Fundado en 1910

Hay dos maneras de entender el auge de los partidos más radicales de la derecha: llamarles fascistas y asistir a su formidable crecimiento con el horror impostado que no sienten al deberle el cargo a Batasuna 2.0 o intentar entender las razones de su éxito, que no son muy difíciles. La izquierda opta, especialmente en España, por lo primero: un eterno desahogo retórico, inútil y artero, que ha dejado de asustar al electorado y suena forzado, pijo, facilón y casi risible ya para la mayoría.

Aquí califican así a VOX, pero antes a todos: de Rajoy, ¡de Rajoy!, también dijeron que representaba la derecha más extrema de Europa, un cartel que le colgaron igualmente a Albert Rivera, a José María Aznar y, por poco, a Emiliano García Page y a Felipe González, simples detractores de Pedro Sánchez.

Todo es ultraderechista, claman quienes en realidad son de extrema izquierda por simbiosis con sus socios, esa amalgama nacionalpopulista que sí se sale de la Constitución, a diferencia de los partidos a los que acosan: tiene gracia que utilicen como argumento las críticas de Abascal al Estado de las Autonomías, perfectamente válidas al verterse dentro del tablero de juego y no fuera de él; quienes gobiernan gracias a quienes se han querido cargar al propio Estado por la fuerza, con crímenes, asonadas y todo tipo de insurgencias delictivas.

Ahora ha ganado en un land Alternativa por Alemania, una formación «nazi», según los salmos progresistas, encabezado por una lesbiana casada con una inmigrante, lo que ya en sí mismo pone en serias dificultades el mantra. Y todavía más cuando ella ha sido tan rotunda en su condena al nazismo, cuya adhesión es delito en su país: no tiene mérito alguno despreciar a Hitler, pero es ridículo colgarle ese cartel a quien si de verdad le admirara e hiciera de él una referencia estaría como poco en prisión y con seguridad repudiado por unos alemanes aún avergonzados por el Holocausto.

Mientras la izquierda se dedica a repartir censuras y carnés de demócrata y a sobrevivir degradando la democracia con su apuesta por los extremos y la división social, el ciudadano olfatea su entorno, ve que su vida va a peor y vota, sin más, a quien cree que está más dispuesto a atender sus problemas reales y no le regaña por tenerlos o le pide lo que Groucho Marx: «¿A quién va a creer usted? ¿A mí o a sus propios ojos?».

Por eso, y solo por eso, en Dinamarca gobierna una mujer socialdemócrata, y en Alemania gana una «fascista», título que también se adjudica a Le Pen o a Meloni sin que sus expectativas queden afectadas lo más mínimo: esos votantes ven en ellas una respuesta concreta a sus quebrantos, sean económicos, laborales, identitarios o culturales.

Es decir, tienen respuestas para sus preguntas, por mucho que algunas de ellas sean de trazo grueso: les dicen, sin ambages, qué van a hacer con la inmigración, la delincuencia, la insoportable fiscalidad, la asfixiante regulación de casi todos los órdenes de la vida, la imposición de una agenda ideológica abrumadora, el empobrecimiento galopante de las clases medias trabajadoras en favor de inmensas capas perezosas asistidas por el clientelismo, la estigmatización de las mayorías en nombre de la defensa de las minorías victimizadas por todo o la desaparición de esa soberanía cultural que, bien como país, bien como familia; resumía el espacio sentimental clásico de las generaciones precedentes y su sustitución por un incierto espacio común en el que todo parece valer.

Ningún problema complejo tiene una solución sencilla, y solo el populismo de cualquier signo sostiene lo contrario, a menudo con recetas más típicas de la barra de un bar que de un parlamento. Pero no entender que su avance procede de algo tan sencillo como que entiende las preguntas de la sociedad de su tiempo y se atreve a responderlas condena a los partidos clásicos a un infantil ejercicio de melancolía inútil y a una inútil descalificación de sus propios clientes potenciales.

A la gente ha dejado de importarle que le llamen fascista si en el viaje garantizan la seguridad en su barrio, no llaman crisis humanitaria a la invasión de Ceuta, dejan de quitarle la mitad de sus ingresos, entre pitos y flautas, para montar observatorios y chiringuitos, ponen a todo el mundo a trabajar en lugar de llamar a casi todo el mundo «vulnerable» y dejan de insultarle por sentirse español, danés o alemán mientras un tipo en Bruselas decide que las vacas emiten gases contaminantes y hay que acabar con ellas y otro le cruje a impuestos verdes con el precio de la luz disparado.

Nadie, salvo cuatro gatos, es extremista: el ser humano solo aspira a vivir y dejar vivir, a llegar razonablemente cómo a final de mes, a gozar de salud y ver bien a los suyos y a darse pequeñas alegrías mundanas. Y votará, sin más, a quien le ofrezca eso: la cuestión central es por qué, en tantos lugares del mundo, han dejado de creer que se lo puedan dar quienes en realidad se lo han estado dando durante décadas y hoy son una débil copia de sí mismos o, peor, una síntesis gritona de los bajos fondos ideológicos de sus orillas más extremas.