aplicando las mismas recetas insuficientes a un problema bien distinto a los tradicionales, pero además de ellos todos los demás otro poco.

Tenemos, y perdón por la expresión, a un inmoral que se saca la chorra y dice que aquello es lluvia, que reacciona al asalto violento de una parte de España alargando su asueto otra semana más en un palacio y que, cuando ve que los españoles no le quieren, actúa pensando que no le merecen y que quienes sobran son ellos. Ante un fenómeno así, las viejas terapias no valen o no son rápidas. Y aquí hacen falta médicos de urgencias.